La familia... y seis españoles más

En Bochnia, la ciudad que acogió a unos 5.000 peregrinos españoles, la única queja de las familias es no haber podido pasar más tiempo con los jóvenes

María Martínez López
Anna, su marido y su hija con peregrinos de Huelva. Foto: Archivo personal de Anna Kwiatek

En Bochnia, la ciudad que acogió a unos 5.000 peregrinos españoles, la única queja de las familias es no haber podido pasar más tiempo con los jóvenes

Con la lengua de trapo de sus 18 meses, Dominika se pasó el lunes diciendo «Hola, hola» por su casa, aunque Jorge, Julián y los demás ya no estaban. Su familia es una de las que, en Bochnia, acogió a algunos de los miles de peregrinos españoles. «Algunas familias tenían hasta a 15 o 20 jóvenes», cuenta Anna, la madre de Dominika. Su marido, Marcin, y ella hicieron sitio para seis jóvenes de Huelva en su casa, donde viven además los padres y la abuela de Anna.

«Esperábamos –cuenta Anna– que nos ayudaran a experimentar la universalidad de la Iglesia y a fortalecer nuestra fe compartiéndola. Nos hizo ilusión que fueran españoles, porque hemos ido dos veces a España y Marcin es hincha del Valencia CF desde la época de Mendieta», en los años 90.

Anna se apuntó a un curso de español que ofrecía la organización de la JMJ. Le ha venido bien para su labor como voluntaria en su parroquia y en la estación de tren de Bochnia, donde ayudaba a mantener el orden. A veces los peregrinos tenían que esperar mucho rato para cualquier cosa, pero «eran muy pacientes».

Con 30.000 habitantes, esta localidad estaba casi invadida de peregrinos. Pero «la gente estaba encantada, porque los jóvenes se comportaron muy bien, no crearon ningún problema». En Cracovia, que pasó de 70.000 a casi dos millones de habitantes, «de hecho ha descendido significativamente el número de incidentes, en comparación con los días anteriores», explicó el sábado el ministro del Interior polaco, Mariusz Blaszczak.

Menos incidentes de lo normal

Dominika (centro) y su hermano Kacper (a su derecha), con jóvenes de Astorga. Foto: Archivo personal de Dominika Caber

«La única queja de las familias –continúa Anna– es que casi no han podido pasar tiempo con los jóvenes». Ella y Marcin solo intercambiaban impresiones con ellos durante el desayuno: «Hablábamos de los estudios, de sus familias y de los discursos del Papa. Lo que más les llamó la atención era la llamada a ayudar a los demás, a ser valientes para hacer realidad sus sueños». Ahora, mientras se acostumbra a que «la familia ha encogido», espera que las parroquias consigan que «los muchos jóvenes de aquí que se han implicado en la JMJ sigan involucrados. Es muy importante».

«Voy a ponerlo en práctica»

Entre estos jóvenes voluntarios, hay otra Dominika, pero de 18 años. Ha ayudado en su parroquia y su familia ha acogido a tres jóvenes y a un sacerdote de Astorga. «Hablábamos durante el desayuno y cuando los acompañaba al centro. Como habían ido a Auschwitz charlamos sobre eso y sobre la fe, porque alguno le había preguntado al sacerdote por qué Dios lo permitió. Pude ver que su fe era muy importante porque rezaban antes de desayunar, algo que nosotros no hacíamos y que me pareció muy bonito. También me contaban que les gustaba todo: las palabras del Papa, Cracovia y la organización. «Los españoles son estupendos, estaban alegres y cantaban todo el tiempo», cuenta.

Por las mañanas, Dominika se subía con los españoles al tren, «siempre lleno», para ir a los actos centrales en Cracovia. «Me eché a llorar al ver al Papa. Lo que más me impactó es cuando dijo que algunos jóvenes actuamos como ancianos, que estamos con la televisión y el móvil, que vemos lo que está mal y no hacemos nada. También me gustó mucho cuando nos dijo que habláramos más con nuestros abuelos. Voy a intentar ponerlo en práctica».

Esta joven todavía no sabe qué hará cuando acabe el instituto, dentro de un año. Pero, después de la JMJ, se plantea «estudiar español o irme a España a hacer voluntariado».

María Martínez López