La importancia de tener buenos amigos - Alfa y Omega

Todo gobernante debe saber con qué amigos cuenta. Pareció en su día que Montini no tenía muchos en España, como pareció demostrarse en aquella famosa manifestación de universitarios en la calle Alcalá, tras una gran pancarta que afirmaba «Sofía Loren sí, Montini no». Nuestros diplomáticos sospecharon de Juan XXIII, porque, siendo nuncio en París, recibió a José Antonio Aguirre, el lendakari en el exilio, y decidieron con ira que no era amigo de España. Tarancón fue enviado al paredón, porque, al parecer, no era amigo del franquismo y el intento fallido de condenar la Asamblea Conjunta se debió a las sospechas sobre su ortodoxia y su decisión de pedir perdón a los que perdieron la guerra. El cardenal Sebastián cuenta en sus memorias su viaje a Roma con don Gabino, en cuanto presidente y secretario de la CEE, con el fin de que Juan Pablo II conociese su opinión sobre la decisión, todavía no oficial, de que el Opus Dei se convirtiera en una prelatura. El Papa escuchó, conoció algunos datos y cenaron los tres con otros dos invitados cercanos a la Obra. Al volver, Díaz Merchán comentó a Sebastián: «Con estas aventuras no vamos a ganar muchos amigos en Roma». 

Díaz Merchán no era el hombre para todas las estaciones, pero tenía buenos amigos y respetaba a todos. Asesinaron a sus padres cuando era un crío, pero no solo no odió, sino que respetó y se dio a todos, manteniendo socialmente una actitud comprometida, modelada por las bienaventuranzas. Escuchó, acogió y defendió a los obreros y necesitados asturianos en sus dificultades. Por esto ha sido tan respetado por su pueblo, pero, tal vez, no tanto por algún clero.

En una ocasión me contó esta deliciosa anécdota. Se encontraba en la sacristía de un pueblo de montaña, vestido con todas las puntillas, sedas, joyas, mantos, mitra, anillo y báculo que el rito pedía. Esperaba de pie a que el párroco anunciase que la procesión podía empezar. Un niño, vestido de monaguillo, que se mantuvo con la mirada fija en él, se le acercó y le preguntó con ingenuidad: «¿Estás parado porque no te atreves a salir vestido de esa manera?». Don Gabino gozaba de paz interior y actuó con convicción y sinceridad. Fue elegido para suceder a Tarancón durante dos etapas porque muchos obispos le respetaban, pero quien mandaba en la Iglesia española no acababa de fiarse de él. Eligieron a Suquía respondiendo a los vientos que venían de Roma. No tenía enemigos, pero no gozó de suficientes amigos. Lo demostró su funeral, al que acudió mucho pueblo y apenas obispos.

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