El trabajo voluntario levantó la Casa Emaús
Este espacio de «formación de militantes cristianos» y centro de espiritualidad cumple 25 años gracias a «rascarse el bolsillo» y las peonadas de los mayores y de quienes siguieron su ejemplo
«Echando la vista atrás parece que, si un grupo de amigos piensa más allá y tiene un ideal de justicia, es posible hacer algo por los demás». Nos lo cuenta Samuel Valderrey cuando llamamos a la Casa Emaús, un «espacio de formación de militantes cristianos» y centro de espiritualidad dependiente de Encuentro y Solidaridad que este 19 de marzo cumplirá 25 años. Él, su mujer y sus tres hijos viven allí y se encargan del mantenimiento de estas instalaciones donde acuden a aprender sus miembros y que además utilizan movimientos religiosos y asociaciones en los alrededores de Torremocha de Jarama, en la sierra norte de Madrid.
Según este profesor vallisoletano, «aquí vienen grupos de toda índole»; el grueso católicos, pero «también musulmanes y otras realidades». A su servicio está esta casa «para abrirle el mundo al no creyente siempre y cuando responda al sentido de la Iglesia y de esta casa y su estilo». Que es del «arremangarse los brazos» porque no es una pensión. Precisamente porque Encuentro y Solidaridad bebe de los movimientos católicos obreros del siglo XX, «una cosa simpática que tenemos es la autogestión y ver de qué somos capaces». Eso se nota en que el precio para organizar actividades aquí es simbólico pero se exige a los participantes proactividad y una limpieza exhaustiva tras emplear las instalaciones.

El mismo espíritu autogestionado es el que pudo poner el complejo en pie, pues «cuando empezó el proyecto, los que vinieron a vivir aquí fueron tres viejos militantes que dieron el do de pecho». Eran Julián Gómez del Castillo, su mujer Trinidad Segurado y Josefina Aguilar, quienes «tenían muy claro que su jubilación no podía ser para el descanso sino para la militancia». En un primer momento, «tuvieron que poner bolsas de basura en las ventanas porque los huecos no estaban cerrados». Con su ejemplo arrastraron «a todos los demás para venir a trabajar y colaborar económicamente, pues la Casa Emaús se levantó gracias a que «la gente pidió créditos personales» y donó lo que estaba en sus manos, que muchas veces no era demasiado.
«La casa es muy grande y hacía falta material, pero la aportación gorda fue el trabajo de la gente», reivindica Valderrey. Estuvo allí y recuerda cómo «veníamos de distintas partes de España». «Todos somos laicos y nadie está liberado», presume. Los fines de semana se reunían fácilmente unas 50 personas que se encargaban de la obra gracias a que, aparte de manos, «teníamos arquitectos y abogados que hicieron el proyecto». «Es una realidad levantada sin muchos medios, poco a poco, como una hormiguita; y rascándonos el bolsillo entre unos y otros».

En memoria de la inauguración en 2001, los próximos 14 y 15 de marzo la Casa Emaús celebrará una gran fiesta. Ofrecerá el sábado por la mañana una serie de cursos «para trabajar el tema de la fe y la cultura». «Es un programa muy abierto para que cualquier persona creyente o no pueda participar». Después, una Eucaristía, talleres por la tarde para todas las edades y, por la noche, «una cena con la gente que venga» y «un espectáculo con una comedia mágica y familiar. Al final, los jóvenes tocarán algo de música». Y el domingo 15 se celebrará la Misa por el 25 aniversario y «vendrán Luis Argüello», arzobispo de Valladolid e históricamente ligado al movimiento; «y Antonio Prieto», obispo de Alcalá y en cuya diócesis se encuentra esta casa.
Después de que el Movimiento Cultural Cristiano —el germen de todo— pasara 20 años reuniéndose en muchas casas de espiritualidad, se plantearon «por qué no hacer una en la que los laicos tengan el protagonismo y podamos fortalecer la Iglesia y la sociedad». Para ello, «normalmente, el que menos tenía era el que más aportaba», señala Samuel Valderrey, testigo de cómo se levantó la Casa Emaús. Recuerda cómo una de aquellos «tres viejos militantes» del inicio, con artrosis, «hizo todas las colchas, sábanas y fundas de la casa aunque los médicos le recomendaran que no». Ahora, «el reto es no traicionar esta herencia».