El historiador Santiago de Pablo: «En la separación de las diócesis vascas prevaleció lo pastoral»
Se cumplen 75 años de la creación de las tres diócesis vascas y este catedrático de Historia recuerda cómo los movimientos pacifistas surgieron en ámbitos católicos
—¿Qué había antes de la bula Quo commodius, con la que se crearon las tres diócesis vascas en 1950 a partir de la de Vitoria?
—En 1862 se creó la diócesis de Vitoria, desgajada sobre todo de la de Calahorra. Incluía las tres provincias vascas. Fue un movimiento muy buscado por la Iglesia local, porque no se entendía que no hubiera ninguna diócesis en territorio vasco. Así se mantuvo hasta la bula Quo commodius. Pero Vizcaya y también Guipúzcoa, a partir de finales del XIX, con la industrialización, crecieron mucho. Por ello, tras la Guerra Civil se empezó a ver la conveniencia de dividir la diócesis, que era enorme, y crear otras dos más.
—¿Fue solo por crecimiento demográfico o hubo motivos políticos?
—Claro, estamos en pleno franquismo. Posguerra. Se trata de un momento en el que la mezcla de política y religión está a flor de piel. Y es cierto que hay autores que hablan de motivos políticos. Hablan de un cierto interés en dividir una diócesis que por parte del Gobierno se pensaba que podía ser peligrosa al ser demasiado próxima al nacionalismo vasco. Sin embargo, los documentos del Vaticano, de la propia diócesis y del Gobierno, al final demuestran que lo que prevaleció para desgajar la diócesis fueron los motivos pastorales. Es decir, la diócesis tenía muchísima población y se pensó que dividiéndola y creando nuevos obispos se podría atender mejor a la gente.
—El sábado se celebra en Estíbaliz el 75 aniversario de la bula que en realidad separó las tres diócesis, pero conmemoran este hecho juntas. ¿Se puede percibir, entre líneas, un mensaje de fraternidad frente a la polarización del mundo? ¿Qué balance hace?
—Las dos nuevas diócesis se asentaron enseguida y la bula para nada fue una ruptura. Desde el inicio hubo muchas comisiones interpastorales. Había misiones diocesanas que dependían de las tres. El tema, por ejemplo, de preparar el Misal en euskera tras el Concilio Vaticano II. Respecto a lo de la fraternidad, creo que sí. Más allá de la división territorial, hay un claro mensaje de unidad. Y eso es claramente extrapolable a muchas situaciones de nuestro entorno. Ese caminar juntos debería seguir siendo fundamental.
—¿Cómo reaccionó la Iglesia en el País Vasco durante los años duros de ETA?
—Ha sido muy heterogénea a nivel político, social e identitario. Se percibió con claridad durante el franquismo, cuando había parte del clero que era nacionalista. Incluso algún sector minoritario identificaba de alguna manera las acciones de ETA en aquella época con lo que podía ser la teología de la liberación latinoamericana; una especie de teología de la liberación a la vasca. Pero tampoco hay que olvidar que, junto a ello, los obispos condenaron los primeros asesinatos de la banda. Es verdad que a veces tendrían que haberlo hecho, creo yo, con palabras más claras. En ocasiones se hablaba demasiado del contexto o de un cierto conflicto. Deberían haber tenido más puntos de cercanía con las víctimas. Veo que la Iglesia no era ajena al actuar mayoritario de la sociedad vasca, que tardó mucho tiempo en plantar cara directamente a ETA y en reconocer el sufrimiento de las víctimas.
Por último, no puedo dejar de señalar que muchos de los movimientos pacifistas contra ETA —Gesto por la Paz, por ejemplo— surgieron en ámbitos católicos. Fueron los primeros movimientos que salieron a la calle a decir «no». Estaban vinculados a los escolapios y a otros colegios religiosos, a parroquias. No es una historia de blancos o negros, sino que hay que hablar también de muchos grises.
—¿Cómo han evolucionado esos grises? En 2018 los obispos pidieron perdón públicamente.
—Efectivamente, hubo un cambio muy importante desde los primeros asesinatos de ETA en 1968 hasta los años 2000, pasando por la Transición. La Iglesia cada vez se posicionaba más en contra de la violencia y tenía más gestos a favor de las víctimas. Recuerdo, por ejemplo, que Miguel Asurmendi, el anterior obispo de Vitoria, empezó a celebrar todos los funerales de víctimas de ETA de una manera muy directa. Luego llegó ese momento, en 2018, donde se reconocieron las cosas que se hicieron mal. Eso es algo que prácticamente nadie ha hecho. También hubo en el año 2021 un acto de oración en Armentía en contra de la violencia y del terrorismo al que asistieron los obispos de las tres diócesis y un nutrido grupo de fieles.