Hora excepcional en la Iglesia

El pasado domingo, en la catedral de la Almudena, el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, presidió la Misa de Acción de gracias por el pontificado de Su Santidad Benedicto XVI

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Un momento de la homilía, en la celebración del pasado domingo, en la catedral de la Almudena
El pasado domingo, en la catedral de la Almudena, el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, presidió la Misa de Acción de gracias por el pontificado de Su Santidad Benedicto XVI. Así dijo en su homilía:

Desde las 20 horas del pasado jueves, 28 de febrero, al retirarse al silencio del estudio, de la reflexión y, sobre todo, de la oración, el que, desde el 19 de abril de 2005, había sido obispo de Roma, Vicario de Cristo y pastor de la Iglesia universal, Su Santidad Benedicto XVI, la sede y oficio de sucesor de Pedro ha quedado vacante. Es una hora para la Iglesia extendida por todo el orbe verdaderamente excepcional. Lo sucedido resulta difícil, por no decir imposible de comprender en todo lo que significa para el presente y el futuro de la Iglesia e, incluso, de toda la familia humana, para aquel que lo considere con puntos de vista meramente humanos, o con los criterios propios del mundo. La Iglesia no es el resultado o producto de iniciativas humanas, ni se sostiene ni apoya en el poder del hombre; tampoco en su capacidad organizativa y ni siquiera en los sistemas jurídicos que pudiera diseñar según su propio arbitrio. No, el mundo interior en el que vive y del que vive la Iglesia, incluso su estructura externa –la Palabra, los sacramentos y el ministerio apostólico– proceden del Señor Jesucristo, su Cabeza y Pastor invisible: ¡su divino Fundador! En su presencia indefectible, se fundamenta y descansa; y del Espíritu Santo, por Él enviado, alimenta ininterrumpidamente su vida. La barca de Pedro –expresión tan querida y usual en los Padres y en la tradición doctrinal y espiritual de la Iglesia– puede atravesar por tormentas y por aparentes soledades como las que hayamos podido experimentar estos días de una cierta orfandad pastoral; pero el Señor, su invisible timonel, se encuentra en ella vigilando y asegurando que su travesía nos conduzca al buen puerto de un nuevo y fecundo capítulo de su historia divino-humana más que milenaria; un capítulo, en el que brillará, con creciente intensidad, el esplendor de la verdad de Jesucristo, el Salvador del hombre: ¡el capítulo de la nueva evangelización! La luz de su Evangelio, que disipa todas nuestras oscuridades e incertidumbres personales y colectivas, nos infundirá, al mirar al futuro de nuestros hijos, la clarividencia de la fe, la fuerza de la esperanza y el ardor del amor auténtico que tanto necesitamos para afrontar victoriosamente el reto de la crisis histórica ante la que nos encontramos. Crisis de verdadera y fraterna Humanidad: ¡crisis del hombre que dio la espalda a Dios!

Esta verdad del origen y del rostro divino de la Iglesia nos la recordaba Benedicto XVI, con emoción, al finalizar sus palabras en la audiencia general del pasado 27 de febrero. Nos decía: «Queridos amigos, Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles. No perdamos nunca esta visión de fe, que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo. Que en nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, esté siempre la gozosa certeza de que el Señor está a nuestro lado, no nos abandona, está cerca de nosotros y nos cubre con su amor». Así es. La sucesión de Pedro permanece viva e inalterable en el obispo de Roma, que preside el Colegio de los obispos, sucesores de los apóstoles, unidos y obedientes a él, en la unidad de la doctrina de la fe y en el servicio pastoral a la comunión de los hermanos y de las hermanas en el Cuerpo del Señor. En ese misterio de Comunión encuentran su santificación y salvación y el impulso y el mandato de la caridad que los hace servidores y testigos de la verdad. El ministerio de los sucesores de los apóstoles es, en expresión de san Agustín, un officium amoris que encuentra en el Sumo Pontífice su máxima expresión y la garantía indefectible de su autenticidad.

Benedicto XVI ha ejercido ese officium amoris hasta el límite de sus fuerzas. No ha renunciado a él por debilidad, o buscando su propio bien, sino el bien común de la Iglesia. «Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo», nos confesaba, el pasado miércoles, en la Plaza de San Pedro. Y añadía: «No abandono la Cruz, sino que permanezco de manera nueva junto al Señor crucificado». Y, ciertamente, junto a Él, vivió sus ocho años de entrega a todos dentro y fuera de la comunidad eclesial: ¡una entrega incansable, sencilla, desprendida, luminosa, la propia de su Vicario en la tierra! Sí, un Vicario del Crucificado que nunca dejó de presentarlo en su ministerio y en sus tantas veces heroico quehacer pastoral como el Resucitado, en el que ha triunfado para el mundo la verdad del Dios que es Amor.

