El Papa pide defender a los inmigrantes de los «mercaderes de carne»

«Quisiera agradecer a los que trabajan con los migrantes, acogiéndolos, acompañándoles en sus momentos difíciles, defendiéndolos» de los «mercaderes de carne humana», de quienes «quieren…

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«Quisiera agradecer a los que trabajan con los migrantes, acogiéndolos, acompañándoles en sus momentos difíciles, defendiéndolos» de los «mercaderes de carne humana», de quienes «quieren esclavizar a los migrantes», dijo el Papa, tras el rezo dominical del Ángelus. Por la tarde, Francisco se encontró con un centenar de refugiados durante su visita a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús

«Gracias por la acogida. Me siento en casa», dijo el Papa, al saludar a un grupo de refugiados en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia celebraba la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado.

Por la mañana, tras el rezo del Ángelus, el Papa citó al Beato Giovanni Battista Scalabrini, un obispo italiano del siglo XIX que fundó una congregación que se destacó por su atención a los inmigrantes, y que denunció fuertemente a los «mercaderes de carne humana», aquellos que quieren esclavizar a estas personas.

Tanto durante la homilía, como en la alocución previa al Ángelus, el Papa comentó el evangelio del día. «Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás», dijo en la Plaza de San Pedro.

[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»Palabras del Papa Francisco»]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado ordinario. En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, cerca del río Jordán. Quien la describe es el testigo ocular, Juan Evangelista, que antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto con el hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores. El Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado del alto, reconoce en Él al enviado de Dios, por esto lo indica con estas palabras: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! » (Jn 1,29).

El verbo que viene traducido con quitar, significa literalmente levantar, tomar sobre sí. Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene las características del Siervo del Señor, que «soportó nuestros sufrimientos, y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4), hasta morir sobre la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el río de nuestro pecado, para purificarnos.

El Bautista ve ante sí a un hombre que se pone en fila con los pecadores para hacerse bautizar, si bien no teniendo necesidad. Un hombre que Dios ha enviado al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento la palabra cordero se repite varias veces y siempre en referencia a Jesús. Esta imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga un peso tan oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador, sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes frente a cualquier ataque, sino soporta y es remisivo. ¿Qué cosa significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el lugar de la malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el lugar de la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero significa no vivir como una ciudadela asediada, sino como una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres.

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[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»Alocución y saludos del Papa tras el rezo del Ángelus»]

Después del rezo del Ángelus, el Santo Padre saludó a los fieles presentes en la plaza de san Pedro y recordó que «hoy celebramos la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con el tema Los migrantes y los refugiados: hacia un mundo mejor», tema que el Pontífice desarrolló ya en un mensaje publicado anteriormente.

«Dirijo un saludo especial a los representantes de las diversas comunidades étnicas aquí reunidas, en particular a las comunidades católicas en Roma. Queridos amigos, ustedes están cerca del corazón de la Iglesia, porque la Iglesia es un pueblo en camino hacia el Reino de Dios, que Jesucristo trajo en medio de nosotros. ¡No pierdan la esperanza de un mundo mejor! Les deseo que vivan en paz en los países que les acogen, custodiando los valores de sus culturas de origen.

Quisiera agradecer a los que trabajan con los migrantes, acogiéndolos, acompañándoles en sus momentos difíciles, defendiéndolos de aquellos que el beato Scalabrini definía: ¡mercaderes de carne humana! que quieren esclavizar a los migrantes.

De manera particular quiero agradecer a la Congregación de los misioneros de san Carlo, a los padres y religiosas scalabrinianos, que tanto bien hacen a la Iglesia y se hacen migrantes entre los migrantes.

En este momento pensemos en los muchos migrantes: ¡tantos migrantes y refugiados, en sus sufrimientos, en su vida a menudo sin trabajo, sin documentos…tanto dolor! Recemos todos juntos por los migrantes y refugiados que viven situaciones muy graves y difíciles».

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[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»Texto completo de la homilía del papa Francisco durante la Misa celebrada en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Castro Pretorio»]

Es hermoso, este pasaje del Evangelio: Juan que bautizaba. Y Jesús, que había sido bautizado antes -unos días antes- que venía: y ha pasado delante de Juan. Y Juan ha sentido dentro de sí la fuerza del Espíritu Santo para dar testimonio de Jesús. Y mirándolo, y mirando a la gente que estaba a su alrededor, dice: «He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo». Y da testimonio de Jesús: éste es Jesús, este es el que viene a salvarnos; este es el que nos dará la fuerza de la esperanza. Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar, pero cómo un cordero, tan débil, un corderito débil, ¿cómo puede eliminar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor. Con su mansedumbre. Jesús nunca ha dejado de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, rezaba. Pero, tan débil Jesús: como un cordero. Pero ha tenido la fuerza para cargar sobre sí todos nuestros pecados: todos. «Pero, padre, usted no sabe mi vida: tengo uno que… pero, ni siquiera puedo llevarlo con un camión…»

Muchas veces, cuando miramos en nuestra conciencia, nos encontramos con algunos que son grandes, ¿eh? Pero Él los lleva. Él ha venido para eso: para perdonar, para traer la paz en el mundo, pero primero en el corazón. Quizá cada uno de nosotros tiene una tormenta en el corazón, quizá tiene una oscuridad en el corazón, quizá se siente un poco triste por una culpa… Él ha venido a quitar todo eso. Él nos da la paz, Él lo perdona todo. He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado. ¡Pero quita el pecado con la raíz y todo! Esta es la salvación de Jesús, con su amor y su mansedumbre. Al oír esto que dice Juan el Bautista , que da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.

Muchas veces tenemos confianza en un médico: es bueno, porque el médico está para sanarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, y las hermanas están para ayudarnos. Es bueno tener esta confianza humana entre nosotros. Pero nos olvidamos de la confianza en el Señor: esta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor: encomendémonos al Señor. Pero, Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado…, todo lo que tenemos: Mira esto: ¡yo confío en ti! Y esta es una apuesta que tenemos que hacer: confiar en Él y nunca decepciona. Nunca, ¿eh ? ¡Nunca! Escuchad bien, chicos y chicas, que comenzáis la vida ahora: Jesús nunca decepciona. Nunca. Este es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero: asesinado. Sin gritar. Él ha venido a salvarnos, para quitar el pecado. El mía, el tuyo y el del mundo: todo, todo.

Y ahora os invito a hacer una cosa: cerramos los ojos; imaginamos esa escena allí, en la orilla del río, Juan mientras bautiza y Jesús que pasa. Y escuchamos la voz de Juan: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Miramos a Jesús y en silencio, cada uno de nosotros, le dice algo a Jesús desde su corazón. En silencio.

El Señor Jesús, que es bueno -es un cordero-, que ha venido a quitar los pecados, nos acompañe en el camino de nuestra vida. Y que así sea.

Zenit

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