Hace oír a los sordos y hablar a los mudos - Alfa y Omega

Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

Viernes de la 5ª semana del tiempo ordinario / Marcos 7, 24-30

Carlos Pérez Laporta
Cristo curando al sordomudo. Hans Schäufelein. Metropolitan Museum of Art, Nueva York
Cristo curando al sordomudo. Hans Schäufelein. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Evangelio: Marcos 7, 31 37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.

El, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:

«Effetá», (esto es: «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

Y en el colmo del asombro decían:

«Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Comentario

Después de hacer el milagro Jesús «les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos». Jesús tenía muchos motivos para pedirles aquella discreción. Pero uno de esos motivos era que pudieran interiorizar lo que sus ojos veían. Porque incluso «en el colmo del asombro»,  y después de haber admitido que Jesús «todo lo ha hecho bien» porque «hace oír a los sordos y hablar a los mudos» es posible olvidarlo. Los hechos más contundentes de Dios pueden quedar atrás en el tiempo hasta perder toda su vigencia en nosotros.

«Effetá». Esa misma palabra la dijo Jesús en nuestro bautizo para que se abriera nuestro oído y se soltara nuestra lengua, para que a nuestro debido tiempo pudiéramos escuchar a Dios y dirigirnos a Él. Pero en nada puede haber quedado aquel milagro, tan arrinconado en el pasado, que ya casi no sea verdad.

Si no nos dejamos hacer por aquel suceso, de nada serviría ninguna palabra de Dios. Si no nos dejamos transformar en el secreto silencio de nuestro interior día a día, de nada sirven todos los milagros y palabras de Jesús. Como dijo Sta. Angela da Foligno: «aunque todos los sabios del mundo y todos los santos del paraíso me agobiaran con sus consuelos y promesas, y el mismo Dios lo hiciera con sus dones, si no me transformara a mí misma y no iniciara en el fondo de mí misma una nueva operación, en lugar de hacerme bien, los sabios, los santos y Dios mismo exasperarían, más allá de lo expresable, mi desesperación, mi furor, mi tristeza, mi sufrimiento y mi ceguera».