La comunión, antes que la autonomía
El prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, cardenal Joâo Braz de Aviz, ha pronunciado una conferencia en la Universidad San Dámaso, de Madrid, sobre las relaciones entre obispos y religiosos en la Iglesia. Ofrecemos algunos párrafos de la intervención del cardenal Braz de Aviz:
Todo auténtico carisma lleva consigo una actitud particular de servicio y amor a la Iglesia, tal como Cristo la ha querido. Consiguientemente, el hecho de ser miembro de un Instituto religioso no sólo no puede hacer que se pierda de vista la realidad de la Iglesia constituida jerárquicamente y articulada en Iglesias particulares, sino que nos vuelve más conscientes de la propia pertenencia a ella y más responsables en el testimonio que se está llamado a dar para su edificación. Puede ocurrir que las características de la vida religiosa y la acentuación de la índole propia de cada Instituto puedan llevar, de modo más o menos marcado, a cierto aislamiento de la vida diocesana. La primera exigencia o criterio de acción de los religiosos será, pues, integrarse en la comunión de la Iglesia particular, enriqueciéndola con sus propias características en conformidad con su espíritu peculiar y su misión específica, cultivando una renovada conciencia eclesial y sintiéndose verdaderamente miembros de la familia diocesana.
Todo ello sin perder de vista la propia identidad y siendo fieles a la propia vocación. La inserción de los religiosos en la Iglesia particular, su colaboración en las iniciativas pastorales diocesanas, el servicio como párrocos de los religiosos-presbíteros, todo esto no debe ir en detrimento de su identidad. Aunque dicha tarea corresponde, en modo particular, a los Superiores internos, es urgente la coordinación entre las actividades apostólicas de los Institutos y la necesidad de una colaboración entre éstos y el clero diocesano, bajo la dirección del obispo diocesano, pastor y guía de la Iglesia particular donde actúan los Institutos, pero salvando siempre la índole, la finalidad y las normas propias de cada familia religiosa.
Tutela de los obispos
Pero hay todavía un ulterior criterio de particular importancia en referencia al justo equilibrio entre acción apostólica e identidad propia de la vida consagrada. Los religiosos y las religiosas están llamados a ser en la Iglesia signo escatológico, ofreciendo, además de la fiel profesión de los votos, sobre todo el testimonio de una vida de oración. Respecto a los religiosos que desarrollan actividades apostólicas fuera de las obras propias del Instituto, ha de tutelarse una participación sustancial en la vida de comunidad y la fidelidad a las propias Reglas y Constituciones; obligación que los obispos mismos deben urgir. Ningún compromiso apostólico debe ser ocasión de apartarse de la propia vocación.
Como advertía Juan Pablo II en la carta Novo millennio ineunte, «los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales» (n. 45). Ciertamente, la comunión eclesial necesita de mediaciones para su desarrollo, necesita planes de acción, proyectos, programas operativos comunes, como también tiene necesidad de comisiones y de organismos de participación. Con todo, tales instrumentos pueden ser perfectos en sí mismos y se podrán incluso encontrar otros, pero siempre serán insuficientes si en las relaciones recíprocas no se cultiva una auténtica espiritualidad de comunión.
Miembros de la familia diocesana
Los obispos, en razón de su ministerio, tienen que poner todo el esfuerzo para acrecentar la Iglesia-comunión. Como fautores de comunión, están llamados a ayudar a los Institutos de vida consagrada a introducirse de manera justa en el tejido eclesial, exhortándolos a vivir la eclesiología de comunión con su identidad propia, reconocida y expresada en sus carismas, procurando valorizarlos sin realizar imposiciones forzadas o pretendidas. Los religiosos, a su vez, tienen que procurar integrarse en la comunión de la Iglesia particular, comprender sus necesidades y ofrecer -en virtud del propio carisma- respuestas adecuadas y eficaces. En esta dirección, los religiosos tienen que tomar conciencia de que la justa autonomía, que les compete, no puede justificar nunca opciones que, de hecho, contrastan con las exigencias de comunión orgánica que brotan de una sana vida eclesial.
El documento Mutuae relationes, con sus criterios pastorales, ha marcado un punto firme y, al mismo tiempo, un camino a recorrer para hacer cada vez más fecundas y eficaces las relaciones entre los obispos y la vida consagrada.