El Evangelio según Delibes

Era un católico sincero que celebró el aire renovador impulsado por el Concilio Vaticano II. En sus obras no reinventó el Evangelio, sino que nos pidió que fuéramos fieles a su espíritu

Rafael Narbona
Su pasión por el campo es sobradamente conocida. En esta foto, que forma parte de la exposición de la BNE, contempla el paisaje castellano. Foto: Fundación Miguel delibes. Foto: Felipe Scheffel

La obra literaria de Miguel Delibes no se comprende al margen de su fe. Desde su primera novela, La sombra del ciprés es alargada (1948), hasta la última, El hereje (1998), se aprecia la huella del Evangelio, dibujando un horizonte moral irrenunciable. Delibes era un católico sincero que celebró el aire renovador impulsado por el Concilio Vaticano II. En sus primeras obras, los protagonistas se angustian ante la posibilidad de un mundo sin Dios. En La sombra del ciprés es alargada, Pedro lucha contra la herencia espiritual que le ha legado Mateo Lesmes, un maestro hondamente pesimista. Sin Dios, el mundo se parece a la sombra del ciprés: escuálida, afilada, insuficiente. En cambio, Dios prodiga una sombra amplia y generosa, capaz de cobijar a todos. Delibes siempre huyó de la sombra del ciprés, pero a veces no pudo evitar que lo alcanzara.

Cuando en 1974 murió su esposa, Ángeles Castro, se internó en una penumbra de la que nunca lograría desprenderse del todo. Hasta 1991 no conseguiría abordar su pérdida en Señora de rojo sobre fondo gris, una de sus novelas más conmovedoras. «Hombre de fidelidades», según sus propias palabras, Delibes no volvió a casarse. Su matrimonio siempre me ha recordado esa «fidelidad creadora» de la que habla Mounier, donde el amor, lejos de convertirse en rutina, se reinventa día a día. La literatura de Delibes gira alrededor de tres grandes temas: naturaleza, hombre, Dios.

Su pasión por el campo y la caza menor es sobradamente conocida. Ecologista pionero, su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua en 1975 fue una vigorosa advertencia sobre el deterioro medioambiental. Las modernas sociedades industriales habían olvidado el papel del ser humano. No somos los dueños de la tierra, sino los responsables de su continuidad. La destrucción del medio natural aboca a la miseria y el desarraigo. Es el mismo mensaje que lanza el Papa Francisco en su encíclica Laudato si, incitando al cuidado de nuestra casa común.

En El camino (1950), Diario de un cazador (1955) y Diario de un emigrante (1958), Miguel Delibes recreó la armonía entre el hombre y la naturaleza, mostrando que en los pueblos la convivencia teje vínculos más duraderos que en las grandes ciudades, fomentando el sentimiento de comunidad y pertenencia. En Viejas historias de Castilla la Vieja (1960), un personaje afirma que «ser de pueblo es un don de Dios. En las ciudades uno se muere del todo; en los pueblos, no; […] algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos». Delibes no es un ingenuo. Sabe que en los pueblos también hay sufrimiento, escasez, desesperanza. En Las ratas (1962), refleja la crudeza de las regiones maltratadas por la sequía, el granizo y la desidia institucional. El Nini, un niño santo y sabio, convive con el tío Ratero. Ambos sobreviven matando y comiendo ratas. Es difícil imaginar una situación más inhumana.

Delibes es un humanista radical. Su preocupación por el hombre recorre toda su obra. En Los santos inocentes (1981), muestra una piedad evangélica hacia los pobres, los enfermos y los locos. Se anticipa a su tiempo hablando de la España vacía (El disputado voto del señor Cayo, 1978) y llamando la atención sobre la soledad de los mayores (La hoja roja, 1959). Su amor por la libertad le hará mostrarse muy crítico con la dictadura (Cinco horas con Mario, 1966), abogando por la reconciliación de las dos Españas.

Delibes dijo adiós a la novela con El hereje, donde recreaba los ambientes erasmistas que surgieron en España al calor de la Reforma. Dios es la estación última de una literatura que nunca perdió de vista la lección del Evangelio: la salvación vendrá de lo pequeño y humilde. Sin la expectativa de Dios, la última palabra será del señorito Iván, que en Los santos inocentes abusa de su posición privilegiada, y de otros como él, que no atienden las súplicas de los pobres como Lázaro. Delibes no reinventó el Evangelio, sino que nos pidió que fuéramos fieles a su espíritu, recordándonos su enseñanza esencial: «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Marcos 9, 35).

Bio
  • 1920: Nace en Valladolid 
  • 1946: Se casa con Ángeles Castro
  • 1948: Su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, obtiene el Premio Nadal
  • 1958: Director de El Norte de Castilla
  • 1973: Miembro de la Real Academia Española de la Lengua
  • 1974: Fallece su esposa
  • 1982: Premio Príncipe de Asturias de las Letras
  • 1994: Premio Cervantes
  • 2010: Fallece en Valladolid