Un título poético y evocador, con fuerza para que el lector despliegue su memoria e imaginación. El niño, las sirenas y el tesoro (Ed. Ipso). Este es el último libro de Juan Pedro Quiñonero, corresponsal de ABC en París, pródigo en páginas con maduradas reflexiones y sugerencias en torno a la historia, y la pequeña crónica, de España, Francia y Europa.

Quiñonero es un escritor de marcadas influencias literarias, y si hubiera que elegir tres autores que le han inspirado, serían Proust, Azorín y Baroja, tres prosistas muy adecuados para vagabundear por las calles de París en busca de un pasado no tan remoto, del que puede quedar una placa enmohecida y borrosa, o a lo mejor ningún rastro. Quizás solo reste una fotografía color sepia para reconstruir momentos perdidos. No es casual que Quiñonero sea también un apasionado de la fotografía.

Este libro es un homenaje a Pío Baroja, que los manuales al uso nunca han sabido encasillar, si en el realismo, en el naturalismo o en las difícilmente clasificables peculiaridades de los escritores del 98. Las novelas de Baroja me recuerdan a los grandes folletinistas franceses del XIX, entre los que no faltará Julio Verne.

Con todo, Quiñonero destaca en Baroja un componente surrealista no advertido por muchos críticos. La novela El hotel del Cisne, escrita en el París de 1939-40, es un rebosadero de sueños y pesadillas, un guión perfecto para una película de Buñuel, aunque el miedo y la tensa espera de una ciudad, en la que estaban a punto de entrar las tropas hitlerianas, podían ser perfectos ingredientes, aunque no únicos, para los fantasmas barojianos.

Pese a su reducida extensión, esta monografía del corresponsal de ABC es una obra de grueso contenido: recuerdos de infancia, cuyo legado perdurable es la transmisión del amor por los libros; evocación del Madrid barojiano en torno a la calle de Tudescos y al no poco surrealista personaje de Silvestre Paradox; memorias tempranas del oficio periodístico y literario del autor… Y todo ello con la historia de España, y algunos hechos del presente, para servir de adecuado contrapunto.

Pero no hay Quiñonero sin París. Las últimas páginas son un recorrido, más bien de mínimos, por la geografía parisina de Baroja. Si con Hemingway, París era una fiesta, con Quiñonero, París es una aventura, con rutas que pasan, sin duda, por librerías de viejo y calles estrechas del Barrio Latino.

Antonio R. Rubio Plo