Al entonces monseñor Bergoglio, recién ordenado obispo, en 1992, se le acercó una anciana mujer para confesarse, y él le dijo: «Pero si usted no ha pecado…». A lo que ella contestó: «Todos tenemos pecados». –«Pero tal vez –replicó el obispo– el Señor no los perdonará…». Y ella dijo muy segura: «El Señor perdona todo». –«¿Y usted cómo lo sabe, señora?». La respuesta fue contundente: «Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría»: así lo contó el ya Papa Francisco, el pasado domingo en su primer rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, y evocando la anécdota dijo que sintió «ganas de preguntarle: Dígame, señora, ¿usted estudió en la Gregoriana?, ¡porque ésa es la sabiduría del Espíritu Santo!». Y subrayó el nuevo Papa que «no debemos olvidar esta palabra: ¡Dios nunca se cansa de perdonarnos, nunca!»

A continuación, invocó la intercesión de la Virgen, aquella –de este modo quiso definirla el Papa– «que ha tenido en sus brazos la Misericordia de Dios, hecha hombre». Porque Dios, hecho carne en el seno de María y nacido en Belén, ¡es la Misericordia misma!, sostenida y alimentada por la Madre, y custodiada por san José.

«Doy gracias al Señor –inició así el Santo Padre su homilía, el pasado martes– por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado». Y el Papa Francisco se fija en él, en el «custodio de María, de Jesús, de la Iglesia», para mostrarnos el corazón mismo de lo que ha de ser su pontificado: en san José, «vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: ¡Cristo!».

Habla el Papa con la humildad y la ternura del que se sabe, en verdad, Vicario de Cristo y de quien está convencido de que es únicamente a Cristo a Quien ha de mostrar y a Quien ha de llevar a todos y a todo. Por eso, no duda en subrayar esta centralidad de Cristo: «Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación». Y teniendo la mirada fija en san José nos dice que, «en el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. ¡Sed custodios de los dones de Dios!». De lo contrario, «cuando el hombre falla…, gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido». Sí, ¡el corazón!, porque, «para custodiar, también tenemos que cuidar de nosotros mismos». Y lo explica bien claro: «Custodiar quiere decir vigilar nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí –¡con qué sencilla naturalidad le salen las palabras del mismo Jesús!– es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen». Y, justamente por eso, «el custodiar requiere bondad, pide ser vivido con ternura». ¡Y ahí radica la fuerza del verdadero poder!

Sí, la ternura, añade enseguida, «no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de amor». Ser obispo de Roma, sucesor de Pedro, «comporta también un poder. Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata?». El verdadero poder es el servicio –dice el Papa Francisco, mientras en la Plaza de San Pedro estalla el aplauso–, «que tiene su culmen luminoso en la cruz», en el Amor que es el Todopoderoso, que no deja de cuidar a su Iglesia y de enseñarnos a todos, en la Iglesia y en todos los ámbitos de la vida, dónde está el poder de verdad: «Sólo el que sirve con amor sabe custodiar». Y ejerce el poder, sea cual sea su responsabilidad en la vida, con eficacia –es decir, construye, en vez de destruir–.

No es la ternura y el amor algo exclusivo del poder de la Iglesia, es la clave de todo poder. «Quisiera pedir, por favor –no dudó el nuevo Papa de proclamar en su homilía–, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza». Y ser custodios a semejanza de san José, a cuyo cuidado puso Dios Padre el más valioso de los tesoros, la raíz y la fuente de todo tesoro en el cielo y en la tierra: su Hijo Unigénito, Jesucristo. He ahí la tarea del Papa, ¡y de todo hombre y mujer en el mundo! Así lo concretó el Papa al final de su homilía, para «abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes», para «llevar el calor de la esperanza»:

«Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos: he aquí un servicio que el obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la Estrella de la esperanza».