El Papa explica el verdadero sentido del don de piedad

El Papa Francisco ha dedicado su catequesis del miércoles a otro de los dones del Espíritu Santo, la Piedad, que debe ser entendida, ha señalado el Santo Padre, como un sentido de pertenencia a Dios…

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El Papa Francisco ha dedicado su catequesis del miércoles a otro de los dones del Espíritu Santo, la Piedad, que debe ser entendida, ha señalado el Santo Padre, como un sentido de pertenencia a Dios, de profundo vínculo con Él que permite rezarle con el amor y la sencillez propia de los humildes de corazón. Nada que ver, añade, con el pietismo

papasentidodonpiedadLa piedad, entendida como compasión de alguien, no representa el verdadero significado del don de la Piedad, al que el Papa Francisco ha dedicado la catequesis de este miércoles.

Este don, ha explicado el Santo Padre, «es nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría». Esa alegría nos llena, a su vez, de gratitud y alabanza, del sentido del culto y la adoración.

Por eso, tal como ha expresado el Papa, «cuando el Espíritu Santo nos hace sentir la presencia de Dios y su amor por nosotros, nos reconforta el corazón y nos mueve de modo natural a la oración y la celebración».

A partir de ahí, y gracias a esa especial amistad con Dios, el don de la Piedad nos lleva a derramar este amor sobre los otros y a reconocerlos como hermanos, a ser piadosos y no a actuar movidos por el pietismo, contra el que ha alertado el Papa. «Algunos piensan que tener piedad es cerrar los ojos, hacer cara de estampita, y también fingir el ser un santo. Este no es el don de la Piedad». Muy al contrario, la piedad es ser capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, corregir al que está en el error, consolar a quien está afligido y socorrer al necesitado.

Además, ha dicho el Papa, el don de Piedad «nos hace apacibles, tranquilos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de otros con apacibilidad». Tras recordar las palabras del apóstol Pablo –no habéis recibido un espíritu de esclavos, sino el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios Abba, Padre– el Papa ha animado a los fieles a pedir al Señor ayuda para vencer el temor y ser testimonios gozosos de Dios.

[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»Texto completo de la catequesis que el Papa Francisco pronunció en italiano»]

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hoy queremos examinar un don del Espíritu Santo que a menudo viene mal entendido o considerado de una manera superficial, y que en cambio toca el corazón de nuestra identidad y de nuestra vida cristiana: es el don de la piedad.

Hay que dejar claro que este don no se identifica con tener compasión por alguien, tener piedad del prójimo, sino que indica nuestra pertenencia a Dios y nuestro profundo vínculo con Él, un vínculo que da sentido a toda nuestra vida y nos mantiene unidos, en comunión con Él, incluso en los momentos más difíciles y atormentados.

1. Este vínculo con el Señor no debe interpretarse como un deber o una imposición: es un vínculo que viene desde dentro. Se trata, en cambio, de una relación vivida con el corazón: es nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría. Por esta razón, el don de la piedad suscita en nosotros, sobre todo, gratitud y alabanza. Es éste, en realidad, el motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración. Cuando el Espíritu Santo nos hace sentir la presencia del Señor y de todo su amor por nosotros, nos reconforta el corazón y nos mueve de forma natural a la oración y la celebración. Piedad, por tanto, es sinónimo de auténtico espíritu religioso, de confianza filial con Dios, de aquella capacidad de rezarle con amor y sencillez que caracteriza a los humildes de corazón.

2. Si el don de la piedad nos hace crecer en la relación y en la comunión con Dios y nos lleva a vivir como sus hijos, al mismo tiempo nos ayuda a derramar este amor también sobre los otros y a reconocerlos como hermanos. Y entonces sí que seremos movidos por sentimientos de piedad -¡no de pietismo!- hacia quien nos está cerca y por aquellos que encontramos cada día.¿Por qué digo no de pietismo? porque algunos piensan que tener piedad es cerrar los ojos, hacer cara de estampita, ¿así no? y también fingir el ser como un santo, ¿no? No, este no es el don de la piedad. En piamontés nosotros decimos: hacer la mugna quacia, éste no es el don de piedad ¡eh! De verdad seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado. Hay una relación, muy, muy estrecho entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles. Nos hace tranquilos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los otros con apacibilidad.

Queridos amigos, en la Carta a los Romanos, el apóstol Pablo afirma: «Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios: ¡Abba, Padre!» (Rm 8, 14-15). Pidamos al Señor que el don de su Espíritu pueda vencer nuestro temor, nuestras incertidumbres, incluso nuestro espíritu inquieto, impaciente y pueda hacernos testimonios gozosos de Dios y de su amor. Adorando al Señor en la verdad y también en el servicio a los próximos, con mansedumbre y también con la sonrisa, que siempre el Espíritu nos da en la alegría. Que el Espíritu Santo nos dé a todos nosotros este don de la piedad. Gracias.

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