Este niño sí que sabe

Estrenamos el mes dedicado al rosario y a las misiones con este niño –o quizá sea una niña–, que nos recuerda que con la oración, con la Virgen y con la cruz no hay desierto que se nos atraviese

Ricardo Ruiz de la Serna
Foto: Cathopic / Catholic Stuff

Este niño –o quizás sea una niña– sí que sabe. Ahí lo tienen, colgado de la espalda de su mamá y con el rosario en la mano –en este mes que estrenamos, dedicado a su rezo– para no extraviarse. Parece que se le cae alguna lagrimilla. Tal vez lo esté pasando mal. Es tan grande el pecado del mundo que no perdona ni a los niños ni a los santos. Unos y otros van al cielo.

De esto va, en el fondo, nuestra vida. Para entrar en el Reino, hay que hacerse niño: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos». Quizás esto es lo que hoy echamos más en falta. Necesitamos certezas, seguridades, garantías… y se las pedimos a quien no puede darlas. Este niño, con su rosario y su confianza, tiene más ganado que muchos de los que hoy se creen seguros.

Así espera Israel en el Señor: como el niño en los brazos de su madre. Este va a la espalda de la suya, pero también esto nos sirve de lección. Toda madre y todo padre lleva a la espalda a su hijo cuando no puede caminar. Incluso en los momentos de desierto y de Calvario –bueno, sobre todo en esos momentos– Cristo se echa nuestro peso a la espalda y nos sostiene. Nos basta sentirnos llorosos como este chaval –quizás sea una niña– para que nos sujete firme como esta madre hace con su criatura. No siempre lo notamos, pero ahí nos lleva. Ya lo decía Benedicto XVI, que a veces Dios calla, pero siempre actúa.

Pero este infante va rosario en mano. Así se puede uno enfrentar a todo. Con la oración, con la Virgen y con la cruz no hay desierto que no se atraviese, no hay cruz que nos derribe para siempre ni oscuridad que nos envuelva por completo. El mismo Dios que guio a Israel mostrándose como una columna de nube de día y una columna de fuego de noche ilumina las horas más tenebrosas y sale a nuestro encuentro para sujetarnos. Quién sabe si ya lo reza, pero desde luego se aferra al rosario. No es un mal comienzo.

Esta niña –o puede ser un niño– sí que sabe de la vida. Ahí la tienen, mirándonos. Devuélvanle la mirada. Los que son como ella nos precederán en el Reino de los cielos.