La Madre de todos

«Lo más hermoso en la tierra es buscar a Dios y de Él repartir a otros», decía la madre María de la Purísima. El domingo será canonizada por el Papa Francisco en Roma

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Las Hermanas de la Cruz, durante la beatificación de María de la Purísima en 2010. Foto: EFE/Julio Muñoz

«Lo más hermoso en la tierra es buscar a Dios y de Él repartir a otros», decía la madre María de la Purísima. El domingo será canonizada por el Papa Francisco en Roma

Cerca de 12.000 personas de toda España tienen preparada la maleta para estar el domingo en Roma en una cita que consideran ineludible: la canonización de la madre María de la Purísima, séptima superiora general de la Compañía de las Hermanas de la Cruz y una de las religiosas más queridas por los españoles de hoy, quizá porque su muerte tuvo lugar no hace ni veinte años y son muchos los que aún tienen presente la huella dejada por esta nueva santa.

Sevilla, Madrid, Jaén, Málaga, Mérida, Huelva, Valladolid, Pamplona, Oviedo… de todas partes de nuestra geografía están partiendo viajes organizados con destino a la Ciudad Eterna y son otros varios miles los que se desplazarán por su cuenta para no faltar a una cita en la que también serán canonizados el sacerdote italiano Vincenzo Grossi y el matrimonio Louis Martin y Marie Zelie Guérin, los padres de santa Teresa de Lisieux.

Pobre con los pobres

El cariño hacia la Madre –así la recuerdan muchos hoy– se mezcla con el cariño hacia todas las Hermanas de la Cruz, porque, como dice Olga Salvat, sobrina de la Madre y autora, junto al padre Teodoro León, vicepostulador de la causa de canonización, del libro Santa María de la Purísima (Edibesa), esta estima se debe a que «son auténticas y viven el carisma de su fundadora. El ideal de santa Ángela de la Cruz era hacerse pobre con los pobres. Las hermanas de hoy son como las de entonces, en parte gracias a mi tía, cuyo lema era siempre: A pesar de todo, fiel, hasta el punto de que se dice que si algún día se pierden las reglas de la Orden, con solo ver cómo ha vivido mi tía sería suficiente para reescribirlas».

Olga afirma también que los pueblos en los que viven las hermanas «saben que tienen un tesoro, porque están entregadas a los pobres. Van repartiendo el amor de Dios que tienen dentro, con tanta humildad y cariño que la gente las tiene en un pedestal».

Olga Salvat conoció a su tía cuando ya era monja, y tenía 30 años cuando murió, no hace ni veinte años. Recuerda las ocasiones en que iba a visitar a su madre, la abuela de Olga. «¡Ha venido María Isabel!», decían todos en la familia. «Siempre nos dedicaba un rato y tenía un cariño hacia los demás, irradiaba una luz especial, aunque era muy sencilla, quería ser una hermana más, no quería destacar aunque fuera la madre general. Se notaba que estaba llena de Dios».

Olga, que con el tiempo ha ido conociendo más y más la figura de su tía, afirma que ese llenarse de Dios le venía de lejos: «De niña tuvo una espiritualidad muy profunda. Antes de atisbar su vocación, se le pasaban las horas ante el Santísimo en el Cristo de Ayala, donde iba muchas tardes después del colegio». Por eso no le resultó extraña la vida en la Compañía de la Cruz, pues santa Ángela tuvo la intención de fundar una congregación a la vez activa y contemplativa. «Ella puso mucho énfasis en el lado espiritual de las hermanas. Dispuso que se hiciera mucha oración, que las monjas tuvieran una buena formación e hicieran ejercicios espirituales con sacerdotes bien preparados. Por eso mi tía decía: “Lo más hermoso en la tierra es buscar a Dios, acercarse a Él, llenarse de su amor y de Él repartir a otros”», cuenta Olga. Por eso, junto a toda la labor asistencial que hacen, las hermanas «han llevado a Dios a mucha gente. Con su labor y su ejemplo han abierto a muchos el sentido sobrenatural de la vida, y les han llevado a Dios. Hay muchos casos».

¡Mi amiga es santa!

Foto: ABC

Uno de estos casos es el de Magdalena, una sevillana que no tiene reparo en reconocerse como una niña de la Cruz porque se crió en un colegio de las hermanas en la capital hispalense. «Todas queríamos a la Madre. Tenía una sonrisa perpetua y desbordaba amor por las niñas que estábamos allí. Me considero niña de la Cruz, y aprendí de ellas que debo estar en el pobre, ellas me han criado así. Cuando murió mi madre, las hermanas se volcaron con nosotras. Son de mi familia, son mis ángeles. Todavía recuerdo la ovación de toda Sevilla en la beatificación de la Madre: fue larguísima, impresionante, con todo el mundo en pie».

