Francisco hace balance del Sínodo

Ricardo Benjumea

«El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas sino proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación del Señor». Son palabras del Papa en su discurso al término de los trabajos sinodales. La experiencia de estas tres semanas, a juicio del Pontífice, «nos ha hecho comprender mejor que los verdaderos defensores de la doctrina no son los que defienden la letra, sino el espíritu; no las ideas, sino al hombre; no las fórmulas, sino la gratuidad del amor de Dios y de su perdón».

Francisco acompañó este pronunciamiento con alusiones en este mismo sentido a diversos pronunciamientos de sus predecesores –de Pablo VI a Benedicto XVI–, citas con las que enfatizó que su mensaje está en plena continuidad con el magisterio de sus predecesores.

El significado del Sínodo

«¿Qué significará para la Iglesia concluir este Sínodo?», se preguntó el obispo de Roma ante los padres sinodales. No se pretendía encontrar «soluciones exhaustivas a todas las dificultades y dudas que desafían y amenazan a la familia», pero lo que sí se ha hecho es poner esas «dificultades y dudas a la luz de la fe», «de la Tradición y de la historia milenaria de la Iglesia», afrontando esas cuestiones «sin miedo y sin esconder la cabeza bajo tierra».

La celebración del Sínodo significa también «haber escuchado y hecho escuchar las voces de las familias y de los pastores de la Iglesia» que trajeron desde todas las partes del mundo «las cargas y las esperanzas, la riqueza y los desafíos de las familias». Durante los trabajos sinodales, «más allá de las cuestiones dogmáticas claramente definidas por el Magisterio de la Iglesia, hemos visto que lo que parece normal para un obispo de un continente puede resultar extraño, casi como un escándalo, para el obispo de otro continente», constató Francisco, quien advirtió de que «todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado».

«Pecadores en busca de perdón»

El Sínodo –se felicitó el Papa– ha dado «prueba de la vivacidad de la Iglesia católica», que no teme «ensuciarse las manos discutiendo animadamente y con franqueza sobre la familia» y se rebela contra quien quiere adoctrinar el Evangelio, como si fuera una piedra que arrojar «contra los demás».

Se han puesto «al descubierto los corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso dentro de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y a las familias heridas». Pero la Iglesia es casa de «pecadores en busca de perdón, y no solo de los justos y de los santos».

En este sentido, el Papa agradeció el esfuerzo de los padres sinodales por «haber intentado abrir los horizontes para superar toda hermenéutica conspiradora». No pocas voces han tratado de presentar esta asamblea de obispos como una especie de conjura para subvertir y traicionar la doctrina tradicional de la Iglesia acerca del matrimonio y la familia. Los ataques han venido también desde dentro. «En el curso de este Sínodo, las distintas opiniones que se han expresado libremente (y por desgracia a veces con métodos no del todo benévolos) han enriquecido y animado sin duda el diálogo», añadía Francisco, en alusión a los escándalos que han sacudido estas tres semanas y que pretendieron, sin éxito, condicionar el resultado del Sínodo: la salida del armario de un sacerdote de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la filtración de la ya famosa carta de los 13 cardenales y el bulo sobre el tumor cerebral del Papa. Con obispos de todo el mundo presentes en Roma, el Papa sorprendió en la audiencia general del 15 de octubre con una petición de perdón por «los escándalos» en la Iglesia.

Pero al final, para el Papa, lo bueno pesa mucho más que lo negativo. Concluido el Sínodo –dijo el sábado–, es hora de «volver verdaderamente a caminar juntos para llevar a todas las partes del mundo, a cada diócesis, a cada comunidad y a cada situación la luz del Evangelio, el abrazo de la Iglesia y el amparo de la misericordia de Dios».

R.B.