Graham Greene. La conversión de quien quiere estar allí, aunque no sea capaz - Alfa y Omega

Graham Greene. La conversión de quien quiere estar allí, aunque no sea capaz

Este literato inglés no encontró a Dios al final de un tortuoso camino intelectual o por una insatisfacción ante la sociedad de su tiempo, sino por el amor de una joven escritora

Antonio R. Rubio Plo
Greene es autor de libros como 'El poder y la gloria' o 'El tercer hombre'.
Greene es autor de libros como El poder y la gloria o El tercer hombre. Foto: Libros del Asteroide.

Se cumplen en febrero los 100 años de la admisión de Graham Greene (1904-1991) en la Iglesia católica; pero su historial como católico, bautizado a los 22 años, nada tiene que ver con otros conversos de la Inglaterra contemporánea. Greene no es un Chesterton, un Evelyn Waugh o un C. S. Lewis. El novelista no encontró a Dios al final de un tortuoso camino intelectual o por una insatisfacción ante la sociedad de su tiempo. El motivo de hacerse católico fue algo más corriente, pero no por ello menos sentimental: su amor por una joven escritora, Vivien Dayrell-Browning, secretaria de la editorial Blackwell.

En 1925 Greene escribió un artículo para The Outlook Oxford, un periódico universitario. En él abordaba la influencia del sexo en el cine y en el arte en general, pero, en el fondo, era una denuncia del vacío espiritual en la universidad. Vivien leyó el artículo y le escribió una carta en la que, sobre todo, le hacía una corrección teológica. Greene decía que los católicos adoraban a la Virgen María, pero Vivien aseguraba que el culto era de veneración (hiperdulía). Esta precisión atrajo el interés de Graham por una mujer inteligente y nada superficial. A partir de entonces se inició una nutrida correspondencia que desembocó en noviazgo y posterior matrimonio en octubre de 1927.

Vivien, convertida pocos años antes al catolicismo, dejó muy claro a Greene que nunca se casaría con alguien no católico. La respuesta del escritor fue aceptar instruirse en la religión católica, aunque él mismo confesó en sus memorias, A Sort of Life, que no aceptaría bautizarse si no quedaba completamente convencido. El trato con un sacerdote, George Trollope, le iría haciendo madurar en su decisión. En realidad, no le impresionaban tanto los argumentos doctrinales como las confidencias de la propia vida del sacerdote. No se ajustaba a las caricaturas de los monjes y cardenales que había visto en imágenes de algunas tiendas de Piccadilly, en las que se los representaba atiborrándose de langosta y vino los viernes. Actor secundario en algunos teatros londinenses, Trollope lo había dejado todo por el catolicismo y el sacerdocio, pese a la oposición frontal de su familia. 

Greene aguardaba con impaciencia las charlas semanales entre ambos, donde él solía contraponer las razones de su ateísmo, aunque tampoco faltaban detalles eruditos como la fecha de la composición de los Evangelios o las referencias a Jesús en la obra de Flavio Josefo. Sin embargo, el escritor tendría para adoptar su decisión final la misma lucidez de uno de los personajes de su novela Brighton Rock (1938), Pinkie Brown, al que alguien le dice que solo creía en lo que podían ver sus ojos. La respuesta de Pinkie, jefe de una banda de delincuentes, es la de que esos ojos no veían demasiado.

Con todo, el escritor ocultó a Trollope su verdadero motivo para convertirse al catolicismo. Seguía queriendo casarse con Vivien, aunque la catequesis había aumentado las inquietudes de alguien que, según señaló en sus memorias, creía en Cristo, pero no terminaba de creer en Dios. Aunque su decisión estaba tomada y así lo manifestó en una carta dirigida a su madre. Los anglicanos habían identificado a la Iglesia católica con la gran ramera de Babilonia, vestida de púrpura y escarlata (Ap 17, 4). Con toda ironía, Greene aseguraba en la carta que iba a abrazar a la mujer escarlata.

Llegó por fin el día del Bautismo, que tuvo lugar en la catedral de Nottingham y, según las memorias de Greene, la única testigo fue una mujer que estaba en esos momentos limpiando las sillas. Sin embargo, en la biografía oficial del escritor se asegura que el testigo fue Stewart Wallis, un sacristán. Greene escribió que en esos momentos no experimentó alegría, sino miedo y aprensión. Casi medio siglo después, resaltó la paradoja de que echaba de menos ese sentimiento que le llevaba a un viaje a lo desconocido en el que no quería volver atrás. Por eso, aseguraba que su conversión era intelectual y no emocional, la conversión de quien quiere estar allí, aunque no sea capaz de estar.

El catolicismo de Graham Greene es el de una extraña fidelidad. No se divorció de Vivien a pesar de ser un marido infiel. En medio de una vida irregular se esforzó por asistir a la Misa dominical, pero durante muchos años no frecuentó ni la confesión ni la comunión. Eligió no practicar su fe hasta que hizo amistad con un sacerdote español, Leopoldo Durán, autor de una tesis sobre el papel del sacerdote en sus novelas. Durán, compañero de vacaciones en España, le llevó de nuevo a los sacramentos en los últimos años de su vida. En 1991 su amigo viajó a Suiza para confortarle con la extremaunción y en su funeral leyó un pasaje de Hamlet: «Good night, sweet prince…».