Hay muchos Mateos con una llamada profunda y viva
La archidiócesis quiere ofrecer su apoyo y cuidado desde una delegación que sea casa para los que busquen dar razón de su esperanza
Mateo tiene 27 años. Responde a un perfil muy reconocible entre nosotros de una familia humilde cuya riqueza fue el testimonio en la austeridad, el esfuerzo y los valores de sus mayores. Creció en un ambiente cristiano. Quizá en exceso de tradición, pero tampoco hubo nunca excesivo tiempo para el ocio o el cultivo de dimensiones más importantes como la inserción más activa en una comunidad cristiana.
Quizá el ambiente más plural de la universidad, alcanzada con no poco esfuerzo. Seguramente el influjo del giro de nuestra sociedad hacia concepciones más materialistas y secularizadas. Pasó a engrosar el grupo de los llamados «no practicantes».
Comenzaron años de intensidad, de descubrimientos, de muchos aciertos y también de algunos errores. Una vida de trabajo, hipotecas, ocio, familia y redes sociales. Ni siquiera una vida a la deriva. Solo convencional.
Los años fueron reflejando el desgaste de proyectos de amistad, de pareja, que hizo más lejana la felicidad prometida. Tampoco el trabajo fue capaz de satisfacer más allá de las necesidades financieras. Vivida la efímera etapa de las grandezas, incluso de los ascensos. Reconocido el peligro de un sistema que busca nuestra hiperproductividad, se instauró una cotidianidad que derivó en rutina y fue abriendo un espacio de sequedad.
Tampoco sabría señalar la razón. Sí, en esta ocasión, una fecha. Con la distancia, la lectura es de providencia. A través de unos amigos, una invitación a un fin de semana. Con el sosiego necesario, fue posible distinguir lo emotivo del poso que remite a Dios y que parece recolocar la brújula interior.
Describe esta etapa como de búsqueda. De lecturas, de referencias, de grupos y oraciones. Y el desafío de integrar estas nuevas coordenadas en una vida que no debía ser abandonada. Resonaron con especial fuerza las palabras que sintió dirigidas a él en el Jubileo de los Jóvenes: «Ustedes, con la ayuda del Espíritu Santo, pueden convertirse en misioneros de Cristo en el mundo». En una sencilla expresión quedaban recogidas y ordenadas las inquietudes de meses previos.
Su regreso a casa fue tan entusiasta como difícil. Su primer intento, en su parroquia. La conocía ya más por fuera que por dentro. Los años no habían pasado solo para él, sino para su comunidad, más mayor de lo que recordaba. También para los presbíteros, los mismos que le habían dado la comunión hace tanto. Desgastados en una vida de entrega no terminaban de comprender su propuesta de formar grupos de jóvenes, de ofrecer oportunidades a través del instituto o de la asociación del barrio. Su segundo intento, en otra cercana, fue algo más fructífero. La comunidad no era muy distintas a la suya, pero sí la edad del presbítero —aunque, por esta misma razón, atendiendo seguramente más de lo que se pueda pedir a una persona—. Le han concedido espacio e incluso confianza.
Ahora la pregunta es otra: ¿con quién más llevar a cabo esta tarea? ¿Con qué estrategias pastorales? ¿Con qué conocimientos, que asumo que le faltan por falta de tiempo y oportunidad, desde luego no por interés? Hay muchos Mateos que sienten en su interior una llamada profunda y viva. Tantos que la archidiócesis quiere ofrecer su apoyo, cercanía y cuidado desde una delegación que sea casa para los movimientos, los bautizados y todos aquellos que busquen dar razón de su esperanza.