La Guadalupana, modelo de los catequistas indígenas mexicanos - Alfa y Omega

La Guadalupana, modelo de los catequistas indígenas mexicanos

La pastoral indígena y campesina de México «vive y disfruta la riqueza de estas culturas», pero debe purificar los restos de sincretismo que quedan en ellas

María Martínez López
Foto: María Martínez López

La pastoral indígena y campesina de México «vive y disfruta la riqueza de estas culturas», pero debe purificar los restos de sincretismo que quedan en ellas

Salvador no recibió la fe en su casa. Hijo de un padre alcohólico, prácticamente se crio en la calle. También él acabó siendo adicto a la bebida y las drogas, y reproduciendo con su mujer y sus hijos lo que él había vivido. En Tsirio (Michoacán) «no éramos los únicos que estábamos así. Mucha gente murió por los vicios; en algunas familias, los dos padres. Estábamos en una crisis de la Palabra de Dios». Un sacerdote iba cada semana, pero no era suficiente. «Mucha gente no iba a Misa porque no entendía la palabra de Dios. En esa época, no había catequistas» que pudieran evangelizar en p’urhepecha, su idioma.

Con su matrimonio casi roto, Salvador llegó a plantearse el suicidio. «Pero Dios no me dejó». Hace 15 años, sintió el impulso de acudir a unas catequesis predicadas en su idioma por sor Amalia Orozco, una salesiana que visitaba el pueblo. «Todo lo que dijo me impresionó. ¿De dónde venían esas palabras tan bonitas que me decían que no debía sufrir?». Asistió a las catequesis durante las dos semanas que duraron, y empezó a ir a Misa. Logró dejar sus adicciones, recuperó a su familia y se hizo catequista.

«Ahora me siento renovado por la palabra de Dios. ¡Por nada del mundo dejaría a Cristo, mi salvador!», continúa, a petición de la periodista, en p’urhepecha. Le traduce Goyo, otro de los cuatro catequistas de Tsirio. «En la comunidad no todos saben español; los mayores, casi ninguno –explica Goyo–. Algunos aprenden un poco para salir a trabajar fuera, pero no lo hablan bien. Por eso es necesario darles la palabra de Dios en nuestro idioma».

Goyo y Salvador se encargan de los adultos y la preparación al matrimonio. Desde que se formó el equipo de catequistas hace más de una década, «se ha notado bastante cambio. Antes había mucho machismo; la mujer necesitaba autorización de su marido para salir de casa o incluso hablar con su madre. Eso ha ido disminuyendo», cuenta Goyo. También ha crecido el número de personas que practican la fe, y ha mejorado el problema de las adicciones. Son una auténtica Iglesia local en misión, como reza el lema de la Jornada de Catequistas Nativos, que se celebra el 6 de enero.

Formar a los formadores

Foto: CNS

La hermana Orozco ha sido una de las principales protagonistas de la puesta en marcha en México de una catequesis indígena y campesina coordinada a nivel nacional. La base de este sistema es la formación continua, con cursos anuales de tres o cuatro semanas para los responsables, que luego transmiten lo aprendido a otros catequistas de sus comunidades y las zonas cercanas.

Este otoño, la salesiana y una treinta de sus colaboradores participaron en Roma en el II Congreso Internacional de Catequistas. Entre ellos, además de Salvador y Goyo, estaba Conchito. Su mayor inspiración –explicó a Alfa y Omega– es la Virgen de Guadalupe, cuya fiesta se celebró el miércoles. «Ella llegó a México y a los mexicanos a través de la simbología de su imagen, que nos ayudó mucho a comprender la fe». Esta imagen, con rasgos mestizos, representa una providencial combinación de la simbología cristiana con elementos aztecas. Por ejemplo, además del atuendo tradicional de las embarazadas, la media luna negra sobre la que posa sus pies es un ideograma de la divinidad más importante, Quetzálcoatl, que aquí aparece sometida a la madre de Dios.

Una cultura de servicio

El padre Gil López, de cultura mitxeca y asesor de catequesis en la diócesis de Puerto Escondido (Oaxaca), explica que «en la catequesis indígena y campesina –explica– vivimos y disfrutamos la cultura indígena como ellos, con sus valores y riquezas». Entre estas riquezas, cita «su disponibilidad para el servicio y una organización social muy hermosa basada en el sentido comunitario». Se refiere al tequio, un sistema según el cual los miembros de la comunidad dedican de forma periódica un tiempo a trabajar para la comunidad, sin recibir nada a cambio.

En estas sociedades encaja muy bien la figura del catequista laico, cuyo servicio es continuo: atender a los enfermos, arreglar las iglesia, abrir los caminos que las lluvias cierran o intentar conseguir agua potable –si la omnipresente corrupción lo permite– son algunas de las funciones que asumen, además de lo pastoral. «Acompañar estas necesidades también te forma, porque ves todo lo que se necesita. Pero lo céntrico es la fe, mostrar en todo esto el amor de Cristo», apunta Camerino, de cultura mixe (Oaxaca), que ya ha ocupado 24 cargos en su pueblo y el año que viene será el equivalente a alcalde.

Además de aprovechar estas riquezas, los catequistas también deben purificar la fe de la gente. A diferencia de otros lugares con población indígena, en México apenas persisten creencias paganas. El problema, continúa el padre Gil, es que su gran religiosidad a veces tiene rastros de sincretismo: personas que van a Misa y, al mismo tiempo, recurre a un hechicero. O –añade Goyo– que piensan que por hacer una peregrinación u ofrecer en la fiesta patronal una manda u ofrenda –a veces con mucho sacrificio– «ya tienen parte con Dios» y no necesitan cambiar sus malas costumbres. «Lo importante –explica sor Amalia– es ayudarles a entender que más importante que lo que tú le des a Dios es que tú te des a Dios».

María Martínez López