Este diccionario se hizo en imprenta, pero se ilustró a mano
La Biblioteca Episcopal de Plasencia pone a disposición del público la versión digital de un protoincunable, obra del primer bibliotecario del Vaticano
La imprenta de tipos móviles de Johannes Gutenberg era todavía una novedad cuando, en Vicenza (Italia), el taller de Hermann Liechtenstein terminó de imprimir, el 31 de octubre de 1480, el Ioannis Tortellii Arretini commentariorum grammaticorum de orthogrphia [sic] dictionum e graecis tractarum prooemium íncipit. Tras este poco atractivo título se esconde un diccionario y manual de gramática del griego escrito por Giovanni Tortelli, primer responsable de la Biblioteca Vaticana, y plagado de referencias mitológicas en sus explicaciones.
Quien nos presenta esta obra es Gorka Díaz Majada, archivero de la diócesis de Plasencia y técnico de su Biblioteca Episcopal. El 23 de abril, con motivo del Día del Libro, esta presentó una versión digitalizada de este protoincunable. Se trata, en efecto, de uno de los libros impresos entre 1472 y 1480, los primeros años después del invento de Gutenberg. Aunque en otras bibliotecas de la diócesis «tenemos localizado alguno más antiguo todavía», este es el primero que ponen a disposición del público en formato digital. Díaz Majada reconoce que la Biblioteca Nacional y la de Zaragoza ya publicaron sus propias copias, pero esta aporta más: está escaneada a color y con reconocimiento óptico de caracteres, que identifica el texto, no como imagen. «Es importante» porque los investigadores «pueden buscar términos concretos». Eso sí, en latín.
Además, el volumen de la diócesis de Plasencia tiene una característica original: dos iniciales ilustradas de forma manual. El archivero explica que en la época de los protoincunables, «la imprenta era muy artesanal» y el sistema de trabajo aún imitaba el de los scriptoria de los monjes, donde unos copiaban el texto y otros iluminaban o miniaban las ilustraciones y capitulares. Así, en los primeros libros impresos, «dejaban huecos para hacer las iniciales así». Este intento de mantener la tradición no perduró mucho. En el ejemplar de Plasencia solo hay dos capitulares ilustradas; el resto se dejaron sin hacer. Las otras copias digitalizadas no tienen ninguna.

Los protoincunables comparten además características como la falta de portada, pues el título se incluía en la parte superior de la primera página. «En esa época comprabas la impresión», las hojas del interior, mientras que «la encuadernación se la hacía cada uno», explica Díaz Majada. También incluyen abreviaturas, como los manuscritos, y no tienen reclamo, una llamada en cada página «con las primeras letras de la siguiente para colocarlas en orden». Otro detalle importante es el «colofón», un texto al fina de la obra que dice «quién es el impresor, el lugar y la fecha». Resulta útil para identificar qué talleres había en esos primeros años.
El diccionario de Tortelli, por otro lado, está impreso en «un papel de trapo de una calidad y un gramaje muy buenos», que se ha conservado bastante bien a pesar de tener marcas de haberse mojado. Además, no está impreso en letra gótica como muchos de origen alemán, sino en «una itálica muy clara y bonita». Es una obra de valor que demuestra la importancia que se daba a este tipo de obras en la Plasencia de finales del siglo XV, en consonancia con el hecho de que su primer centro de estudios superiores fue la cátedra de Gramática.
Afán de servicio público
Digitalizándola y ofreciéndola gratuitamente, desde la diócesis «queremos recuperar la esencia» y la vocación de servicio de su biblioteca. Como en otros lugares de España, «fue la primera pública» de la ciudad, gracias a una iniciativa del rey Carlos III. En 1771 y 1772, mediante una real cédula y una real provisión, el monarca ordenó que los obispos crearan bibliotecas abiertas a los fieles. La orden «era muy específica», estipulando incluso el horario. También se decretó trasladar a ellas los fondos de los colegios de los jesuitas, expulsados del país en 1667
La plasentina se terminó de construir en 1774 y «sabemos que ya en 1778 estaba abierta y funcionando». Cerca de una quinta parte de su fondo procede de la Compañía de Jesús. «Todos los indicadores apuntan» a que el Ioannis Tortellii también. Aunque «faltan los datos que lo corroboren», pues como muchas otras obras de la Biblioteca Episcopal se reencuadernó y se guillotinaron los bordes, eliminando la información sobre su origen. «Tenemos localizado un inventario que se hizo cuando los expulsaron pero no podemos acceder a él, que es lo que faltaría para confirmarlo».
Como prueba de hasta qué punto la Biblioteca Episcopal se utilizaba asiduamente, Díaz Majada cita las «dos cajas llenas de índices de lectura», papeles que se usaban como marcapáginas y quedaron olvidados. Por ejemplo, «un décimo de lotería de 1829». El esfuerzo que viene haciendo la diócesis en los últimos años para publicar el catálogo y empezar a digitalizar obras quiere continuar «ese uso público», como servicio y para resaltar «el papel que ha tenido la Iglesia como centro de cultura y de investigación. ¿De qué sirve tener un libro cerrado en una estantería si nadie lo puede consultar?», se pregunta el archivero. Subirlo a internet es «la única forma que tenemos de abrirnos al público estando donde estamos. Si esto fuera Madrid, estaríamos hasta arriba de investigadores por los fondos tan buenos que tenemos».