Los últimos seis días de Antonio Gaudí - Alfa y Omega

Los últimos seis días de Antonio Gaudí

«¡Dios mío, Dios mío!» fueron las últimas palabras de Antonio Gaudí, que falleció un 10 de junio de hace 94 años después de varios días de agonía tras ser atropellado por un tranvía. El arquitecto Juan Bassegoda, que fue uno de los mayors expertos en Gaudí, publicó hace años el artículo Seis días de junio, en el que contó cómo fueron sus últimos momentos

Colaborador
Foto: Pere Planells

«¡Dios mío, Dios mío!» fueron las últimas palabras de Antonio Gaudí, que falleció un 10 de junio de hace 94 años después de varios días de agonía tras ser atropellado por un tranvía. El arquitecto Juan Bassegoda, que fue uno de los mayors expertos en Gaudí, publicó hace años el artículo Seis días de junio, en el que contó cómo fueron sus últimos momentos

A las 18:05 horas del lunes 7 de junio de 1926, el arquitecto Antonio Gaudí, que contaba 73 años cumplidos, se disponía a cruzar la Gran Vía entre Bailén y Gerona, en su habitual paseo entre la Sagrada Familia y el oratorio de San Felipe Neri, junto a la catedral. Pasó por encima de los raíles del tranvía que, con el disco número 30, circulaba entre la plaza de Tetuán y el paseo de Gracia. Al intentar el paso sobre las vías en dirección paseo de Gracia a plaza de Tetuán, se apercibió de la proximidad de un tranvía sobre esta vía y procedió a retroceder, momento en el cual otro tranvía, circulando en sentido contrario, le propinó un fuerte golpe en el hipocondrio derecho, a consecuencia del cual cayó al suelo sufriendo conmoción cerebral. Unos transeúntes lo levantaron e intentaron parar al menos tres taxis que no se detuvieron, eludiendo la posibilidad de llevar al herido a un centro sanitario. Fue el Guardia Civil Ramón Pérez Vázquez, del Tercio 21º, quien obligó al chófer de otro taxi a conducir al herido a la casa de socorro de la ronda de San Pedro, permaneciendo a su lado hasta la llegada de la ambulancia que lo trasladó al hospital de la Santa Cruz.

El chófer en cuestión, Ramón Cos, pertenecía a la Compañía General de Coches y Automóviles. Precisamente los albaceas testamentarios de Gaudí, mosén Gil Parés Vilasau, capellán custodio del Templo, el doctor Pedro Santaló Castellví y el arquitecto Domingo Sugrañes Gras, conjuntamente con la Junta constructora del templo, acordaron dirigir un escrito de agradecimiento al jefe de la Guardia Civil de Barcelona por la conducta ejemplar del guardia Ramón Pérez. Al parecer, Gaudí ingresó consciente en la casa de socorro y dio su nombre al doctor López, médico que le asistió, pero el retraso en la llegada de la ambulancia, el cambio de turno del personal y el desvanecimiento de Gaudí, originaron que a la llegada al hospital de la Santa Cruz no fuera identificado. Fue trasladado a la sala de traumáticos del doctor Homs donde, entre las 22:00 y las 00:00 horas, fue localizado por mosén Parés y el arquitecto Sugrañes, después su infructuosa visita al hospital Clínico.

Por la mañana del martes 8 de junio, Gaudí fue trasladado a la habitación llamada de San José donde quedó instalado, aunque previamente fue reconocido, se hizo una radiografía de tórax, se vendó la zona afectada y se procedió a inmovilizarla mediante yeso por el doctor Trenchs, que advirtió varias costillas fracturadas. Seguía la conmoción cerebral, se temía por una fractura de base de cráneo y eran apreciables fuertes contusiones en los pies y piernas, además de erosiones en la mejilla y oreja izquierdas, permaneciendo prácticamente inconsciente aunque pudo recibir a comunión de manos de mosén Parés.

