Homilía completa del cardenal Cobo en la Eucaristía por el 60 aniversario del Camino Neocatecumenal

Homilía completa del cardenal Cobo en la Eucaristía por el 60 aniversario del Camino Neocatecumenal

«En esta Iglesia disteis los primeros pasos humildes y pobres en el barrio de Palomeras en Vallecas, como la semilla del Evangelio, acompañados por la Iglesia siempre Madre y Maestra», ha afirmado el cardenal Cobo durante la celebración de los 60 años de este itinerario de iniciación cristiana

María Martínez López
Un momento de la homilía del cardenal Cobo.
Un momento de la homilía del cardenal Cobo.

Hace 60 años, entre las chabolas de Palomeras Altas, nació una experiencia que quiso anunciar que Jesucristo sigue saliendo al encuentro de cada persona, especialmente de quien se siente olvidado. No es casualidad que surgiera allí: Dios suele sembrar sus obras más fecundas en los lugares que el mundo apenas mira, y con personas concretas como Kiko, Carmen y tantos otros que han llegado después.

Aquella semilla, al filo del concilio, fue acogida y discernida por la Iglesia de Madrid, gracias a la mirada de Casimiro Morcillo, que reconoció en ella una llamada del Espíritu para la evangelización de toda la Iglesia. Sesenta años después, damos gracias por la fidelidad de Dios, que sigue suscitando caminos nuevos para anunciar el Evangelio y llama a la Iglesia a afrontar los desafíos de cada época desde la Palabra de Dios, la vida litúrgica y la comunidad.

1.- Esta fiesta la celebramos en la solemnidad de la Santísima Trinidad; es la solemnidad que nos habla de mismo Dios: el misterio de tres Personas que viven en comunión de amor y que es el centro de nuestra fe.

 La fe en este misterio nos lleva a darnos cuenta que es el mismo Dios quien ha entrado en comunión con nosotros. Porque hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios trino, comunión de amor. En definitiva Llevamos en nuestro ADN la vocación para la fraternidad, para la convivencia y la relación interpersonal, la comunión.

2.- El misterio de la Trinidad se enraíza en la forma de ser de la Iglesia

Por eso la Iglesia solo se comprende de verdad cuando miramos su origen: nace del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No es simplemente una organización ni una suma de personas; es comunión. Una comunión que hunde sus raíces en la Trinidad y que se expresa en la riqueza de vocaciones, carismas y ministerios que el Espíritu suscita para el bien de todos.

Somos un pueblo peregrino que camina unido, aprendiendo a vivir la diversidad como un don. Cada comunidad cristiana está llamada a reflejar esa unidad que tiene su fuente en Dios, en comunión también con quienes nos han precedido en la fe y participan ya de la plenitud del Reino.

Del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo brota nuestra identidad como Pueblo de Dios. Así lo habéis vivido a apostar por la revitalización del camino bautismal y la importancia del laicado.

Allí Cristo nos reviste de sí mismo(cf. Gal 3,27), nos hace hijos de Dios por el Espíritu , de donde nace la Iglesia (cf. Sínodo, Documento Final, 15).

Como recordó el Concilio, Dios quiso santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sino constituyendo un pueblo que participara de la comunión trinitaria. (LG 9)

Por eso la comunión de la Iglesia no se vive de manera abstracta. Toma cuerpo en una realidad concreta: la diócesis, que es una porción del Pueblo de Dios confiada a cada obispo y que forma parte de la única Iglesia de Cristo. (SC 26).[1] Una Iglesia diocesana a la que estais llamados a edificar y colaborar cordialmente.

Hoy así lo renovamos, porque es ahí donde la fe se hace comunidad, misión y servicio. Con este camino emprendido necesitamos seguir dando pasos nuevos y creativos de integración en la pastoral diocesana desde cada una de las comunidades, presencias y parroquias.