De las primeras en apuntarse a la peregrinación ha sido la hermana Gloria Neve, religiosa de Jesús María, que conoció a la Madre en Sevilla hace varias décadas, cuando a ambas les unían el interés por la educación de los niños. Gloria, que llegó a testificar en el proceso diocesano de su causa de canonización, llama a la madre María de la Purísima «mi amiga», y reconoce: «No sé qué tenía, pero después de hablar con ella siempre te dejaba bien. Era muy normal, pero tenía algo distinto. Su mirada era transparente. Estaba hablando de Dios simplemente con mirarla. “Esta mujer tiene a Dios”, pensaba. Estaba claro que Dios estaba en ella».

Sin embargo, la de la Madre no fue una santidad lejana, inalcanzable. El padre Teodoro León, vicepostulador de la causa de canonización, aclara que «podemos imitarla en tres cosas: su humildad, que es la base de todas las virtudes, no solo para una hermana de la Cruz sino para todos nosotros. Seguía el lema de santa Ángela: No ser, no querer ser, enterrar el yo. Solo así le podemos dejar sitio a Dios. Segundo, su fidelidad a su vocación; nosotros también podemos ser fieles y defender los valores de la vida cristiana como ella hizo. Y un tercer elemento es la obediencia al mandato del Señor: Sed santos como vuestro Padre es santo. Ella nos invita a ser orantes en la vida activa, como ella estaba siempre metida en oración. Ella se tomó la santidad muy en serio, y nos invita a dejar que la gracia de Dios actúe en nosotros, a través de la oración y los sacramentos. Todo esto lo podemos hacer también nosotros».

Dios a manos llenas

La Iglesia en España está de fiesta. A la canonización se sumarán las celebraciones de los peregrinos españoles en Roma: el sábado 17 de octubre, a las 18:30 horas, en Chiesa Nuova, el cardenal Ricardo Blázquez presidirá la Misa de los peregrinos; y el lunes 19, a las 16:30 horas, será el cardenal Santos Abril quien presida la Eucaristía de acción de gracias en la basílica de Santa María la Mayor; en ambas concelebrarán varios obispos españoles, entre ellos monseñor Osoro, arzobispo de Madrid.

La Conferencia Episcopal ha preparado esta fiesta con un mensaje en el que los obispos subrayan que «la figura y espiritualidad cristiana de María de la Purísima son un modelo de cómo la misericordia divina es fuente de alegría, serenidad y paz. Así se manifestaba en el rostro de la nueva santa, porque su conciencia de pequeñez y necesitada de perdón por sus imperfecciones, le hizo siempre creer en un Dios amoroso, cercano, providente, santo y misericordioso. Ella hizo realidad en su vida el lema del Año Santo de la Misericordia: Misericordiosos como el Padre. ¡Ella experimentó vivamente lo que significaba la misericordia del Buen Padre Dios y la repartió, a manos llenas!».

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

 

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Todos en la Iglesia estamos llamados a alcanzar la santidad que nos indica nuestra próxima santa. Es un llamamiento universal para todos los bautizados. Se trata de una llamada y a la vez de una toma de conciencia de las acciones de Dios a través de nosotros. Madre María de la Purísima nos dice que «cuando de verdad empezamos a tomarnos en serio nuestra santificación, impulsados por la gracia y la presencia de la Santísima Trinidad en nosotros, entonces es cuando empezamos a darnos cuenta de todas las gracias espirituales que Dios nos ha dado, lo que espera de nosotros, y cómo tenemos que corresponder con nuestra fidelidad a que nuestra vida espiritual crezca y con ella nuestra unión con el Señor».

En la carrera de la santidad, usando palabras de Santa Ángela, «subir es bajar y bajar es subir» y toda aspiración se reduce, nada más y nada menos, a configurarse con la Cruz de Cristo.

La santidad no es destacar con cosas extraordinarias, pues para ella no podemos «cifrar la santidad en hacer cosas raras que llamen la atención. Es en el quehacer diario, en la fidelidad al cumplimiento del deber, en la observancia, donde radica la perfección». ¿Quién se atreve?

Esta canonización nos anima a dar el paso, pues como bien nos diría la nueva santa: «Les invito, mejor dicho les urjo a ello, con el deseo inmenso de su mayor bien, y la necesidad tan grande que hay en la Iglesia y en España de santos, que con la fuerza de su oración y sacrificio, alcancen del Señor las gracias de que tan necesitado está todo el mundo».

Adrián Ríos
Delegado diocesano de Medios de Comunicación de Sevilla

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