Es tiempo de curar heridas

«Es el tiempo de la misericordia», dijo el Papa, en un encuentro con unos tres mil sacerdotes romanos. Era mucho más que una indicación sobre la prioridad de su pontificado. «Desde hace 30 años o más, estamos viviendo un tiempo de la misericordia». El Papa aludió a la Iglesia como un «hospital de campaña», que debe salir a la calle, y acercarse a una multitud herida «y agobiada, como ovejas sin pastor». Se necesitan sacerdotes «con entrañas de misericordia»

Ricardo Benjumea
Un momento del encuentro del Papa con el clero romano

«Es el tiempo de la misericordia», dijo el Papa, en un encuentro con unos tres mil sacerdotes romanos. Era mucho más que una indicación sobre la prioridad de su pontificado. «Desde hace 30 años o más, estamos viviendo un tiempo de la misericordia». El Papa aludió a la Iglesia como un «hospital de campaña», que debe salir a la calle, y acercarse a una multitud herida «y agobiada, como ovejas sin pastor». Se necesitan sacerdotes «con entrañas de misericordia»

«No estamos aquí para hacer unos bonitos Ejercicios, sino para escuchar la voz del Espíritu, que habla a toda la Iglesia en nuestro tiempo, que es el tiempo de la misericordia», les dijo el Papa a los cerca de 3 mil sacerdotes romanos, reunidos el jueves en el Aula Pablo VI del Vaticano. Francisco tenía un mensaje importante para ellos: «En este tiempo, estoy seguro, estamos viviendo un tiempo de la misericordia, desde hace treinta años o más hasta ahora. En toda la Iglesia es el tiempo de la misericordia», como intuyó Juan Pablo II, que canonizó a sor Faustina Kowalska e introdujo la fiesta de la Divina Misericordia.

¿Por qué es éste el tiempo de la misericordia? Hay «mucha gente herida», y se necesitan sacerdotes con «un corazón que se conmueva», explicó el Pontífice. «Los sacerdotes, me permito la palabra, asépticos no ayudan» en esta encrucijada histórica, en la que «la Iglesia podemos pensarla como un hospital de campaña».

No es la primera vez que Francisco recurre a esa expresión. «Perdonadme si lo repito, pero lo siento así -se disculpó-. Es necesario curar heridas. Hay mucha gente herida, por los problemas materiales, por los escándalos, también en la Iglesia», y los sacerdotes «debemos estar cerca de esta gente».

Entrañas de misericordia

El Papa quiere sacerdotes que estén en «la calle», con «entrañas de misericordia», que se conmuevan «delante de las ovejas, como Jesús, que veía a la gente cansada y agobiada, como ovejas sin pastor». Con el modelo del Buen Pastor, eso significa «estar llenos de ternura hacia la gente, especialmente hacia las personas excluidas, hacia los pecadores, hacia los enfermos que nadie cuida…»

Lo primero es «curar las heridas», dijo. Labor de primeros auxilios. Ya vendrán luego los análisis para ver el nivel de colesterol, «pero primero se deben curar las heridas abiertas. Para mí, en este momento, es más importante. Y hay también heridas escondidas. Hay gente que se aleja [de la Iglesia ] por no dejar ver las heridas escondidas. Y me viene a la mente la costumbre, por la ley mosaica, de los leprosos en la época de Jesús, que eran alejados. Sientes que se alejan por vergüenza, y se alejan quizá un poco con la cara torcida contra la Iglesia. Pero en fondo, dentro está la herida, quieren una caricia, y a vosotros, queridos hermanos, os pregunto: ¿conocéis las heridas de vuestros parroquianos?»

Para llevar a la práctica ese mensaje es preciso «restituir la prioridad del sacramento de la Reconciliación y de las obras de misericordia». Con respecto a lo primero, el Papa aludió al ejemplo de un gran confesor en Buenos Aires, que cuando se sentía con escrúpulos por perdonar demasiado, «se dirigía a la capilla y, ante el tabernáculo, decía: ¡Tú tienes la culpa porque me has dado un mal ejemplo!, y así se iba tranquilo».

