El don renovado de la alegría - Alfa y Omega

El don renovado de la alegría

En declaraciones a la cadena COPE, entrevistado por Javier Alonso Sandoica, el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, ha hecho balance de los días de Navidad y de la fiesta de la Sagrada Familia

Javier Alonso Sandoica
El cardenal Rouco durante el envío de las 'Familias en misión', al final de la Misa de la Sagrada Familia, en la plaza de Colón
El cardenal Rouco durante el envío de las Familias en misión, al final de la Misa de la Sagrada Familia, en la plaza de Colón.

¿Podríamos hacer un balance de lo que han supuesto estos días de Navidad?
En estos días del tiempo de Navidad hemos tenido uno, desde el punto de vista pastoral, muy importante, que es el día 30, fiesta de la Sagrada Familia. De algún modo, un poco la vida de la Iglesia en Madrid, y yo creo que en otros lugares de España y de Europa, se vivió todo el tiempo de la Navidad con un profundo acento familiar. De por sí, la Navidad ya es fiesta litúrgica que lleva consigo un acento muy hondo desde el punto de vista de su vivencia en familia, tanto en relación con ir juntos a Misa por la noche, a la famosa Misa del Gallo de nuestra tradición popular, como también con el hecho de la reunión familiar, donde todavía la familia es así en muchos casos, mantiene la unidad entre las generaciones; de manera que, de por sí, la fiesta de Navidad es una fiesta muy familiar. Además, litúrgicamente, ya terminando la Octava de Navidad, la Iglesia nos pone delante el modelo de la Sagrada Familia, que es donde nace el Señor, y donde después crece, madura, se desarrolla, en estatura, en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres. Por eso creo yo que ha sido una Navidad muy familiar, vivida muy en torno al gran misterio de la Sagrada Familia y, por lo tanto, en torno al Evangelio de la familia, a lo que supone la verdad y el valor de la familia para el hombre en general de todos los tiempos, y de una manera especialmente urgente y grave para el hombre y la sociedad nuestra, de estos días.

La fiesta de la Sagrada Familia estuvo precedida por dos días de preparación intensa, que fueron días en los que se instaló una carpa con la exposición del Santísimo. Esto ha ayudado mucho a las familias, no sólo madrileñas, porque vinieron de otras partes de España, y del mundo.

Es muy interesante subrayar el valor de esa preparación espiritual que implica abrir el corazón a la presencia de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, precedida de la vivencia de esa Presencia, del encuentro con Él en el sacramento de la Penitencia. Toda gran celebración litúrgica, si no va precedida de una cierta, más aún, una profunda preparación espiritual e interior, termina siendo un fenómeno más o menos bello desde el punto de vista de la estética de la celebración, eso en el mejor de los casos, o festivo desde el punto de vista de un cierto ánimo o tono que pueda dominar la asamblea, pero en cualquier caso siempre muy superficial, algo que se queda reducido a una representación poco menos que teatral. Por eso, la gran celebración del Día de la Familia precisaba mucho de esa preparación espiritual de fondo, vivida directamente por muchas familias. Toda acción pastoral activista que se mueve, comienza y termina en un activismo, más o menos bien intencionado, o más o menos ligero, no da frutos de conversión, no da frutos de fe. En este Año de la fe, la piedra de toque de toda conversión personal y de toda fecundidad pastoral es si, efectivamente, se ha dado el de la fe, si se ha avanzado en el convencimiento y la vivencia profunda del de la fe.

Para la Misión Madrid nos ha venido muy bien la solemnidad de la Epifanía, porque es la mostración del Señor al mundo entero. ¿Cómo podemos manifestar a todos que Jesucristo es el Hijo de Dios?
La tradición popular es muy hermosa, la vivida en España y en otros países de Europa también. Los niños que se ven con el Niño Jesús de Belén, acompañados o dejándose acompañar por esos tres Magos, tres sabios de Oriente, tres reyes de Oriente, primero, que le reconocen como el Mesías prometido y que le adoran, y que le llevan dones y, por lo tanto, reconocen en Él el Principio, la persona de la cual viene la salvación. Los niños aprenden esa lección, pueden aprenderla mucho. Por lo tanto, en esa lección de los niños que se dejan acompañar por los Magos, que nos llevan hasta la cuna del Niño y hasta ese momento de los dones presentados al Señor, hay una especie de invitación a hacer partícipes a todos los niños del mundo, y a todo el mundo, de ese gran don del Hijo de Dios hecho carne por nosotros, de la Palabra hecha carne por nosotros, de esa Palabra que es vida, amor, salvación para el hombre. La celebración de la Epifanía que tiene lugar en toda la Iglesia, además, como coincide en domingo este año, favorece la toma de conciencia por parte de toda la Iglesia del contenido, del significado de la fiesta, sobre todo del significado y contenido misionero de la misma.

Espero que los Reyes hayan traído a todos un poco del don de la alegría de la Navidad renovado. Dice la tradición patrística, y una gran tradición de la devoción cristiana, que el oro representaba ese reconocimiento del Niño Jesús como rey; el incienso, el reconocimiento de Él como Dios, como el Hijo de Dios, Salvador del hombre; y la mirra, como reconocimiento de que Él nos va a redimir a través del misterio de su Pasión. Que esos dones de la fe que reconoce que Dios reina, que puede reinar en tu corazón y en tu vida, que Dios te va a llevar por un camino de amor, que a veces va a ser de cruz, pero en el fondo de salvación, sea un buen regalo de la fiesta de hoy para todos.