El cura gallego que supo cambiar de acento

Del 13 al 17 de enero, más de cincuenta sacerdotes españoles de la OCSHA, llegados desde catorce tierras de misión diferentes, se han encontrado en Caracas para fomentar la fraternidad sacerdotal, conocer la realidad del país que acoge el encuentro y compartir lugares comunes que favorezcan la nueva evangelización

Cristina Sánchez Aguilar
Alrededor de 2.300 sacerdotes españoles han sido enviados por la Iglesia a evangelizar en tierra iberoamericana
Del 13 al 17 de enero, más de cincuenta sacerdotes españoles de la OCSHA, Obra de Cooperación Sacerdotal para Hispanoamérica, llegados desde catorce tierras de misión diferentes, se han encontrado en Caracas para fomentar la fraternidad sacerdotal, conocer la realidad del país que acoge el encuentro –cada año se hace en uno diferente– y compartir lugares comunes que favorezcan la nueva evangelización. Uno de los sacerdotes anfitriones, don José Martínez Domínguez (en la foto), llegó desde Orense al continente de la esperanza con 24 años. El pasado mes de diciembre celebró en Venezuela sus Bodas de Oro: «Me he dedicado a trabajar en el lugar que Dios me puso, con alegría, esfuerzo y, a veces, con sacrificio»

Sólo contaba con 23 años cuando José Martínez se ordenó en Orense. «Tuve que pedir dispensa papal, porque la edad mínima eran 24 años», explica orgulloso el sacerdote desde Caracas, lugar donde celebró en diciembre sus Bodas de Oro. «Yo tenía claro desde siempre que quería ir a América a evangelizar. Por aquel entonces, cruzar el charco era algo lejano, lleno de sorpresas, y también desconocido. Porque ahora quien quiera, aunque sea a través de los medios de comunicación, conoce cualquier lugar del mundo, pero entonces era una aventura, casi heroica». Por eso, después de estar un año en la diócesis, y otro seis meses en Madrid preparándose para la misión, despegó rumbo a Chile, su primer destino; «un país muy afectuoso, donde al extranjero lo miraban con cariño –todo lo contrario a Venezuela, donde eras un intruso–», cuenta don José. «Un compañero y yo llegamos a Santiago para trabajar con las Juventudes Obreras Católicas, las JOC. Buscamos dentro del mundo obrero y pobre los líderes naturales, nos comprometimos con las asociaciones de vecinos para potenciar el desarrollo de la gente más sencilla, construimos una parroquia…», todo iba bien, hasta que se produjo el golpe de Estado de 1973, momento en que la situación se tornó «incómoda, había mucha tensión», recuerda.

Tras una visita a unos familiares en Venezuela, don José decidió quedarse un tiempo en el país; tiempo que acabó convirtiéndose en nueve años en los que trabajó «intensamente con los jóvenes en una parroquia puesta en marcha por norteamericanos», y donde dejó un poso que condicionaría los siguientes treinta años de su vida. Porque volvió a Chile, pero por un tiempo limitado, ya que el país venezolano se había prendado de él, y no dudaron en llamarle para construir una parroquia en una zona nueva, donde la prioridad era evangelizar a los jóvenes que se mudaban allí para formar una familia. «El objetivo era la evangelización, así que había que crear espacios para ello. En cuatro años, conseguimos un terreno y montamos la parroquia, que acaba de cumplir su veinte aniversario. Esto está lleno todos los días: damos catequesis, hacemos reuniones con matrimonios, hay grupos de oración…, hasta vienen colegios a hacer retiros. Y tiene su fruto: actualmente, 54 fieles han estudiado teología, y el curso ha arrancado con más de 100 jóvenes en el grupo de Confirmación, y otro centenar se prepara para hacer la Primera Comunión», afirma el sacerdote orensano, que perdió el acento gallego en pro de un seseo propio del castellano hispanoamericano.

Esta fe viva, tan propia del continente de la esperanza, como lo definiese Juan Pablo II, es especialmente activa en Venezuela, donde, según don José Martínez, «la actual situación política ha hecho que la gente se acerque más a Dios y tengan mucho respeto a la Iglesia, ya que el resto de las instituciones provocan decepciones continuas».

Encuentro con viejos amigos

Cincuenta años después, el balance de este sacerdote gallego es que «me he dedicado a trabajar en el lugar que Dios me puso, con alegría, esfuerzo y, a veces, con sacrificio» No es el único: decenas de testimonios como el suyo son los que se han dado cita estos días pasados en el encuentro de la OCSHA, donde, acompañados por monseñor Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo y Presidente de la Comisión de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, y por Anastasio Gil, Director de la OCSHA y de Obras Misionales Pontificias, los sacerdotes españoles han mostrado «lo hermoso que es gastar la vida consagrándose a Dios y haciendo todo el bien que uno puede».

Los españoles en Hispanoamérica, «veteranos la mayoría, porque ya llegan pocos jóvenes –unos 2.300 españoles han sido enviados por la Iglesia para anunciar el reino de Dios en la tierra iberoamericana–, hemos hecho de todo: levantado iglesias en medio de la selva, en los barrios pobres, hemos puesto en marcha colegios, universidades…, y somos hombres felices, realizados, satisfechos de haber gastado nuestra vida en torno al Señor, aun con nuestros fallos», recalca don José; «la labor de los sacerdotes de la OCSHA ha sido un testimonio muy valioso para la Iglesia de estos países».

Cristina Sánchez Aguilar