Misericordia en el confesionario

El sacerdote no puede ofrecer a los demás el abrazo de Dios en la Confesión, si antes él no lo ha experimentado. Dicho esto, Francisco aclaró que «misericordia significa: ni manga ancha, ni rigidez». El rigorista «se lava las manos», se limita a interpretar la ley «de forma fría y rígida». También «el laxista se lava las manos, sólo aparentemente es misericordioso, pero en realidad no se toma en serio el problema de esa conciencia, minimizando el pecado. La verdadera misericordia se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, se acerca con respeto y con verdad a su situación. (…) Y esto es cansando, sí». Pero «ni el laxismo ni el rigorismo hacen crecer la santidad. Quizá algunos rigoristas parecen santos, pero pensad en Pelagio…» En cambio, «la misericordia acompaña el camino de la santidad, la hace crecer… Es mucho trabajo para un párroco, es verdad». Supone «sufrir como un padre y una madre sufren por los hijos».

Compasión es lo que pide Francisco al clero. «Dime, ¿tú lloras? ¿O hemos perdido las lágrimas?», preguntó. «Recuerdo en los misales antiguos, esos de otros tiempos; había una oración bellísima para pedir el don de las lágrimas: Señor, tú que has dado a Moisés el mandato de golpear la piedra para que llegara el agua, golpea la piedra de mi corazón para que vengan las lágrimas… Era algo así. ¿Pero cuántos de nosotros lloramos delante del sufrimiento de un niño, delante de la destrucción de una familia, delante de tanta gente que no encuentra el camino?»

«¿Lloras por tu pueblo?», insistió el Papa. «¿Haces la oración de intercesión delante del tabernáculo? ¿Luchas con el Señor por tu pueblo, como Abraham luchó (¿Y si fueran menos, si fueran 25, 20…?), una oración valiente de intercesión?… ¿Discutes con el Señor como hizo Moisés, cuando el Señor estaba cansado, agotado de su pueblo», y amenazó con destruirlo, y Moisés le retó a destruirle también a él? «Pero éstos tenían pantalones, y yo pregunto: ¿tenemos pantalones para luchar con Dios por nuestro pueblo? Y hago otra pregunta: la noche, ¿cómo concluye tu jornada? ¿Con el Señor? ¿O con la televisión? Y veo muchas sonrisas aquí; también yo sonrío. ¿Cómo es tu relación con los que ayudan a ser más misericordiosos? Es decir, ¿cómo es tu relación con los niños, con los ancianos, con los enfermos? ¿Sabes acariciarlos, o te avergüenzas de acariciar a un anciano? No tengáis vergüenza de la carne de tu hermano. Al final, seremos juzgados sobre cómo hemos sabido acercarnos a cada carne». Porque, «al final de los tiempos, será admitido a contemplar la carne glorificada de Cristo sólo quien no haya tenido vergüenza de la carne de su hermano herido y excluido».

Confidencias del Papa

El Papa expuso estas reflexiones «un poco a la buena, como me han venido», en un ambiente de gran cercanía, e incluso complicidad, en el que no faltaron algunas confidencias. Al final del encuentro, habló de un famoso confesor en Buenos Aires, con quien «casi todo el clero se confesaba» (confesó también a Juan Pablo II en una de sus visitas). Cuando murió, Jorge Bergoglio, entonces Vicario General, se encontró en el velatorio con «solamente dos ancianas y ninguna flor». Corrió a la floristería, y, al colocar las flores en el ataúd, «miré el rosario que tenía en la mano, y [salió] ese ladrón que tenemos dentro». El ahora Papa cogió la cruz y le pidió al difunto sacerdote: «Dame la mitad de tu misericordia». El obispo de Roma sigue llevando esa cruz consigo. «Como las camisas del Papa no tienen bolsillo, siempre llevo una bolsa de tela pequeña…, y cuando me viene un mal pensamiento, la mano se viene aquí siempre, y siento la gracia, y me hace bien».

El Papa les habló también a los curas romanos sobre su enfado con un alto responsable de la Nunciatura en Italia, que dio pábulo a unas acusaciones de abusos sexuales contra sacerdotes de la diócesis -que después se demostraron falsas-, sin molestarse en hacer comprobaciones. «Quiero pediros disculpas, no tanto como obispo vuestro, sino como encargado del servicio diplomático» de la Santa Sede, dijo el Papa. Concluyó agradeciendo la labor de tantos buenos sacerdotes, y afirmó que, «si Italia es todavía tan fuerte, no es tanto por nosotros, los obispos, sino por los párrocos, los sacerdotes. Y no es un poco de incienso para vosotros -bromeó-, sino porque lo siento así».

Ricardo Benjumea