«Es Dios quien lo hace todo»
Fernando tiene 46 años, es ingeniero y, desde hace 9 meses, sacerdote. Encontró tarde su camino, después de una vida azarosa y alejada de Dios, y ahora disfruta como un niño con el regalo de su vocación, «aunque aún me sobrecoge lo enorme de esta tarea». Frente a él, está don Mariano, que le mira con ternura de abuelo, con la hondura de un maestro que sabe ver en un joven las metas a las que está llamado, «y con un poco de envidia sana». Después de casi 57 años como sacerdote, se emociona hasta la lágrima hablando del ministerio, de las conversiones de las que ha sido testigo, y del inmenso amor que Dios derrama en la Eucaristía y en la Confesión. Y, entre ambos, Alfa y Omega escucha su diálogo sobre la vocación sacerdotal, con el Día del Seminario como telón de fondo
Los tiempos han cambiado mucho desde que uno y otro escucharon la llamada al sacerdocio. ¿Cómo nació su vocación?
Mariano: La mía empezó en el seno familiar, de forma natural. Mi hermano Pedro, que era mayor, cantó misa en el año 43, y yo le hacía los recados y le ayudaba como monaguillo. Un día, con 11 años, un maestro me dijo: Mariano, anda siempre con el pie firme en el suelo, pero mirando las estrellas. Recuerdo que me fui a casa pensando en aquello, y estuve dándole vueltas toda la noche. Ahí, por primera vez, surgió en mí la vocación, que empezó de forma infantil y se fue robusteciendo. Con 12 años, dije Sí a esa llamada del Señor, casi sin saber qué suponía. Recuerdo que, el día antes de entrar en el Seminario Menor, pensé: ¡Anda, si no voy a volver a ir al cine!, y fui con otro hermano a ver una película. Luego, de adulto, ratifiqué esa vocación a ser servidor del Señor ante la comunidad.
Fernando: Mi vocación ha sido tardía. Después de 10 años viviendo experiencias que me iban dejando vacío, y casi totalmente alejado del Señor, mi encuentro real con Jesucristo fue a los 28 años, en un Cursillo de Cristiandad. Allí comprendí Quién era Él, qué pintaba en mi vida y cómo podía encontrarme con Él a través de la Iglesia. En ese momento, empezaron otros 10 años de lento trabajo del Señor, y al final, con 38 años, desnudé mi alma ante Él y le dije: A pesar de lo que me ha costado terminar la carrera, a pesar de todo lo que he vivido, aquí me tienes. Quiero ser tuyo por completo.
Tras ese Sí, ¿cómo viven ahora el sacerdocio?
Fernando: Yo, todavía con temblor, pero con la certeza de saber que éste es el camino que Dios quiere para mí. Desde que entré en el Seminario, he sentido que me lanzaba al abismo, pero en ningún momento he pensado que me estaba equivocando; al contrario, es tanto lo que sé que me quiere Dios, que mi constante pregunta al Señor es: ¿Y por qué tan tarde? He pasado de planificar mi futuro por completo, a darle un cheque en blanco al Señor…
Mariano: Yo he vivido tres fases. La primera, al salir del Seminario, lleno de ilusión y de entusiasmo pastoral, sobre todo con los jóvenes y con un grupo sacerdotal en el que nos ayudábamos mucho. La segunda coincidió con el Concilio Vaticano II y mis estudios de Teología, que terminé a unas décimas de la Matrícula de Honor. Aquello hizo que mi soberbia creciera, y como la primera virtud es la humildad —como acaba de recordar el Papa—, mi vocación se resintió. Empecé a pensar que era yo quien tenía que actuar, sin tenerle a Él como protagonista de mi historia y de mi evangelización. Pensaba más en mis fuerzas que en ser servidor de Dios, y eso me llevó a perder la oración y la relación con Él. Había terminado el Concilio, y yo me sumé en cierto modo a esa corriente de curas jóvenes, que vivían como enfrentados a la jerarquía. Me duele mucho ver cómo me instalé en la soberbia, en la crítica a Pablo VI por la Humane vitae... Pido a Dios que no hiciese daño a ningún alma. Vivía como si fuese un funcionario, y hasta dejé mi dirección espiritual. Pero el Señor es bueno, y nunca nos manda a hacer puñetas, aunque lo merezcamos, sino que está siempre a la espera para abrazarnos de nuevo. Así que me llamó a un Cursillo de Cristiandad, hace 25 años, y allí me reencontré con el Señor, que me dio un revolcón, me abrazó como al hijo pródigo, y me hizo recuperar mi dignidad de hijo de Dios y mi dignidad de sacerdote. Desde entonces, vivo el sacerdocio con inmensa ilusión y ardor, con pasión evangelizadora, y, sobre todo, luchando por ser humilde, porque sé que es Dios quien lo hace todo por mí, aunque no lo merezca.
¿Qué es lo más reconfortante de ser cura?
Mariano: Lo que más me llena de ilusión es la Eucaristía, que es donde vivo el encuentro real con Cristo vivo, y la Reconciliación. Reconozco el bien que ha hecho en mi vida el sacramento de la Confesión, y es el momento en que puedo devolver a la gente la ternura de Dios. Tengo grabados los lagrimones de un militar sudamericano, que había vivido cosas durísimas, cuando fue consciente de su pecado y del inmenso amor de Dios. Si algún día cambian mis actuales labores pastorales, lo único que pediría es una iglesia en la que poder confesar…
Fernando: Para mí, la Eucaristía y el Perdón son las situaciones en que puedo llevar la gracia de Dios a mis hermanos. Cuando puedo unir mi sacrificio al de Cristo, o cuando alguien pone su vida en mis manos, son momentos tan de pura gracia, que no creo que haya nada más hermoso en el mundo. Ojalá que, si llego a su edad, pueda vibrar con el amor de Dios, como Mariano.