Sed fieles a la verdad

¡Gracias de corazón, querido Santo Padre Benedicto XVI, por haber sido pastor y maestro de la salvación en Cristo, con una limpia y clara transparencia de pensamiento y de vida, con una jugosa fidelidad a la tradición viva de la Iglesia en continuidad creativa con sus predecesores más recientes –Pablo VI y Juan Pablo II–, y con una tal cercanía a nosotros, los hijos de la Iglesia y de la Humanidad, en esta hora tan crítica material y espiritualmente como es la actual, en las primeras décadas de un siglo y una época calificada de postmoderna. No podemos por menos de deciros: ¡gracias, Santo Padre!; ¡gracias, Benedicto XVI! Nos sale del alma. La entereza y la ternura con la que habéis ejercido con nosotros –con la Iglesia y el mundo– el officium amoris del sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra, nos conmueven hondamente. Estad seguro de que nuestra oración de hijos e hijas, de hermanos y hermanas, os acompañará siempre. Nosotros, los hijos e hijas de la Iglesia en Madrid, somos de aquellas muchas personas, a las que citabais en vuestra alocución del miércoles último, que aman al Señor, aman también al sucesor de Pedro y le tienen un gran cariño. Vuestro amor, por vuestra parte, a estos hijos de la Iglesia en España y en Madrid, su capital, lo habéis demostrado con creces en los constantes desvelos pastorales por nosotros, bien patentes en vuestros viajes a Valencia, Santiago de Compostela, Barcelona y, muy especialmente, en la Jornada Mundial de la Juventud de agosto de 2011 en Madrid. ¡Inolvidable! De verdadera cascada de luz, la calificasteis Vos mismo. Una bellísima expresión de verdadera evangelización nueva y joven, contagiosa por su alegría desbordante y por la luz y la fuerza de la nueva Humanidad que se mostraba con fascinante convicción en la incontable multitud de jóvenes que se reunieron escuchando y siguiendo al sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI. ¡Gracias de corazón, Santidad, por habernos ayudado a enraizar y edificar más hondamente en Cristo la vida de nuestros jóvenes, nuestra propia vida! ¡Gracias, por habernos fortalecido en la firmeza de la fe católica que ha iluminado y confortado a nuestros mayores en la rica y caudalosa trayectoria de nuestra historia bimilenaria! Historia cristiana en la que nunca se ha perdido la esperanza. Sí, Benedicto XVI nos ha enseñado a ser fieles a la verdad de la fe en el Dios de nuestros padres.

Benedicto XVI se ha despedido ya. La nostalgia, flor de un amor filial no disimulado, debe dejar paso a prestar oídos agradecidos a lo que podría ser como su último mensaje y exhortación para el futuro de la Iglesia, y que no deberíamos olvidar, en los próximos años, si queremos ser fieles al mandato de la nueva evangelización: «Trabajar –les decía a los párrocos y al clero de Roma– para que el verdadero Concilio, con la fuerza del Espíritu Santo, se realice y la Iglesia se renueve realmente». Un discurso en el que, 50 años después del inicio del Concilio Vaticano II, les ofrecía, en una larga y detenida mirada retrospectiva, profundamente esclarecedora de este período tan apasionante de la historia de la Iglesia, un balance teológico y pastoral de lo sucedido: «Estaba el Concilio de los padres –el verdadero Concilio–, pero estaba también el Concilio de los medios de comunicación… Y mientras el Concilio de los padres se realizaba dentro de la fe…, el Concilio de los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe… Era una hermenéutica política… Sabemos en qué medida este Concilio de los medios de comunicación fue accesible a todos…, y el verdadero Concilio ha tenido dificultad para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real». El mensaje y la exhortación últimos del Papa para el Año de la fe en el actual contexto histórico no admitían ni admiten dudas de interpretación y traducción pastorales; sí, que el verdadero Concilio aparezca con toda su fuerza espiritual, mientras el Concilio virtual se rompe y se pierde.

Han comenzado ya los días de la plegaria fervorosa y perseverante de toda la Iglesia por el nuevo sucesor de Pedro: ¡el nuevo pastor, que el Señor quiera regalarnos! Que sea elegido un Papa según su Corazón: ¡a la medida del Corazón de Cristo! Un Papa dispuesto a ejercer el officium amoris con la entrega del Crucificado y con la alegría del Resucitado. Así sea.