«Cumplamos los Acuerdos y si hay algo que renovar, hablemos»

Luis Argüello (1953) es de un pueblo de la vieja Castilla, un pueblo de la España casi vacía. De Meneses de Campos, en Palencia. Ser de allí ha configurado su forma de ser, como también lo hizo su madre, sin la que «yo no sería creyente». También el colegio de La Salle en Valladolid, o la universidad, donde estudió Derecho y luego trabajó durante la Transición. «Fueron años singulares de la historia de España. Esta vivencia ha marcado mi forma de ser», reconoce. Luego entraría en el seminario, donde, tras la ordenación, se quedó como formador. Su recorrido ha incluido numerosas vivencias pastorales, una vinculación al Movimiento Cultural Cristiano y la puesta en marcha en Valladolid de Justicia y Paz, después de que Joaquín Ruiz Giménez le convenciera en el aeropuerto de El Prat mientras compartían el retraso de un vuelo

Fran Otero
El obispo auxiliar de Valladolid, Luis Argüello, se presentó ante la opinión pública nada más ser elegido nuevo secretario general de la Conferencia Episcopal. Foto: EFE/Fernando Villar

Luis Argüello (1953) es de un pueblo de la vieja Castilla, un pueblo de la España casi vacía. De Meneses de Campos, en Palencia. Ser de allí ha configurado su forma de ser, como también lo hizo su madre, sin la que «yo no sería creyente». También el colegio de La Salle en Valladolid, o la universidad, donde estudió Derecho y luego trabajó durante la Transición. «Fueron años singulares de la historia de España. Esta vivencia ha marcado mi forma de ser», reconoce. Luego entraría en el seminario, donde, tras la ordenación, se quedó como formador. Su recorrido ha incluido numerosas vivencias pastorales, una vinculación al Movimiento Cultural Cristiano y la puesta en marcha en Valladolid de Justicia y Paz, después de que Joaquín Ruiz Giménez le convenciera en el aeropuerto de El Prat mientras compartían el retraso de un vuelo

Se le multiplica el trabajo…

De aquí a Navidad, nos hemos planteado tomar conciencia de la situación en un sitio y otro para, a partir de ahí, organizarnos de la mejor forma posible.

¿Le ha dado algún consejo el cardenal Blázquez?

Que trate de centrarme en lo esencial en un lado y en el otro, que haga todo con paz y que me apoye en las personas más cercanas.

En su presentación antes los medios dijo que «la Iglesia no son solo los obispos», aunque a nivel mediático son ustedes los que siempre aparecen. ¿De quién es el problema?

Casi nunca el problema es solo de un lado. Hablamos de la promoción de la vida laical, de la corresponsabilidad, de la participación, pero además de decirlo hay que impulsarlo.

En este sentido, ¿asumirá usted definitivamente la labor de portavoz o, por contra, en un laico o una laica?

Tendremos que plantearnos esta posibilidad con la Comisión de Medios y la Oficina de Información. Hoy por hoy, la he asumido yo y, además, era lógico que apareciera en las primeras comparecencias, primero para presentarme y luego para dar cuenta de la Asamblea Plenaria. Pero es una cuestión que tenemos que analizar.

¿Está abierta la posibilidad de que haya un laico en la portavocía?

Está abierta.

Durante la plenaria de obispos abordaron la reforma de la Conferencia Episcopal. ¿Seguirá las mismas pautas que la Curia romana?

Es uno de los criterios que tener en cuenta. Otro sería la necesidad de concentrar las diversas responsabilidades o comisiones episcopales en torno a las grandes misiones de la vida de la Iglesia, poniendo un acento en todo lo que tiene que ver con la evangelización.

¿Cuáles son los principales retos que enfrenta la Iglesia hoy?

