El perdón póstumo en Los hermanos Machado - Alfa y Omega

Lleno total para la sala Jardiel Poncela del Fernán Gómez un viernes tarde. Con las limitaciones de aforo pandémicas, eso sí. Pero toda una declaración de intenciones del público madrileño, que sabe que #LaculturaEsSegura y que los hermanos Machado son irresistibles al tiempo y, por desgracia, su desencuentro es siempre actual.

Porque uno regresa a los años 40, pero a la vez podría haber sucedido ayer mismo. Rojos y azules, progres y fachas, comunistas y fascistas. La eterna dicotomía de las dos Españas que ya retrataba Antonio en sus Campos de Castilla: Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón.

A Manuel le tocó el hielo del bando nacional. Para «salvar la vida», repetirá incesantemente en esa inventada conversación entre hermano mayor y menor que nunca ocurriría, pero que fue tan deseada y que en esta obra se hará realidad. A Antonio, le tocó el hielo de «la España de la rabia y la idea».

Manuel Machado, recién terminada la guerra, regresa a la casa de Madrid donde vivían la pequeña Ana –esa mujer menuda que dio a luz a cinco Machado y a la pequeña Cipriana, muerta antes de tiempo– y su hermano Antonio. La casa está intacta, no pasó la guerra por ella. La que sí pasó por ella fue la Paca, la impertérrita empleada del hogar de la familia que ha mantenido vivo el espíritu de aquellas cuatro paredes.

Manuel, el mayor, el responsable de la familia a la muerte temprana del padre, «traicionó a los suyos». Escribió cantos heroicos «al dictador», su salvaguarda ante la muerte. No acompañó a su admirado y querido hermano pequeño en el exilio en Colliure, no sujetó a su frágil madre durante la huida hasta Francia. No enterró a madre e hijo, dos días de diferencia entre sus muertes de pena, en un país ajeno. Viajó hasta allí cuando lo supo, pero llegó tarde. Y todos esos deseos no cumplidos le atormentan.

Manuel invoca a aquel Antonio con el que, antes de que España se rompiera en pedazos, escribía poemas; inventaba teatros; rondaba a Lola Membrives, actriz de su célebre obra conjunta La Lola se va a los puertos, disfrutaba de su infancia en un patio de Sevilla. Y su hermano acude a la cita. Y se dicen todo aquello que nunca se dijeron. Se preguntan por qué una ideología acabó con su amor y admiración, se escupen el dolor y también se vuelven a abrazar.

Y entre medias, un río de personajes como Rubén Darío; Valle-Inclán; la Membrives; la joven Leonor, primera esposa de Machado muerta con 18 años, o Guiomar, ese amor imposible del Antonio maduro, desfilan por la escena hablándonos de poesía, desamor y dolor.

Los hermanos Machado, dice la compañía del Teatro del Temple, responsable de este gran montaje, «es una España que suelen ser dos cuando se empeñan en que sea solo una (que es la suya) y que debiera ser muchas (que son todas las nuestras sin disputas) porque tal vez esta España es más un canto a lo no dicho, una metáfora a lo por decir». Yo añadiría que, efectivamente, debieran ser muchas y en el montaje a veces se olvida. Porque la comprensión es más unilateral que compartida.

Nada que añadir a la impecable actuación de Carlos Martín, Félix Martín y la todoterreno Alba Gallego. Es un lujo volver a estos días azules y a este sol de la infancia.

Los hermanos Machado

★★★★☆

Teatro:

Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa

Dirección:

Plaza de Colón, 4

Metro:

Colón

Prorrogada hasta el 13 de junio