Humildad

Jesús continúa explicando a sus discípulos en qué consiste la vida del Reino de Dios. Y en este texto prosigue su enseñanza por medio de una parábola. Es importante advertir la explicación…

Aurelio García Macías
El fariseo y el publicano. Basílica de Ottobeuren. Foto: Johannes Böckh & Thomas Mirtsch

Jesús continúa explicando a sus discípulos en qué consiste la vida del Reino de Dios. Y en este texto prosigue su enseñanza por medio de una parábola. Es importante advertir la explicación que da Lucas para motivar este mensaje de Jesús, dirigido a «algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos». Se refiere a los fariseos, que se creían justos ante Dios y despreciaban a los demás. El relato se articula en torno a la diversa actitud de dos personajes que suben al templo de Jerusalén para orar.

La oración arrogante del fariseo

El primer protagonista es un fariseo. Bien sabemos todos que este término tiene en la actualidad connotaciones negativas. Decir fariseo significa hipócrita y poco fiable. La descripción que hace Jesús de este personaje ciertamente es un tanto satírica, pero no todo en ellos era negativo. Los fariseos trataban de guardar y defender la Ley judía frente a la amenaza de romanos y samaritanos. Es más, intentaban agradar a Dios a través de su pureza ritual, ayunos, diezmos y el respeto del sábado. Sin embargo, oraba de pie y en los primeros puestos del templo, para destacarse de sus inferiores y llamar la atención de la gente. Más aún, el fariseo aprovecha su larga oración para dar gracias a Dios por ser quien es, porque es perfecto y puro y no le ha hecho despreciable como otros muchos, como, por ejemplo, ladrones, injustos o el publicano allí presente, al que señala despectivamente. ¿Por qué se cree justo? Porque juzga su comportamiento generoso respecto a los requisitos exigidos por la Torá: ayuna dos veces por semana, cuando la Ley exigía una; da el diezmo de todo, y no solo de las cosechas, como mandaba la ley judía… El fariseo se presenta ante Dios seguro de sí mismo, autosuficiente y pensando que es él mismo quien logra con su comportamiento la salvación. Sin embargo, su oración es soberbia, egocéntrica, narcisista y, por tanto, cerrada a Dios. No suplica nada, porque no necesita nada. Él se considera justo ante Dios y mejor que los demás.

La oración humilde del publicano

Bien sabemos ya que el publicano era un marginado de la puritana sociedad judía, porque había pactado con los romanos, convirtiéndose en un traidor ante Dios y el pueblo judíos a cambio de riquezas terrenales. Aparece en la parte trasera del templo y cabizbajo. Se considera un pecador indigno de presentarse ante el lugar santo de Dios. Los golpes de pecho reflejan su pesar interior y la necesidad del perdón. Él no es quién para juzgar o condenar a nadie, simplemente se desprecia a sí mismo e invoca la misericordia de Dios, porque sabe que de sí mismo no puede esperar la salvación. Es una oración breve, directa, descentrada de sí mismo, abierta a Dios y, por tanto, esperanzada. No reclama más que la compasión de Dios para que sus pecados sean perdonados.

Sobre la actitud en la oración

Ambos personajes suplican a Dios; pero representan dos actitudes opuestas. Una es acogida por Dios; la otra, rechazada. El fariseo ora con soberbia y busca justificarse ante Dios por medio de sus obras, despreciando a los demás. El publicano es consciente de su condición pecadora y ora con humildad, sin compararse ni juzgar a nadie. De tal forma que el que se creía justo sale del templo sin ser justificado; y el considerado injusto va justificado a su casa. Porque el perdón, la salvación y la justicia son un don de Dios, no un logro humano. Dios no puede aceptar la oración soberbia del que se vanagloria ante Él, porque es una oración hecha desde el engaño y se transforma en una farsa. Nadie es perfecto, sino Dios. Sin embargo, Dios escucha y acoge la oración humilde del que se siente humilde, pobre y pequeño ante Él, porque es una oración hecha en verdad. Por eso, termina la parábola con esas esperanzadoras palabras de Jesús, que contrastan con la actitud soberbia de los fariseos y resultan programáticas para todo seguidor de Jesucristo: «Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Recuerda esta gran lección para examinar tu vida y tu oración. Todos podemos ser el publicano o el fariseo. ¿Qué actitud te define ante Dios? ¿Soberbia o humildad?

Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos


Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

“¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Lucas 18, 9-14