Ha nacido una estrella - Alfa y Omega

Ha nacido una estrella

Puede que el título de esta columna suene a película, pero el parecido nada tiene que ver con la realidad. El 24 de diciembre, Nochebuena, daba sus primeros pasos en Madrid una nueva realidad…

María Dolores Gamazo
Foto: Caritas Madrid

Puede que el título de esta columna suene a película, pero el parecido nada tiene que ver con la realidad. El 24 de diciembre, Nochebuena, daba sus primeros pasos en Madrid una nueva realidad: Cáritas Universitaria. Cuando la mayoría de la gente estábamos afanándonos con las cenas, 100 jóvenes universitarios de Madrid se prestaron voluntarios para repartir las comidas que un hostelero, Jorge, había preparado con la ayuda de su familia y amigos.

Una operación en teoría sencilla: se trataba de distribuir por el centro de Madrid 250 cajas con comida caliente a otras tantas personas, indigentes excluidos y auto-excluidos. En la práctica, un poco más compleja. Primero, recoger los paquetes y trasladarse al lugar elegido. Luego, buscar a las personas seleccionadas para entregarles su cena. Eso implica acercarse a ellos, romper su coraza, compartir un tiempo, una sonrisa, unas lágrimas, un abrazo… Y conlleva también compartir con ellos una oración. Y descubrir que es verdad que quien más da, más recibe, porque la generosidad supone una enorme fuente de alegría interior.

María Salgado, una de las voluntarias, cuenta: «Dudo que haya un sentimiento más triste y hondo que la soledad». Algo que descubrió tras escuchar el testimonio de un joven rumano de 18 años que estaba solo y a quien nadie quería. Teresa, estudiante de Fisioterapia, se quedó sorprendida al comprobar cómo «aquel que menos tiene es el que más comparte». Y descubrió la importancia que esta noche y esta celebración tenían para algunos de los que encontraron en la calle. Pero lo que más la impactó fue el testimonio de una mujer que le dio un consejo: «Cuidad la familia, eso es lo más importante». Su vivencia de la calle le había llevado a descubrir el amor desinteresado que se encuentra en la familia. Pablo Serafín, otro voluntario, cuenta que hacer feliz a alguien solo precisa «una sonrisa, un minuto… Un momento de atención. Son regalos simples que solo requieren de la intención».

No puedo pensar en una forma mejor de celebrar el Nacimiento del Niño Dios que compartiendo ese tiempo con la gente excluida. Seguro que esos momentos han dejado una huella imborrable en el corazón de esos jóvenes de la Cáritas Universitaria.

Mª Dolores Gamazo