Ignacio Osuna: el médico que apadrinaba niños gitanos

El médico que apadrinaba niños gitanos y llevaba a los pobres al Rocío

Se cumplen 20 años de la muerte de Ignacio Osuna, cuya causa de canonización sigue abierta en Córdoba

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
El médico Ignacio Osuna. Foto cedida por Fernando Osuna.
El médico Ignacio Osuna. Foto cedida por Fernando Osuna.

Ignacio Osuna murió el 28 de septiembre de 2006, a los 49 años, víctima de un cáncer que le fue diagnosticado apenas dos meses antes de su muerte. Ahora, cuando se cumplen 20 años de su fallecimiento, la figura de este médico ejemplar sigue siendo recordada en Baena y Écija, donde cuenta con calles a su nombre, mientras permanece abierta su causa de canonización en la diócesis de Córdoba.

La fe había ocupado un lugar central en su vida desde niño. Su hermano Fernando recuerda que, con apenas 7 años, Ignacio acudía habitualmente a la capilla de la casa familiar y se vestía de monaguillo. Durante su etapa de bachillerato, esa inquietud religiosa se fue uniendo a una creciente preocupación por los más pobres y desfavorecidos. A los 19 años llegó incluso a ingresar en el seminario, dejando temporalmente sus estudios de Medicina, a su novia y a su familia, formada por diez hermanos. Sin embargo, pronto comprendió que aquel no era el camino al que Dios lo llamaba y regresó a la carrera de Medicina, que terminó con excelentes calificaciones.

Ignacio Osuna en su juventud. Foto cedida por Fernando Osuna.
Ignacio Osuna en su juventud. Foto cedida por Fernando Osuna.

Su vocación médica estuvo marcada desde entonces «por el deseo de servir», recalca su hermano Fernando. Tras aprobar las oposiciones de médico rural, eligió trabajar en pequeñas localidades y aldeas de Córdoba, donde consideraba que podía hacer un mayor bien a las personas que más lo necesitaban. De hecho, Ignacio comparaba las enfermedades, lesiones y patologías que trataba como médico con los sufrimientos de Cristo durante la Pasión. «Él amaba desenfrenadamente a los más pobres», constata su hermano.

Fuera de la consulta

Su compromiso con los más necesitados no se limitó a la consulta. Durante los veranos, mientras buena parte de su familia se trasladaba a la costa, él permanecía en Écija y madrugaba para acudir diariamente a Misa en el convento de las Hermanas de la Cruz. Después dedicaba buena parte de la jornada a buscar recursos para las religiosas. Llegaba a pedir pescado, vehículos de carga y trigo a propietarios de distintas fincas, con el objetivo de que las hermanas pudieran convertirlo en harina y obtener así recursos para su labor asistencial.

También mantuvo una estrecha relación con personas que vivían en situaciones de extrema pobreza. Fernando recuerda especialmente sus visitas a un barrio de Écija en el que residían decenas de familias gitanas con pocos recursos. Ignacio acudía allí con frecuencia y llegó a ser padrino de al menos seis o siete niños de etnia gitana. Su hermano destaca que se movía entre aquellas familias con absoluta naturalidad, hasta el punto de convertirse en una persona «cercana y querida» por ellas.

Cuando tenía 17 o 18 años creó además un grupo de jóvenes en el que buena parte de sus integrantes tenían discapacidades físicas o intelectuales. «En lugar de orientar su tiempo libre hacia las actividades habituales de otros jóvenes de su edad, decidió dedicarlo a acompañar a aquellas personas», recuerda Fernando. También organizaba durante los veranos viajes al Rocío para niños y jóvenes con pocos recursos, buscando financiación para los autobuses y el alojamiento de personas que, en muchos casos, nunca habían tenido la oportunidad de conocer la playa o participar en una experiencia semejante.

Vida espiritual

Fernando subraya que toda aquella actividad estaba sostenida por una vida espiritual intensa. Ignacio era de Misa diaria, hacía oración y procuraba ofrecer a Dios tanto su trabajo como sus estudios y las personas a las que ayudaba. Su entorno conserva numerosos testimonios de sacerdotes, religiosas y otras personas que aseguran haber encontrado en él un ejemplo de fe y de servicio, incluso entre quienes no eran creyentes.

La huella de Ignacio se hizo especialmente visible tras su muerte. Fernando recuerda que en su funeral se reunieron personas de procedencias muy distintas, entre ellas drogodependientes, inmigrantes y vecinos de los ambientes más desfavorecidos a los que había dedicado buena parte de su vida. Para su hermano, esa presencia fue una muestra del alcance que había tenido su entrega silenciosa: «su profesión y su fe fueron los dos caminos inseparables que vivió al servicio de los demás».