Hablemos de democracia - Alfa y Omega

El consenso constitucional del 78 no está agotado, pero necesita ser revitalizado. Desgraciadamente nos hemos acostumbrado a vivir en democracia sin tomar conciencia de que un sistema político que, lejos de hacer desaparecer los problemas, está hecho para que estos puedan ser resueltos desde opciones distintas y a plena luz del día, necesita un cuidado especial. Y la democracia española no goza, precisamente, de buena salud. No solo porque la situación excepcional en la que vivimos ha permitido a los ejecutivos nacional y autonómicos acudir a procedimientos extraordinarios, sino sobre todo porque los españoles no se están tomando verdaderamente en serio lo que significa gozar de un sistema político democrático. 

No parece que los españoles sean muy conscientes de que la fortaleza de las democracias depende de una sociedad democrática que las sostenga, del respeto que esa sociedad dispense a las instituciones democráticas y de una cultura política basada en el más escrupuloso respeto al pluralismo de las ideas y las mediaciones políticas. El empobrecimiento progresivo de la ciudadanía, las crecientes desigualdades socioeconómicas, la exclusión social y el desempleo son un pésimo caldo de cultivo. Si a eso sumamos la banalización de los procedimientos democráticos de toma de decisiones y la concepción de las instituciones políticas como patrimonio de las mayorías electorales, complicamos todavía más las cosas. Pero si, además de todo eso, cultivamos la exclusión haciendo de la política un juego de suma cero en el que unos ganan todo lo que otros pierden, entonces ya vamos abocados al desastre. 

Antes de que sea demasiado tarde habrá que cortar el nudo de esta espiral de desprecios y desafectos en la que estamos entrando. Echar a la otra mitad es lo propio de los dogmáticos, ya sean de derechas o de izquierdas. La democracia no la construyen ni la sostienen los dogmáticos, sino los conciliadores. Ellos hicieron posible el consenso del 78 y nos convendría recuperar su memoria para aprender a actuar con la misma templanza y mesura que hizo posible la ardua tarea de la reconciliación.