Uno tiene que ver con la evangelización, con el subrayado misionero, el primer anuncio. Antes, la transmisión de la fe se hacía en el seno de las familias de forma habitual y, aunque no se ha interrumpido del todo, ya no es igual. Es una llamada de atención grande. Otro es la sociedad secularizada, que vive como si Dios no existiese, y exige de nosotros que ofrezcamos, de manera humilde, la belleza de la fe, es decir, que creer en Dios es algo bueno para la vida personal y familiar. Es fácil decirlo, pero luego hay que testimoniarlo y ofrecerlo en la vida ordinaria. Esto exige de nosotros una actitud de escucha y diálogo con el mundo plural de hoy y una vida sin complejos. Por último, un desafío interesante es todo lo que tiene que ver con el desarrollo humano integral. Creo que la Iglesia, en este sentido, se hace presente en la sociedad y tiene mucho que aportar a su construcción. Es una presencia gratuita que puede ser testimonial y evangelizadora.

Porque la fe tiene una dimensión pública, por mucho que determinadas corrientes ideológicas quieran negarla, ¿no?

Los cristianos podemos tener la tentación de ser cristianos solo dentro de nuestro propio templo, de nuestra casa… Es una pretensión que viene de fuera, de modo que las iglesias queden recluidas en su propio ámbito. La dimensión pública de la fe es evidente, porque es la dimensión pública de la persona y esto no se puede esconder en las formas de vivir. Las sociedades democráticas hablan cada vez más de la importancia de las convicciones prepolíticas para que la propia sociedad se regenere, porque sin estas quedaría sometida exclusivamente al derecho positivo. Creemos que nuestras convicciones ayudan al bien común y a la dignidad de la persona.

Se habla mucho de la clase de Religión. Dice el Gobierno que seguirá como hasta ahora, pero que se está planteando que su nota no compute ni para becas ni para el acceso a la universidad. ¿Qué le parece?

No defendemos la clase de Religión porque haya unos acuerdos o un ideario, sino porque nos parece que la dimensión religiosa, espiritual o trascendente es importante como lo es la física o la estética. Desde ahí, y por el propio rigor de la asignatura, nos parece importante defender que tenga un estatus similar al resto. Si se considera, por ejemplo, que la clase de Educación Física tiene un estatus académico cuyas notas valen para un cosa y otra, es bueno que sea igual para todas las asignaturas.

¿Aceptarían la postura del Gobierno si de su decisión dependiese un pacto educativo?

Creo que cuando se reclama el diálogo para alcanzar un pacto educativo se tiene que estar dispuesto a hablar de todas las cosas. Es cierto que uno lleva sus propuestas, sus convicciones, lo que le parece de mayor o menor importancia para que el acuerdo sea bueno para todos. Si de verdad queremos pactar, debemos estar dispuestos a escuchar lo que se nos plantee. Uno desea ser escuchado y por ello tiene que escuchar y ver, dentro de una propuesta global, qué estamos dispuestos a seguir afirmando. De manera previa, antes de comenzar un diálogo, no podemos decir que estamos a ceder en esto o aquello.

Usted sostiene que a la Iglesia no le preocupa solo lo que tiene que ver con la Religión o la concertada. ¿Cuáles son esas otras preocupaciones?

La educación hoy se enfrenta a desafíos tecnológicos importantes y en este contexto es importante una educación humanística, lo que tradicionalmente hemos llamado humanidades, que tiene que ver con la capacidad para tener conciencia, para ser crítico…

Foto: Guillermo Navarro

El Gobierno sugiere que la Iglesia debe pagar el IBI porque es una buena manera de que contribuya a la salida de la crisis…

La exención del IBI no es exclusiva de la Iglesia, pues también la disfrutan las entidades lucrativas y está regulada con leyes distintas a los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979. Además, la Iglesia no está totalmente exenta, porque en algunos casos sí paga este impuesto. En cualquier caso, el Gobierno tiene el derecho de hacer la política fiscal que le parezca oportuna, pero se tiene que decir también que estos beneficios fiscales tienen que ver con el deseo de promover determinadas actividades. Si hubiese una modificación, esta no podría afectar solo a la Iglesia. Sobre la cuestión de la crisis, tengo que decir que si ha habido dos instituciones que han estado a la altura en este tiempo han sido las familias y la Iglesia católica, como se ha demostrado desde Cáritas y otras organizaciones vinculadas a instituciones de Iglesia. Y siguen trabajando, pues en muchos casos la salida de la crisis ha supuesto una pérdida en el poder adquisitivo y de derechos sociales. La Iglesia está ahí, en la acción y en la denuncia de esta salida en falso de la crisis.

