«La religión por sí sola no soluciona el problema»

El cineasta francés Cédric Kahn dirige la recién estrenada El creyente, una película que relata la historia de un joven drogodependiente al ingresar en una comunidad terapéutica de origen religioso

Juan Orellana
Cédric Kahn, a la derecha, en el rodaje de la película El creyente. Foto: Carole Bethuel/Les films du Worso

El cineasta francés Cédric Kahn dirige la recién estrenada El creyente, una película que relata la historia de un joven drogodependiente al ingresar en una comunidad terapéutica de origen religioso

En la película vemos cómo no todos los residentes en la comunidad abrazan la fe católica, pero parece que para todos la experiencia religiosa tiene una dimensión terapéutica.

La vida en esa comunidad es muy difícil: muchas privaciones, mucho trabajo, muchas reglas, la oración obligatoria cuatro veces al día –la primera a las seis de la mañana…–. Esto lo digo porque los chicos que permanecen allí están tremendamente motivados. Su motivación principal no es encontrar a Dios, sino salir de la droga. Todos los jóvenes de allí con los que yo he podido hablar me decían: «Era eso o morir». En esa comunidad se acoge a católicos, a creyentes de otras religiones y a ateos, y a todos se les ofrece una acogida humana y terapéutica. La fe se propone como una posibilidad. Obviamente, no se puede forzar a nadie a creer. Pero también es cierto que la religión por sí sola no soluciona el problema. He pasado mucho tiempo allí, he observado mucho, y la oración no es más que un factor de todo el proceso. El trabajo es otro. La vida en comunidad, otro. Y el testimonio, otro. Y este último es esencial: tienen que contar su historia con la droga, su historia antes de la droga, y contarlas honestamente, sin mentiras, enfrentándose con su propia realidad. Y hay que contarlo a menudo, a la gente de la comunidad y a gente de fuera. Todos esos factores forman parte de la reconstrucción humana del sujeto. No olvidemos que la comunidad está regida por extoxicómanos, y que llevan casi 40 años de experiencia.

También he hablado con jóvenes que describen su encuentro con Dios, otros que dicen que no han tenido ese encuentro, algunos que tienen dudas, y otros que rezan a pesar de no creer pero que reconocen que la oración les hace bien. Que todo esto se dé en la comunidad supone un planteamiento de la religión muy interesante, porque es algo mucho más amplio de lo que la sociedad entiende normalmente por Iglesia como institución.

La escena en la que la madre fundadora le propina unas bofetadas al protagonista puede resultar un poco chocante. ¿Qué significado le ha querido dar a esa escena?

Está basada en un testimonio real y para mí es una escena muy importante, aunque sé que no ha gustado a todos. No es negativo lo que hace la madre superiora. Coloca al chico en el camino de la verdad. Lo hace porque sabe que si el joven no deja de mentir será toxicómano toda su vida. Es una bofetada dada con mucho amor.

Cédric Kahn durante la entrevista con Juan Orellana

En el protagonista siempre hay cierta ambigüedad, lo que realmente siente es menos trasparente que en sus compañeros. ¿Es una ambigüedad deliberada? ¿Qué pretendía con ello?

Para empezar no conocemos su historia, no se nos cuenta nada ella, porque en cierta manera él representa la historia de todos. Esta ambigüedad simboliza la dificultad de la terapia. Uno puede creer que ya ha salido de la droga y al día siguiente caer en la tentación.

¿Hay algo en común entre esta película y el resto de su filmografía?

Sí. Aunque cada película tiene una aventura nueva, yo siempre me dejo guiar por la curiosidad. Yo tengo mis temas y obsesiones. Por ejemplo, siempre trato el tema de la relación con la naturaleza, el paisaje, la propia corporalidad que debe buscar su paz interior; me interesan los personajes a los que les cuesta encontrar su lugar en el mundo, gente marginal. En el fondo me interesa la sed del ideal, la búsqueda de la espiritualidad, que es el ideal absoluto. También en la droga se busca el ideal. La droga y la oración buscan por caminos opuestos alcanzar la plenitud.

Juan Orellana