El Papa pide en Brasil una «cultura del encuentro» - Alfa y Omega

El Papa pide en Brasil una «cultura del encuentro»

El Papa ha clamado con insistencia en Brasil contra la cultura del descarte y a favor de una cultura del encuentro, en la que haya espacio para todos, sin exclusiones: niños y ancianos, pobres, indígenas…

Ricardo Benjumea
El Papa saluda a una anciana, al llegar a la favela Varginha, el jueves 25 de julio

El Papa ha clamado con insistencia en Brasil contra la cultura del descarte y a favor de una cultura del encuentro, en la que haya espacio para todos, sin exclusiones: niños y ancianos, pobres, indígenas…

Entre las noticias sobre la visita del Papa que inundaban, el viernes, la prensa brasileña, se informaba sobre el hallazgo de un recién nacido en una caja de zapatos en Salvador de Bahía. Los policías que lo encontraron decidieron llamarle Francisco, en honor a quien, estos días, no se ha cansado de predicar en Brasil contra la cultura del descarte y por una sociedad que acoja a todos, especialmente los más débiles.

El Papa ha resaltado ese mensaje con llamativos gestos, como la ofrenda de una niña con anencefalia, en la Misa del domingo. Conoció a la familia el sábado, quedó impresionado y les invitó a participar en la ceremonia conclusiva de la JMJ. Pare o aborto, era el mensaje que lució su padre en el ofertorio, mientras Brasil estudia liberalizar esta práctica.

Una de las imágenes más características del Papa en Río ha sido la de sus encuentros con niños y bebés. A menudo, se los acercaban en sus trayectos en papamóvil para dárselos a besar y bendecir. Durante uno de los trayectos, sin embargo, los testigos relatan un encuentro que las cámaras no recogieron, pero que probablemente describa mejor la peculiaridad de este viaje y de este Papa. Fue cuando su coche se detuvo para permitirle besar a dos ancianas.

En el avión rumbo a Río, el Papa advirtió que viajaba a encontrarse con los jóvenes, pero también con los ancianos, que igualmente son el futuro de un pueblo, «porque ellos son los que aportan la sabiduría de la vida. Y tantas veces pienso que cometemos una injusticia con los ancianos cuando los dejamos de lado como si ellos no tuviesen nada que aportar».

El viernes se celebraba la festividad de San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, y el Papa aprovechó el rezo del Ángelus para resaltar la importancia de la familia y de la contribución, en ella, de los ancianos. De paso, animó a un «diálogo entre las generaciones», como «un tesoro que tenemos que preservar y alimentar. En estas Jornadas de la Juventud, los jóvenes quieren saludar a los abuelos», dijo el Papa. «Ellos, los jóvenes, saludan a sus abuelos con afecto y les agradecen el testimonio de sabiduría que nos ofrecen continuamente».

El día anterior, con un lenguaje más llano, durante la intervención sin papeles ante los jóvenes argentinos, el Pontífice denunció una eutanasia cultural, que consiste en que hoy, a los ancianos, «no se les deja hablar, no se les deja actuar».

Servidores de comunión

He ahí uno de los retos que marca el Papa para la Iglesia. «Ser servidores de la comunión y de la cultura del encuentro. Los quisiera casi obsesionados en este sentido», dijo durante la Misa con obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas.

El siguiente acto en la agenda de ese sábado era el encuentro con la clase dirigente de Brasil, en el Teatro Municipal de Río. El Papa quiso que, en lugar de alguna alta personalidad política, las palabras de saludo las dijera un joven de 28 años, Walmyr Junior, toxicómano rehabilitado, criado en un ambiente de violencia en una favela y hoy profesor de Historia, gracias a la ayuda de la parroquia. Subieron al estrado a saludar al Papa una mujer embarazada, a cuyo hijo bendijo, una niña con síndrome de Down y un grupo de indígenas, representantes de un sector de la población brasileña -menos del 1%; alrededor de 300 mil personas-, cuya integración sigue siendo una tarea pendiente para el Estado y la sociedad.

El Papa habló de promover «la humanización y la cultura del encuentro» en la sociedad, y pidió un mayor «sentido ético» a las élites del país. Se refirió, en concreto, a la necesidad de proseguir en los esfuerzos hacia la erradicación de la pobreza y de integrar a todos los ámbitos de la sociedad, a través de una simple fórmula: «Diálogo, diálogo, diálogo». En ese contexto, el Santo Padre habló también de la contribución de las «grandes tradiciones religiosas, que desempeñan un papel fecundo de fermento en la vida social y de animación de la democracia. La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado -añadió-, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia de la dimensión religiosa en la sociedad, favoreciendo sus expresiones más concretas».

Brasil no es Europa, pero no han faltado, estos días, algunas expresiones de violencia laicista, ni tampoco intentos de instrumentalizar las protestas de los jóvenes contra la visita del Papa. Aunque también ha sucedido lo contrario… Algunos dirigentes políticos han tratado descaradamente de instrumentalizar al Papa a su favor. La Presidenta Kirchner, de Argentina, comparó al Papa Francisco con su marido y predecesor: «Néstor también les dijo que transgredan, que salgan a la calle, cuando se refirió a ustedes, los jóvenes», dijo durante un acto. Evo Morales, Presidente de Bolivia, tampoco se resistió a las comparaciones: «El Papa Francisco dijo que para ser cristiano hay que ser revolucionario, y yo soy revolucionario», dijo, tras participar en la Misa de clausura. Y el Presidente de Venezuela, aunque no estuvo en Río, envió por carta una oferta de «que hagamos un acuerdo integral entre el Alba -la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América- y la Santa Sede».

Ricardo Benjumea