Llegué hace 23 años a Honduras. Antes, para mí, era un país bien desconocido. En Primaria habíamos estudiado en la escuela las capitales de los países, y aprendí lo de «Honduras, capital Tegucigalpa». Nunca pensé que pasaría años tan hermosos de mi vida aquí.

El país no tiene muy buena prensa; siempre aparece en la lista de las malas noticias: corrupción, asesinatos, desastres naturales, pobreza… Una idea bien distinta de la realidad que se vive en el día a día de uno de los sectores de la parroquia Beata Teresa de Calcuta, donde vivo.

Intentamos, principalmente, vivir la fe. Buscamos apoyar lo mejor que hay dentro de todos, de los jóvenes de Honduras y de otros países, y de algunos no tan jóvenes ya: tienen deseos de ayudar, de un mundo mejor, de crear fraternidad… tienen deseos de vivir. Comenzamos a trabajar con unos niños de Primaria, de diez a doce años. Actualmente, más de nueve mil estudiantes se benefician de los proyectos que realizamos: escuelas, guarderías, casas para jóvenes rurales, centros de prevención…

Uno de los proyectos más esperanzadores es el de la escuela Santa Clara y sus anexos, Santa Teresa y Virgen de Suyapa. Todos nacidos por la iniciativa de la gente, apoyados por cientos de personas amigas y este año también por el Gobierno de Honduras. Más de 4.000 estudiantes, elegidos por los maestros cada año entre las familias más necesitadas, reciben la mejor educación que podemos ofrecerles, totalmente gratuita: clases, cuadernos, tres comidas –desayuno, merienda y almuerzo–, ropa escolar, zapatos, etc. Este año hemos comenzado Bachillerato, con lo que podremos dejar a los alumnos a las puertas de los estudios superiores. Es una gran alegría.

Una sencilla red de amigos y colaboradores hacen posible que la vida y la esperanza crezca entre nosotros. La fuerza escondida del Evangelio, la de Jesús, es siempre capaz de seguir creando y generando vida.

Patricio Larrosa
Misionero en Honduras