«Hasta el final de los tiempos»

Daniel A. Escobar Portillo
‘La Ascensión del Señor’. Escena realizada en cerámica por Palmira Laguéns, con dibujos de José Alzuet. Santuario de Torreciudad. Foto: Santuario de Torreciudad

El breve pasaje del Evangelio que la liturgia nos propone para la solemnidad de la Ascensión del Señor coincide con el final del Evangelio de san Mateo; una conclusión que no supone una despedida, sino una recapitulación del Evangelio, de la vida del Señor, de la misión de los discípulos, al mismo tiempo que una llamada a la esperanza. Los pocos versículos de este domingo no se refieren de modo explícito a la visión de Jesús elevándose al cielo, que la primera lectura –de los Hechos de los Apóstoles– sí incorpora, completando en cierto modo la escena de la Ascensión.

La referencia a Galilea

El texto evangélico contiene dos alusiones geográficas. La primera de ellas se refiere a Galilea. Tanto para los cristianos de las primeras generaciones como para nosotros, la referencia a este territorio, situado en la zona más septentrional de Israel, evoca los grandes episodios de la vida pública de Jesús. A pesar de que los acontecimientos más determinantes del paso del Señor, su Muerte y Resurrección, sucederán en Jerusalén, en la región de Judea, será en las aldeas galileas que circundan el lago de Tiberíades donde Jesús crecerá, llamará a los discípulos, enseñará a sus discípulos y realizará la mayor parte de sus milagros o signos, poniendo de manifiesto que el Reino de los Cielos ha llegado a nosotros y que la esperanza anunciada durante siglos por los profetas llega ahora a plenitud (Cf. Hb 1, 1). La segunda referencia geográfica se centra en «el monte que Jesús les había indicado». Es precisamente el evangelista que estamos leyendo quien agrupa el núcleo de las enseñanzas del Señor en un monte, plasmando por escrito lo que conocemos como el sermón de la montaña. Sin embargo, no podemos pasar por alto que para el judío el monte era el lugar de la manifestación y de la presencia de Dios. Sabemos que en la tradición judía ocupaba un sitio preferente el monte Sion, en Jerusalén. Pero a lo largo de las Escrituras encontramos otros enclaves elevados donde Dios se manifiesta de modo especial con su poder y su gloria. Así pues, Galilea y ese monte significan, entre otras cosas, que a través de la vida, la misión y las palabras de Jesucristo el Padre se ha manifestado plenamente a los hombres en unas circunstancias espacio-temporales determinadas. Además, la referencia local de Mateo constituye no solo una síntesis del ministerio de Jesús, sino la constatación de que la misión visible del Salvador ha sido llevada a término del mismo modo que comenzó: mediante la dinámica de la Encarnación, que condensa la cercanía de un Dios que se ha aproximado al hombre hasta sus circunstancias más cotidianas.

«Todo poder en el cielo y en la tierra»

Tras las alusiones geográficas, Mateo entra sin más en el núcleo teológico del acontecimiento que relata. En solo dos líneas expone el significado de lo que ha ocurrido: tras la humillación en la cruz, Jesús es constituido como Señor y exaltado en la gloria. En apenas dos líneas el Evangelio se refiere a esta realidad fundamental para nuestra fe, indicando que los discípulos «al verlo, se postraron». Seguidamente, el mismo Jesús afirma: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». La postración del hombre y el poder del Señor indican que la Ascensión no es más que una manifestación singular de que Jesús ha vencido definitivamente a la muerte y ha sido glorificado para siempre.

Una misión y una esperanza

Si Galilea significa también el lugar del comienzo de la misión, este encuentro de Jesús con los discípulos indicará que ahora va a comenzar también algo nuevo, pero continuando al mismo tiempo la obra realizada por el Maestro. Del mismo modo que ellos fueron elegidos por el Señor, también ellos ahora reciben la misión de proseguir el anuncio del Reino de Dios, pero sin límite de tiempo («hasta el final de los tiempos») ni de lugar («haced discípulos a todos los pueblos»). La consoladora frase «yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» ha supuesto a lo largo de toda la historia de la Iglesia un hálito de esperanza: vivimos seguros de que el Señor nos acompaña y retornará tarde o temprano. Por otra parte, la glorificación recibida por Jesucristo es un anticipo de nuestra propia gloria. La historia del pueblo de Israel, de la Iglesia y de cada cristiano se resume bien en la imagen de un camino, de un éxodo hacia la patria celestial. En suma, el Evangelio de este domingo nos da dos noticias: la primera es que esa entrada al cielo ha sido cumplida ya por Jesucristo: la segunda, que quien es hecho discípulo del Maestro y bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo está orientado a entrar con Cristo en la patria celeste.

Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid


Evangelio

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Mateo 28, 16-20