En memoria de Rafael Palmero - Alfa y Omega

Cum ipso. Con Él. Así reza el lema de su escudo episcopal. Y sin duda, este ha sido el ideal de toda su vida. Era muy niño cuando salió con la ropa puesta de la casa del Molino de su abuelo, junto al río Eria, en la verde vega de Morales del Rey, pequeño municipio de la castellana provincia de Zamora, para visitar el seminario de Astorga, donde ya se quedó para siempre y desde donde emprendió su camino de respuesta a Jesucristo, su Señor, Aquel que desde antes de nacer le tenía reservada la misión de ser eslabón en la cadena de los sucesores de los apóstoles, pastor de su pueblo.

«Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe» (Heb 13, 7). Hoy, al recordar de la vida de don Rafael, me viene a la memoria como un caudal abundante, innumerables experiencias, anécdotas, palabras que hablan de toda una existencia entregada a la causa de Jesús y al servicio de su Iglesia. Sí, estos han sido sus dos grandes amores: Jesucristo y la Iglesia. Pasión que dejó grabada en su corazón quien fue como su padre y maestro, el cardenal Marcelo González Martín. Servir a Cristo y a la Iglesia. A ellos entregó todo su ser sin ahorrarse nada, olvidado de sí mismo y con fidelidad imperturbable. Consciente que esa era la misión que se le había encomendado y que daba sentido a todo su ser. Sin vacilaciones, estrategias, ni vuelta atrás; con decisión, como buen castellano que no entiende de rodeos sino de decir solo sí o no permaneciendo fiel hasta el final. Porque como a él le gustaba decir citando de memoria parte del diálogo entre Ignacio y Francisco Javier, de la obra de Pemán El Divino impaciente: «No hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer».

Responder con generosidad a la llamada de Dios le llevó a descubrir muchos lugares donde la Iglesia le pidió que sirviera: Astorga, Roma, Barcelona, Toledo, Palencia, Orihuela-Alicante… En todos ellos entregó lo mejor de sí amando con celo de esposo a cada Iglesia que se le confiaba. Sin duda, los sacerdotes ocuparon un lugar especial en su corazón de obispo, por los que se preocupaba y visitaba en cuanto sabía de cualquier necesitad en la que pudiesen encontrarse. El seminario… ¡Cómo soñaba con que el de nuestra diócesis hubiese podido llegar a alcanzar la cifra de los casi 1.000 seminaristas que tuvo como profesor en La Bañeza!

Amaba la vida consagrada y con predilección a las contemplativas, por hacer con su oración palpitar el corazón de la Iglesia; los enfermos, a los que dedicó muchos años de atención desde la Comisión de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal, promoviendo campañas de sensibilización para la mejora de su situación y servicio. En este ámbito recuerdo también con qué intensidad vivía cada año las peregrinaciones diocesanas a Lourdes.

Y los pobres. Don Rafael era incapaz de encontrarse con alguna persona necesitada por la calle ante ante quien no se detuviese con ternura y entablase diálogo ofreciéndole, además de palabras de ánimo y esperanza, todo lo que llevase en ese momento en sus bolsillos o, cuando no tenía, tomándolo prestado de los bolsillos del que le acompañara. Puede que muchos de los que estáis leyendo estas letras ignoréis que, en los días más señalados del año, así como el de nochebuena, a don Rafael le gustaba salir por la noche de incógnito a recorrer los bajos del Estadio Rico Pérez, la antigua estación de autobuses del centro de Alicante, las fábricas abandonadas de la periferia habitadas por inmigrantes o cajeros automáticos donde muchos sin techo pasan la noche, con quienes compartía un vaso de café o leche caliente, algunos dulces, mantas, alguna piadosa estampa, incluso los propios zapatos que acababan de regalarle.

Don Rafael fue un hombre de profunda fe y devoción a Jesús Eucaristía, conforme al estilo de su santo antecesor en la sede de Palencia, Manuel González, el obispo de los sagrarios; con quien ha compartido su último deseo: «Pido ser enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: «¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!»». Del amor a la Eucaristía, presencia real del Señor que vivifica la Iglesia, su empeño personal por colocar a Jesús en el centro, incluso geográfico, de la vida de la Iglesia Diocesana, inaugurando cinco capillas de adoración perpetua en cada una de sus vicarías.

Sobresalió por su profunda devoción a la Virgen María, a quien diariamente se confiaba como hijo que sabe que su Madre nunca le ha de fallar. Con frecuencia recitaba las palabras de la Virgen de Guadalupe al indio san Juan Diego: «No se turbe tu corazón, a nada temas. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre?”. Ni un solo día dejo de recitar no una, sino dos o tres, las veces que el tiempo le ofreciese la oportunidad, «el rosarito» a la Virgen, como solía decir cariñosamente, poniendo en manos de la Blanca Señora, la persona e intenciones del Papa, de su diócesis, de todos aquellos que se encomendaban a su oración.

Fácilmente me imagino ahora a don Rafael paseando por el cielo y de charla con sus santos favoritos de los que ya he citado algunos. Pero además de los mencionados, san José, del que era especialísimo devoto y propagador; Agustín de Hipona, Rafael Arnaiz, Juan Pablo II, etc. Junto a otros muchos amigos todavía no canonizados como don Marcelo, su paisano el trapense padre Damián, su querido Patricio, con nuestro Fernando Rodríguez o el padre Berenguer… Seguro que don Rafael no desaprovechará un solo instante de su vida nueva para interceder por todos aquellos a los que amó y sirvió como fiel amigo de Jesús, Buen Pastor. A Él elevamos nuestra oración por su eterno descanso. Que Aquel a quien hizo presente en la mesa de su Iglesia le haga gozar ahora y para siempre del banquete del cielo. Descanse en paz.

Eloy Martín García, pbro.