La «locura homicida» del terrorismo y la respuesta de Francisco

«Imágenes de muerte», el «luto de quien llora a causa del odio y la violencia», la «locura homicida» del terrorismo. Frases que, cual trazos, describen un mundo destinado a sucumbir ante la guerra. Un análisis frío (y necesario) sobre el estado de cosas en la política internacional, realizado por el Papa en su mensaje de inicio de año ante los diplomáticos. Pero Francisco no quiso ser profeta de desventuras. Ofreció la mirada humana de las catástrofes, porque solo desde el hombre se puede captar la magnitud de las tragedias y se puede creer en un futuro con esperanza

Andrés Beltramo Álvarez
Discurso del Papa el lunes a los embajadores acreditados ante la Santa Sede. Foto: CNS

«Imágenes de muerte», el «luto de quien llora a causa del odio y la violencia», la «locura homicida» del terrorismo. Frases que, cual trazos, describen un mundo destinado a sucumbir ante la guerra. Un análisis frío (y necesario) sobre el estado de cosas en la política internacional, realizado por el Papa en su mensaje de inicio de año ante los diplomáticos. Pero Francisco no quiso ser profeta de desventuras. Ofreció la mirada humana de las catástrofes, porque solo desde el hombre se puede captar la magnitud de las tragedias y se puede creer en un futuro con esperanza

El saludo a los embajadores acreditados ante la Santa Sede se cuenta entre los discursos más esperados del Papa. Comparable, quizás, con el mensaje de fin de año a la Curia Romana. Por importancia y espesor. En él es posible identificar las prioridades (y preocupaciones) geopolíticas del pontificado. Contiene, además, un preciso diagnóstico sobre la situación mundial vista desde Roma. Este año Jorge Mario Bergoglio cumplió con ambos requisitos.

En la imponente Sala Regia del Palacio Apostólico, la antesala de la Capilla Sixtina y otras galerías históricas vaticanas, pasó revista a las zonas de conflicto e indicó desafíos ineludibles: del drama de los refugiados a las nuevas esclavitudes modernas. Pero el hilo conductor de su palabra fue el impacto desgarrador de la violencia y la urgencia de la paz.

No por casualidad inició recordando que un siglo atrás la humanidad afrontó la Primera Guerra Mundial. Una «inútil matanza» que sembró muerte y sufrimiento. 100 años después, muchos países todavía añoran la serenidad. «Millones de personas viven hoy en medio de conflictos insensatos», dijo el Papa. Una denuncia sugerente, porque él mismo ha repetido que actualmente se vive una Tercera Guerra Mundial «a pedazos».

Una «guerra global» producto de injusticias y corrupción, con responsables concretos. Un flagelo que solo podrá ser derrotado con una verdadera paz. «Un bien positivo, el fruto del orden asignado a la sociedad humana por Dios y no la mera ausencia de la guerra», precisó. Porque la paz «no se reduce sólo al establecimiento de un equilibrio de las fuerzas adversarias, sino que más bien exige el compromiso de personas de buena voluntad sedientas de una justicia más perfecta».

Una pacificación en la que deben comprometerse, sobre todo, los líderes religiosos y políticos. Porque, como sostuvo Francisco, «toda expresión religiosa está llamada a promover la paz». No obstante constató que la experiencia religiosa es utilizada como «pretexto para cerrazones, marginaciones y violencias».

«Se trata de una locura homicida que usa el nombre de Dios para sembrar muerte, intentando afirmar una voluntad de dominio y de poder. Hago por tanto un llamamiento a todas las autoridades religiosas para que unidas reafirmen con fuerza que nunca se puede matar en nombre de Dios», añadió.

Francisco calificó el terrorismo fundamentalista como fruto de una «grave miseria espiritual», muchas veces producto de una «considerable pobreza social». Para derrotarlo –insistió– se requiere la acción común de los líderes religiosos y políticos. A los primeros les toca predicar valores alejados de la violencia; a los segundos, «garantizar en el espacio público el derecho a la libertad religiosa». Porque la responsabilidad de los gobernantes es evitar que se den las condiciones favorables para la propagación de los fundamentalismos con medidas sociales que combatan la pobreza, valoricen la familia, la educación y la cultura.