 3.-El contemplar, en este aniversario, el misterio de la Trinidad sugiere una llamada continua a renovar y examinar nuestras actitudes y modos de proceder respecto a la comunión eclesial en la marcha diaria de la vida de vuestras comunidades en esta Iglesia local, como os recordaba el Santo Padre recientemente (19.01.2026).

Es una llamada a vivir vuestra propia espiritualidad, vuestro carisma como don del Espíritu lejos de todo encerramiento, como constructores y testigos de la comunión, reflejo de la Trinidad en la comunión del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Una comunión que no es homologación ni desaparición de las diferencias, pero que evita toda división, enfrentamiento u oposición a lo diverso; recordar siempre que la variedad de carismas, que tiene su origen en la libertad del Espíritu Santo, tiene como finalidad la unidad del cuerpo eclesial; no son propiedad exclusiva de quienes los reciben y ejercen, sino que están regalados para “el bien común” (1 Cor 12,7) de todo el cuerpo de la Iglesia. (cf. Sínodo, Documento Final, 57)

Los carismas fructifican y enriquecen al Pueblo de Dios cuando están “en comunión con los demás dones presentes en la vida de la Iglesia.” (León XIV, 19/01/2026)

El Sínodo ha enseñado que el caminar juntos en la diversidad de carismas y ministerios es un signo eficaz de la presencia del amor y la misericordia de Dios Padre en Cristo. (cf. Sínodo, Documento final, 120)

4.- Los textos que hoy nos propone la liturgia son, una vez más, llamadas del Señor para nuestro presente. Nos invitan a mirar al futuro con esperanza y a seguir caminando juntos en una Iglesia sinodal y misionera, que se hace concreta en cada Iglesia diocesana.

El libro del Éxodo nos revela el nombre más profundo de Dios: compasivo y misericordioso (Ex 34,5). Jesús, caminando con la humanidad, nos enseña el rostro de esa misericordia al revelarnos a Dios como Padre, un amor que busca, perdona y levanta siempre. Por eso todos nosotros hemos experimentado esa misericordia que nos enseña a vivir no desde el juicio o la superioridad, sino desde la humildad de sabernos pecadores amados y salvados.

El Evangelio nos recuerda que todos vivimos de la gracia recibida. Solo desde esa experiencia podemos construir comunidades verdaderamente evangélicas, donde cada persona sea acogida con la misma paciencia, ternura y compasión con que Dios nos acoge. Frente a la tentación de juzgar a quienes piensan o viven la fe de manera distinta, estamos llamados a recordar que la misericordia es el fundamento de nuestra vida cristiana.

Sabéis muy bien que en el anuncio del Evangelio no puede faltar nunca esta dimensión de la misericordia, como corazón y centro de la predicación, que llena el corazón de sentimientos de libertad interior y esperanza. Esto es todo un camino también personal.

Dios nos abraza en Cristo, y nos pide respetar exquisitamente el camino, la libertad y la conciencia de cada persona. En verdad sabemos , con San Pablo, que “allí donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Cor 3,17).

Esa santa libertad nos recuerda, con el Concilio Vaticano II, que la conciencia “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre en el que está solo con Dios” (GS 16). Secreto. Sagrario. Solo con Dios.

Nadie tiene derecho a suplir la conciencia de nadie, ni a impostar la voz de Dios con la suya propia.

Hoy tenemos una sensibilidad especial que nos obliga a ser muy cuidadosos en estos extremos, respetando siempre la sacralidad de cada conciencia y el camino personal que cada uno debe realizar.

La centralidad de la misericordia hace que cada uno de nosotros, al sentirnos esperados y acogidos por el abrazo paterno, nos sentimos dignos, porque el mismo Dios nos devuelve la dignidad de hijos suyos, hacemos fiesta con Él y nos dejamos regalar el anillo de la familia de los hijos de Dios, como el que recibe el hijo pródigo.