Las únicas palabras que consiguió articular en su agonía fueron: «¡Dios mío, Dios mío!». Corrió la noticia de su grave estado y algunas autoridades se interesaron por el estado del paciente, como el obispo monseñor José Miralles Sbert, el presidente de la Diputación y el alcalde. El miércoles 9 de junio prosiguió el estado de inconsciencia del accidentado. El jueves 10 de junio pareció reaccionar y mejoró el color de sus mejillas, respondiendo con un «Amén» las plegarias de quienes le rodeaban. Mediada la mañana visitó al enfermo el obispo Miralles, que conocía a Gaudí de cuando trabajó en Mallorca. A las 17:08 horas de aquel jueves 10 de junio, expiró rodeado de sus amigos y colaboradores.

El cadáver fue amortajado con el hábito negro de la cofradía de Nuestra Señora de los Dolores y expuesto en la sala de médicos, convertida en capilla ardiente. A poco de fallecer, el escultor Juan Matamala Flotats, entre sollozos, hizo la máscara mortuoria de Gaudí, conservada actualmente en el Museo de Arquitectura de la Real Cátedra Gaudí. En la mañana del viernes 11 de junio los albaceas testamentarios de Gaudí dieron a conocer las disposiciones del finado concernientes a su entierro. De acuerdo con tales disposiciones se estableció que la ceremonia se realizara con gran sencillez. El féretro sería de madera de roble, sin adornos ni herrajes, con tan solo un crucifijo de madera en la tapa.

El entierro no tendría carácter oficial, no se admitirían coronas, ni la participación de bandas de música, y la única insignia que figurará en el entierro será la bandera de la asociación espiritual de Devotos de San José. Se oficiaron distintas misas en la capilla ardiente y el cabildo de la catedral de Barcelona se ofreció para que el entierro atravesara la catedral y pudiera cantarse un solemne responso. El Gobierno accedió a que fuese enterrado en la cripta del Templo y la Casa de Caridad ofreció gratuitamente el mejor de sus coches fúnebres. También en el curso del viernes 11 de junio a las 18:00 horas se procedió a practicar la autopsia al cadáver de Gaudí, a cargo de los doctores Bravo Moreno y Trias y, a las 19:00 horas, el cuerpo fue embalsamado con el procedimiento Aeternitas, patentado por el médico y farmacéutico José Bassas Lladós, extrayendo el aire de la caja de zinc e inyectando en su lugar un gas inerte que evita la descomposición. Cuando en 1939 se realizó la identificación del cadáver, cuya tumba fue profanada en 1937, se pudo ver a través del cristal superior que el cuerpo de Gaudí estaba intacto.

El sábado 12 de junio a las 17:00 horas, fue conducido el cadáver saliendo la comitiva del hospital por la calle del Carmen hasta la Rambla del Centro, siguió por la de las Flores hasta la calle Fernando, plaza de San Jaime, calle del Obispo hasta la puerta de Santa Eulalia del claustro de la catedral y, por la del crucero al interior del templo donde el cabildo ofició el responso con el ataúd situado encima de un túmulo, entre el presbiterio y el coro, en tanto sonaban los acordes del gran órgano de la seo. Después, la comitiva salió por la puerta principal donde se despidió el duelo oficial. Los alumnos de la Escuela de Arquitectura llevaron en hombros el féretro en el recorrido dentro de la catedral. Luego, la comitiva siguió por la plaza Nueva, calle dels Arcs, Portal del Ángel, plaza de Cataluña, paseo de Gracia, calle Caspe, paseo de San Juan, calle Valencia y Cerdeña hasta la Sagrada Familia y, por la puerta de la calle Mallorca, hasta el interior del inacabado templo donde, de nuevo el féretro encima de un túmulo, el Orfeó Català dirigido por el maestro Luis Millet entonó el Requiem de Tomás Luis de Victoria. Luego, a través de la puerta del Nacimiento y a hombros de los obreros de templo, fue llevado el ataúd a la cripta, donde se depositó en una fosa abierta en el suelo de la capilla de la Virgen del Carmen. En la losa de piedra que cubrió la fosa se leía: Antoni Gaudí, al Cel sia. Destruida en 1937, se rehizo con la inscripción latina que se puede ver hoy día. La ceremonia del entierro se prolongó hasta las 21:00 horas del aquel sábado 12 de junio de 1926 y, desde aquel punto centenares de miles de personas han visitado este lugar para rezar y recordar la figura del genial arquitecto. Esta es la puntual historia de seis días del mes de junio de 1926, de triste recuerdo para los amantes del arte y de la religión.

Joan Bassegoda Nonell