El paradigma de la mansa convivencia

Según el Papa, para asegurar la paz no basta con garantizar la seguridad de los propios ciudadanos. El ejercicio debe ser más profundo. Se trata de respetar la dignidad de las personas, renunciando al conflicto en todos los campos. ¿Cómo? Apelando a la no violencia como estilo de hacer política. Centrándose en quitar las causas de discordia entre los hombres, empezando por las injusticias. Y en eso, sostuvo, la misericordia y el perdón ocupan un rol central.

Es un cambio de paradigma, de la mera tolerancia a la mansa convivencia. Así se puede plasmar una nueva sociedad, donde «ninguno mire al otro con indiferencia» ni se ponga de lado ante el sufrimiento de los demás. «Solo así se podrán construir sociedades abiertas y hospitalarias para los extranjeros y, al mismo tiempo, seguras y pacíficas internamente», explicó Francisco.

«Es necesario un compromiso común en favor de los inmigrantes, los refugiados y los desplazados, que haga posible el darles una acogida digna», abundó. Porque emigrar es un derecho humano, como también lo es que las sociedades tengan seguridad interna. Y aclaró: «los mismos inmigrantes no deben olvidar que tienen el deber de respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los acogen».

Un discurso a contrapelo del debate europeo sobre cómo afrontar la emergencia de los refugiados. Mejor dicho, en franca contradicción. Pero surge del convencimiento de que una «visión reductiva» del hombre es «enemiga de la paz» y propaga las «desigualdades sociales». Desigualdades que afectan a niños y jóvenes, millones de ellos presa del hambre, de la explotación, del trabajo clandestino y esclavo, de la prostitución o de los abusos de los adultos, de los pandilleros y de los «mercaderes de muerte». Niños que padecen en Siria, donde el Papa llamó a la comunidad internacional a empujar una «negociación seria» para acabar con el «desastre humanitario».

El Pontífice denunció además el «despreciable tráfico de armas» y la «carrera armamentista». Llamó a superar la «política del miedo» que alimenta el acumulamiento de armas de destrucción masiva, pero también fustigó la facilidad de acceso a las armas convencionales. Y se dijo «desconcertado» por los ejercicios militares de Corea del Norte, que «desestabilizan a la región y plantean inquietantes interrogantes acerca del riesgo de una nueva carrera nuclear».

Criticó la ideología que se sirve de los problemas sociales para «fomentar el desprecio y el odio», viendo al otro como un enemigo que hay que destruir. Algunos observadores indicaron en estas palabras una referencia a los populismos, de derecha o de izquierda.

La vía es el diálogo

Pero para Francisco la paz se conquista con solidaridad, diálogo y colaboración. Como en el nuevo acercamiento entre Cuba y Estados Unidos. Como en el esfuerzo, «llevado a cabo con tenacidad» y «a pesar de las dificultades», para terminar con años de conflicto en Colombia. Ahí pidió «gestos valientes», también «muy urgentes» en Venezuela, «donde las consecuencias de la crisis política, social y económica, están pesando desde hace tiempo sobre la población civil».

Un compromiso por la paz que pidió ejercer entre israelíes y palestinos (porque todo el Oriente Medio necesita con urgencia la paz), en Irak, en Yemen, en Libia, en Sudán del Sur, en la República Centroafricana, en la República Democrática del Congo y en Myanmar. Para todos estos pueblos Bergoglio tuvo una palabra de aliento, dejando claro que su mensaje no pretendía ser solo teórico.

Además colocó la lupa en Europa, «donde no faltan las tensiones» y donde «la disponibilidad al diálogo es la única manera de garantizar la seguridad y el desarrollo». E instó a seguir buscando «con determinación» soluciones viables para Ucrania.

La preocupación por el Viejo Continente permanece en el Papa. Advirtió que está en un «momento decisivo de su historia», llamado a redescubrir su identidad frente a las «fuerzas disgregadoras». Unas raíces que le permitan plasmar un «nuevo humanismo» basado en la capacidad de integrar, de dialogar y generar. Francisco sabe que la Unión Europea es clave para la paz más allá de sus fronteras.

Paz que es «un don, un desafío y un compromiso». Por eso, Francisco aclaró que no existe paz si no se promueve el desarrollo integral del hombre y se tiene en cuenta su dignidad trascendente. Y auguró: «Ese es mi deseo para este año: que crezcan en nuestros países y sus pueblos las oportunidades para trabajar juntos y construir una paz verdadera».

Andrés Beltramo Álvarez
Ciudad del Vaticano