 Se trata de una misericordia que en Jesús abarca también todo sufrimiento y toda desgracia humana; se hace búsqueda, acogida, consuelo para los que no tienen esperanza: “venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.” (Mt 11,28) Su misericordia acoge a la persona en su totalidad. Y nos enseña a mirar compasivos allí donde hay dolor y angustia, sin sentido y búsqueda; nos enseña quién es nuestro “prójimo” para ofrecerle acogida, escucha, cuidado.

Esto es central, porque también estas actitudes y estas actuaciones son anuncio de Jesús, que se definió por sus obras de caridad, cuando le preguntaron quién era: decidle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los leprosos quedan limpios, los pobres son evangelizados… (cf. Lc 7,18-23).

5.- La Iglesia de Madrid y su obispo quiere agradecer al Camino Neocatecumenal su caminar evangelizador, en estos 60 años, en tantos ambientes de esta ciudad.

En esta Iglesia disteis los primeros pasos humildes y pobres en el barrio de Palomeras en Vallecas, como la semilla del Evangelio, acompañados por la Iglesia siempre Madre y Maestra, siempre cercana para animar y a veces corregir.

 Damos gracias a Dios con vosotros, de modo particular por la evangelización de las familias y a cuantos os habéis dejado tocar por el anuncio de la belleza del Evangelio.

Gracias por este camino donde habéis compartido con generosidad la misión de esta Iglesia que peregrina en Madrid. No han faltado los gestos de santidad entre vosotros y nos alegramos de haber dado inicio, en nuestra diócesis, a la causa de canonización de Carmen.

6.- En la víspera de la visita del Papa, la Palabra de Dios nos anima a acoger la invitación a «alzar la mirada» en el anuncio del amor de Dios al mundo: Dios ha enviado a su Hijo al mundo, no para juzgarlo sino para salvarlo, (cf. Jn 3,17) como acabamos de escuchar en el Evangelio.

Arropados por toda la Iglesia, es momento de “Alzad la mirada”, Duc in altum, (Lc 5,4) sin miedo a abandonar la orilla segura, donde nos encontramos reconocidos y aplaudidos.

El católico no debe tener miedo al mar abierto, no debe buscar refugio en puertos seguros,” como decía el Papa Francisco (a La Civiltà Cattolica, (9/02/2017) y ha repetido el Papa León. (a la Facultad Teológica de Apulia, 2/03/ 2026)

El discípulo misionero se arriesga a llevar la barca a la profundidad del mar, incluso puede experimentar el fracaso de bregar toda la noche sin coger nada; porque el envío, la misión, comporta anunciar a Jesús, pero no el quedarnos satisfechos por la abundancia de la pesca.

Nuestro premio no son las respuestas numerosas; la eficacia del Reino no imita la eficacia empresarial de las “cuentas de resultados.” Nuestra paga es haber sido elegidos y enviados por el Señor.

Por eso, no tengáis dificultad en entrar en diálogo con nuestra sociedad en sus realidades más complejas, de las que no siempre se espera un fruto de conversión; porque el anuncio pretende que se conozca a Jesús y su Evangelio, pero respetando la respuesta y el camino en libertad que cada uno elige para concretar esa respuesta.

Emplear tiempo en la escucha paciente de quien duda, en la acogida de quien ha perdido la esperanza y solo busca afecto y comprensión.

Alzad la mirada y acoger la llamada que hace toda la Iglesia para acoger el Sínodo y construir una Iglesia más capaz de alimentar relaciones con el Señor, entre hombres y mujeres, en las familias, en las comunidades, entre todos los cristianos, en los grupos sociales, convencidos de que esta tarea es decisiva para el testimonio que el Pueblo de Dios está llamado a dar en la historia. (cf. Documentos final, 50)

Jesús no despide a nadie, sino que se detiene, acoge y escucha a cada persona allí donde está su historia y su libertad (cf. ibidem, 51).

60 años después de aquella pequeña semilla, la Iglesia de Madrid da gracias a Dios con vosotros y os anima a seguir anunciando, con humildad y alegría, que Cristo ha resucitado, que Dios ama a cada persona y que juntos renovaremos los caminos y retos que este Dios Trinidad, nos presenta.