¿Les molestó que la vicepresidenta del Gobierno despachase en una rueda de prensa el contenido de la reunión con el cardenal Parolin?

Hubo extrañeza por el hecho mismo de que la Santa Sede tuviese que publicar una nota o por que se hablase de asuntos que se encuentran en el ámbito de competencias de la Conferencia Episcopal para los que hay unos cauces establecidos. Quizás es que ha pasado poco tiempo [desde la llegada al poder del Gobierno]; esperemos la oportunidad para hablar. Siempre desde una perspectiva: que hoy la Iglesia no tiene ningún privilegio en materia fiscal y que está sometida un régimen similar al de las entidades no lucrativas.

¿Estarían abiertos a una revisión de los Acuerdos entre el Estado y la Santa Sede?

Existe un acuerdo entre partes y, por tanto, siempre hay una posibilidad de reforma de lo pactado. Sucede como con la Constitución: es legítimo plantear una reforma, pero primero, incluso para cambiarla, es necesario cumplirla. Primero, cumplamos los Acuerdos y si cualquiera de las partes cree, porque el tiempo pasa y las situaciones son diversas, que hay algún punto que merece ser renovado, aclarado o modificado, se pone encima de la mesa y se habla.

Uno de los temas más graves y urgentes que afectan a la Iglesia tiene que ver con los abusos a menores por parte de sacerdotes. ¿Cree que la Iglesia en España está respondiendo bien a estos casos?

Se está abordando desde las propias indicaciones de la Santa Sede y a la expectativa de la reunión del Papa con los presidentes de las conferencias episcopales en febrero. Hablaría desde tres perspectivas sobre este asunto. En primer lugar, los casos ocurridos hace tiempo y sobre los que o no se tiene conocimiento o no se han abordado como se debería. Lo que nos preocupa en estos casos es la atención a las víctimas; son para nosotros una prioridad. Hay que hacer todo lo posible para que las víctimas puedan encontrar un bálsamo para sus heridas y esto tiene que ver con el reconocimiento, la petición de perdón y con el cuidado. Es cierto que desde el punto de vista cuantitativo los casos no son muy abundantes, pero cualitativamente son gravísimos. En segundo lugar, están los casos que puedan ocurrir en este tiempo y que nos exigen colaboración y denuncia con justicia. Y, por último, la prevención. La Iglesia quiere, con este encuentro en el Vaticano, llegar a un acuerdo a la hora de las pautas que seguir, lo cual no quiere decir que hasta ahora no se haya hecho nada. Seguramente todos podríamos haber hecho las cosas mejor, pero está claro que en los últimos años ha habido respuesta por parte de las diócesis donde se ha presentado algún caso.

Los obispos de Francia, Estados Unidos, Chile o Italia tomaron medidas concretas en sus últimas asambleas, celebradas recientemente. ¿Se han planteado ustedes alguna?

La comisión que se anunció el pasado mes de septiembre está trabajando en este sentido y ya ha hecho algún tipo de sugerencia, pero están en suspenso hasta el encuentro de febrero.

¿No se han planteado la creación de un canal de comunicación para que las víctimas puedan hacer llegar sus experiencias?

Este tipo de denuncias llegan en muchas ocasiones a través de otras personas de la Iglesia, las más cercanas, aunque es cierto que a alguna víctima esto le puede suponer una dificultad grande. Podría entonces plantearse algún tipo de medio. Pero ahora mismo tenemos que esperar a lo que salga de la reunión con el Papa.

¿Se ha planteado la CEE reunirse con víctimas?

Así, con carácter general, no. Cada obispo en su diócesis puede ser, pero desde la CEE este planteamiento no se ha hecho.

Fran Otero