«Nunca hemos necesitado tanto como ahora escuchar los testimonios de las personas que han sufrido el zarpazo del terrorismo», escribe la ex Presidenta del PP en el País Vasco, María San Gil, en el prólogo a Cuando la maldad golpea. Frente a la tentación de hacer tabla rasa con la Historia y premiar a los asesinos a cambio de no utilizar más sus pistolas, la Fundación Villacisneros y la Asociación Víctimas del Terrorismo han recogido, en Cuando la maldad golpea (ed. Lunwerg), 12 Testimonios de superación personal de víctimas

Llegué a mi bloque y en el portal…, qué raro, qué de gente, cuando descubrí que toda esa gente venía de mi casa… Entré y me encontré a mi madre en el pasillo, rodeada de medio vecindario, me miró como horrorizada, pero no me dijo nada; unas vecinas me llevaron a mi cuarto y me dijeron: «Tu padre ha muerto y tu madre aún no lo sabe, se lo van a decir ahora…» Creo que ni siquiera me inmuté…, y siguieron contando: «También han matado al padre de Juanjo, al de María, al de Javi, al de Fidel y a dos más…» Entonces, me pareció como si me clavaran algo en el corazón, apoyé la espalda contra la pared hasta sentarme en el suelo, me dijeron aquello, así, de esa manera, y se fueron… ¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer yo?

Portada del libro

Nunca volví a tener un hogar, un verdadero hogar, anduvimos de acá para allá, me sentía como si me hubieran arrancado una parte de mi vida, ya no pertenecía a nadie, no tenía familia, no había nada, y en lugar de luchar por salir adelante me retraía cada vez más, me hacía cada día más pequeña y no sabía cómo poner remedio a ello, vinieron muchas noches de pesadillas, de miedo atroz, de rabia, de ira, de impotencia, me era difícil entender la indiferencia del resto, y no era capaz de canalizar mi tristeza, no le interesábamos a nadie… La familia no estaba…, se había hecho pedazos, cada una intentaba sobrevivir a su manera, y descargábamos la ira entre nosotras… Hace cuatro años empecé a ser consciente de que tenía que vivir, no como hasta ahora, dejándome llevar; tenía que tomar decisiones, aunque me costara un horror decidir, tenía que tomar las riendas de mi vida, había pasado demasiados años aletargada y yo no quería seguir así, dejando que la vida pase sin más, sin hacer nada ni por mí ni por nadie. Y empecé a encontrar una lucecita al final del túnel. Una de las cosas que más me ha ayudado siempre ha sido la fe; en lugar de perderla, se ha acrecentado… Otro de mis logros fue reencontrarme con la AVT… Y, aunque el camino sea largo y duro, voy poco a poco recuperando la sonrisa y las ganas de vivir.

Lidia Carretero


Era y es incómodo, impopular diría yo, pronunciar el hecho de que has sido víctima del horror, de la sinrazón absoluta en un país que se vanagloria de ser un Estado democrático con transición ejemplar, que mira al futuro y que quiere subirse al carro de la prosperidad. «¡Somos los más modernos!» (…)

Hace sólo unos días, una buena amiga que conocí hará unos tres años me preguntó por qué colaboraba con la ATV… Distraigo la pregunta; insiste:

-¿Por qué colaboras con esta gente, que es tan… tan rara?

-Rara, ¿por qué?

-No sé, gente tan de derechas, tan fachas…, llenos de ira. Siempre enfadados.

-¿Tú me sientes así?

-No te entiendo.

-Yo soy huérfana de víctima del terrorismo.

-¡Ah!

Asunción Luna


Y llega ese maravilloso día en que, después de mucho tiempo, disfrutas de una cerveza, de un café; ese día en el que te descubres contemplando un paisaje y te sientes llena; ese día en el que vuelves a reír con todas tus ganas y no te sientes culpable por ser capaz de reír… ¡Es increíble!

Al mismo tiempo, vas aprendiendo a situar en ti tu vida anterior. Sin duda, es un gran paso admitir lo que eres, cuál es tu situación; y, por supuesto, si hay algo que me ha ayudado a avanzar es haberme encontrado con personas que han vivido lo mismo que yo… Todos necesitamos de todos, si el empeño de unos cuantos desalmados por hacer el mal se convirtiera en la necesidad de hacer el bien, ¡cuánto ganaría la raza humana!; y, si sólo la mitad del esfuerzo que cada uno pone en provocar dolor al prójimo se transformara en una sonrisa, seríamos capaces de brillar con luz propia.

Mª Carmen Teba

[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»¡Qué mal lo estamos haciendo!»]

No podría publicarse este libro en un mejor momento. Nunca hemos necesitado tanto como ahora escuchar los testimonios de las personas que han sufrido el zarpazo del terrorismo. Existe una corriente, que se extiende como una plaga, que aboga por poner el contador a cero, por olvidarnos de que ha habido víctimas y verdugos, y por tergiversar la Historia para que no haya vencedores y vencidos. Nada más perverso que querer contar una Historia que no ha sido, una Historia que contente a los verdugos con la falsa esperanza de que dejen de serlo y nos dejen en paz.

Desde el 27 de junio de 1960 hasta el 16 de marzo del 2010, día en el que ETA asesinaba al brigada de la policía francesa Jean-Serge Nérin, padre de cuatro hijos, la banda ha matado a 857 personas, hombres, mujeres, niños, taxistas, periodistas, policías nacionales… Hoy, ETA no está operativa en el ámbito terrorista porque no mata, pero está más activa que nunca en el ámbito político. Si no hubiera tantos muertos, heridos y atemorizados por la banda terrorista, habría que descubrirse ante su envidiable tenacidad a la hora de conseguir sus objetivos… Casi 50 años después, de traumatizar a varias generaciones, están más cerca que nunca de conseguirlos. Pero hay que ser honestos, porque, aunque gran parte del mérito sea suyo, han contado con la inestimable colaboración de una clase política y una sociedad que no han sido capaces de mantener más allá de unos pocos años la misma tenacidad y perseverancia en conseguir derrotarlos y en recuperar la libertad para el País Vasco. ¡Qué mal lo hemos hecho y qué mal lo estamos haciendo! Sabíamos cómo derrotarlos, cómo conseguir ser una sociedad libre del miedo y del terror, pero nos asustó el esfuerzo, nos faltaron las fuerzas para culminar una tarea que, con enormes dificultades, inició el Gobierno de José María Aznar y que borraron de un plumazo, primero Zapatero y, después, incomprensiblemente, Rajoy. ¿Qué han pactado, qué han negociado? Entiendo perfectamente que las víctimas estén indignadas, lo estamos una gran parte de esta sociedad, indignados, apenados y profundamente decepcionados.

María San Gil (Del Prólogo)

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