España homenajeó a la religión y a la fe - Alfa y Omega

España homenajeó a la religión y a la fe

El nuevo palacio de Madrid debía contener una gran empresa: una bóveda que mostrara las virtudes de la patria

Ana Robledano
España rinde homenaje a la Religión y a la Fe. Detalle. A. Molfetta, 1766. Museo Nacional del Prado. Foto: Museo Nacional del Prado.

Durante el incendio del Alcázar Real de Madrid, en la noche de Navidad de 1734, miembros de la corte arriesgaron sus vidas para salvar obras maestras. Lienzos como el de Las Meninas fueron arrancados de sus bastidores y lanzados por las ventanas. Sin embargo, por razones obvias, los espectaculares frescos se redujeron a cenizas. La obra de construcción del nuevo palacio tenía ambiciosas aspiraciones de mejorar al anterior y de convertirse en un icono de la nueva era para la cultura y la política española. Para ello, el esplendor alegórico de las bóvedas sería una de las empresas de mayor inversión. La pintura España rinde homenaje a la religión y a la fe fue de las primeras ideas que se pusieron sobre la mesa, y la decidieron ubicar en el techo de la escalera principal.

Para ello, eligieron a un pintor italiano que trabajaba al servicio de Fernando VI, Giaquinto Corrado. Este autor fue muy admirado en España y es considerado el máximo representante de la pintura rococó en Roma. Su proyecto para esta bóveda es un mosaico de expresiones abstractas e iconográficas de virtudes y valores morales. Todos juntos tienen el objetivo de representar el propio título de la obra.

En el centro de la composición las dos mujeres sentadas representan la Iglesia y la religión. La mujer con armadura es España. Detrás de ella están las virtudes, cada una con su atributo iconográfico. La parte más luminosa de la composición la protagoniza el Espíritu Santo, enmarcado por un arco de ángeles y más alegorías de virtudes que confluyen arriba del todo en un real escudo de armas. El Museo del Prado conserva en sus fondos el boceto de esta pintura. Hay tantos detalles en la composición que adivinar cada pequeño símbolo es un auténtico juego de rompecabezas.

Las figuras femeninas rodeadas de hojas de laurel y guirnalda en el arco son indiscutiblemente alegoría de la Victoria. La mujer que porta la cruz y tiene la cabeza velada representaría la religión. Un angelito sobre la mesa (o altar) hace de atril de un libro (Sagradas Escrituras) del que nace una llama al estilo de Pentecostés. La dama coronada con ropas doradas que acompaña en la mesa a la religión es la Iglesia. A su izquierda otra mujer le ofrece la tiara papal. Como decíamos, la figura con armadura es España, representada como una heroína. Con actitud de ofrenda, extiende en su mano unas espigas de trigo, pero ha puesto bajo el altar un conjunto de armaduras y frutas como símbolo de su abundancia, dedicada a la Iglesia y a la religión.

Las virtudes que la acompañan son las siguientes: la mujer alada tocando una trompeta-clarín es la Fama; la mujer de verde es la Prudencia, simbolizada con la serpiente (astucia) y el espejo. Más arriba la Constancia, con un brasero y una lanza; y con corona y cetro, la Justicia está en el centro debatiendo con un anciano, la representación del celo religioso.

Sujetando el arco de gloria en ambos extremos, a la derecha distinguimos al Consejo como un hombre anciano de rojo con un gran libro cerrado. Con él interactúa la Razón, que sujeta en una mano a un león y en la otra una palma de la victoria. En el extremo contrario tenemos, de abajo arriba, a la Verdad, con una luz resplandeciente en su mano derecha y un libro en la otra. Después, advertimos la virtud de la Fortaleza vestida de guerrera, y encima de ella a una mujer con una lámpara encendida y un gallo, que representa la Vigilancia.

Aunque el objetivo era mostrar los dominios y grandezas de España puestas al servicio de la Iglesia católica, hay un detalle libre de interpretación que personalmente me cambia toda lectura de la obra: la manera en la que la Iglesia señala con ambas manos extendidas hacia la zona inferior izquierda del cuadro, donde vemos una mujer negra representando África, y, en la base de la composición, un mar sombrío, a cuya izquierda hay una figura asiática y más lejos, a la otra orilla del mar, América, donde algunas de estas figuras están desnudas, abatidas y encadenadas.