El latido en primera fila - Alfa y Omega

Había en los domingos de nuestra infancia una liturgia doméstica sencilla y luminosa. Tras la Misa matinal en familia, el salón de casa se inundaba con la sintonía inconfundible de Gente Joven. Para los niños y adolescentes que crecimos en aquella España ilusionada de la Transición, en pleno tránsito del blanco y negro al color, aquel espacio no era solo un concurso televisivo; era una ventana abierta al asombro dominguero, un limpio semillero de esperanzas donde contemplábamos el debut de talentos que marcarían época, como un jovencísimo José María Cano arropado por Ana Torroja y su hermano Nacho —germen indiscutible de Mecano—, o la voz torrencial y templada de Francisco, entre otros.

Décadas antes de que el despliegue técnico y la espectacularidad de Operación Triunfo, La Voz o Got Talent colonizaran los televisores planos, aquel certamen pionero ya enseñaba a apreciar la parábola evangélica de los talentos: el don natural perfeccionado mediante el estudio paciente, la disciplina y el trabajo bien hecho al servicio de los demás.

Cómo olvidar que en el centro de aquella orquesta de Televisión Española había una presencia que imantaba nuestras miradas infantiles sin remedio. Contra toda costumbre académica, que solía relegar la percusión a la penumbra trasera del escenario, la batería se erigía en primera fila, dominando el primer plano del tiro de cámara. Y a los mandos de aquel instrumento deslumbrante oficiaba Pepe Sánchez, el maestro cordobés que acaba de partir hace unos días, a los 81 años, dejando una huella imborrable en una parcela de nuestra memoria.

Pepe fue un auténtico frontman de la música española tiempo antes de que adoptáramos con naturalidad los anglicismos de la industria. Su empeño en colocar los tambores en la vanguardia física no respondía a la vanagloria, sino a una profunda convicción técnica que había asimilado en sus viajes de trabajo con gigantes como Henry Mancini. La batería encierra una energía tan expansiva que, si se sitúa en la proa de la orquesta, cobija a todo el conjunto armónico y además no molesta. Desde ese puesto de honor, Pepe ejercía un magisterio musical y providencial. 

Con una maestría rítmica serena y una técnica prodigiosa, Pepe arropaba a los concursantes inexpertos, marcando el pulso exacto para que ninguno titubeara en su solo o se perdiera ante el vértigo del directo.

Hoy, cuando el entretenimiento audiovisual parece extraviarse a menudo en el artificio efímero y las tensiones prefabricadas, el fallecimiento de Pepe Sánchez nos invita a una fecunda nostalgia. Nos recuerda aquel tiempo en que la excelencia instrumental no buscaba deslumbrar con grandilocuencia, sino sostener con generosidad el vuelo de tantos cantantes noveles. Que el Señor acoja en su seno al gran timonel de nuestros domingos de mocedad.