Fabio McNamara: «Dios siempre está ahí para recogernos si nos la pegamos»
Icono de la movida madrileña, vivió aquellas noches de los años 80 junto a Pedro Almodóvar, Alaska y Tino Casal, entre otros. Tras su conversión, recuperó la fe en Dios que tenía de niño
—Acaba de participar en la iniciativa Salto de Fest, organizada por la Universidad Villanueva. Usted, un auténtico icono de la movida madrileña, aquellos años locos de la historia de nuestro país, ¿cuándo dio su salto de fe? He leído en alguna entrevista que usted tenía una fe muy bonita de pequeño, gracias a su madre.
—Así es. Yo tenía fe porque mi madre era católica, simplemente. Si hubiera sido feminista agresiva o comunista no creo que me hubiera puesto a rezar el rosario todos los días de rodillas.
—¿Eso hacían en casa?
—De pequeño, sí.
—¿Y luego perdió la fe? ¿Qué pasó?
—No, no la abandoné. Es que en aquella época, si tú no te metías a cura o a monja, el ambiente te absorbía. Franco se había muerto hacía unos años y todo lo relacionado con él era visto como un horror. Franco era el horror y la religión era el horror.
—Pero usted, ¿se acordaba de Dios en algún momento? ¿Cómo fue su proceso de vuelta a la Iglesia, cómo comenzó a recuperar su relación con el Señor?
—Mira, yo ahora voy mucho por el oratorio del Caballero de Gracia, en el centro de Madrid. Pero entonces, si pasaba por ahí, no era para ir a la iglesia, sino para comprar drogas por la zona. Un día, no sé por qué, me dio por entrar; y así empecé a volver.
—¿Así de sencillo? ¿Fue un proceso lineal, sin altibajos?
—Yo creo que vas cambiando un poco por las circunstancias de las cosas que te manda Dios. Él, cuando te quiere coger, te manda o una enfermedad o un palo, o cualquier cosa que sirva para que despiertes, para que te des cuenta de que Él está ahí. Y entonces ya acabas convencido [risas].
Es después de estas cosas que te pasan cuando te conviertes y ya quieres ser bueno y hacer las cosas bien. Te gusta ir a Misa, quieres comulgar todos los días. Como no quieres estar en pecado, te confiesas a menudo. Así te puedes tirar años y años, es lo que se llama la conversión primera.
—¿Hay otra después?
—Luego viene la segunda, en la que te crees que ya eres libre del todo y te relajas un poquito. Entonces está por ahí el del rabo dando vueltas para que no te relajes del todo. Esa es la historia de la vida: Dios contra el demonio, y yo siempre peleando mis combates.
—¿Le costó mucho el cambio de vida?
—No, no; entonces estaba encantado porque, como era joven, no tenía malos rollos. Tenía salud, tenía mucha ilusión, iba con muchas ganas al Santísimo, a adorarle, a la Misa. Era como ir de compras por la Gran Vía, todo fácil. Pero la vida es muy larga y pasan muchas cosas. Todos queremos estar bien, queremos ser guapos, queremos ser jóvenes, pero eso no pasa siempre. Y Dios está siempre ahí para recogernos si nos la pegamos.
—En este proceso de su conversión, ¿qué le decían sus amigos de entonces, la gente de la movida?
—No me decían nada, fueron muy respetuosos. Es que eso de meterte en la vida de alguien, ¡eso no se hace!
—¿Cómo vive hoy su fe? ¿Cómo la alimenta? ¿Cuáles son sus hábitos de oración, de sacramentos?
—Mira, antes de entrar a esta entrevista me he pasado por la capilla de la universidad. Lo primero que he hecho ha sido entrar allí, porque lo más importante del mundo está ahí. Y he rezado al Señor para que esto saliera bien y para que no hiciera mucho el ridículo [risas].
—Fabio, usted pinta. He visto cuadros en su cuenta de Instagram que son muy bonitos. Pinta al Señor en muchas ocasiones. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué pinta a Jesús?
—A Jesús le represento muchas veces, me sale fácilmente. Pero también pinto otras cosas horribles, que yo digo que son como profecías, por los colores y por la técnica que uso. Pintar es sufrir mucho. Pero como tengo al Señor, espero que Él se compadezca de mi sufrimiento.
—¿Cree que Dios le acompaña? ¿Lo siente cerca?
—Las santas dicen que cuando peor estaban ellas, siempre sintieron que estaba a su lado el Señor. Yo creo que Dios con los que no está es con los que lo pasan divinamente, en la playa con un paipay y con un cubo de coco con ron. Ahí no está Dios. Eso segurísimo. Y si está, será solo un ratito, porque no creo que se quede mucho tiempo.