El chaval que pedía libros al Niño Dios

Javier Alonso Sandoica

El pasado sábado, el suplemento ABC Cultural nos regalaba un texto inédito del Nobel Vargas Llosa, a propósito de su filias literarias y su precoz entusiasmo por el universo de las letras. Allí reconocía que fue un lector voraz desde muy chico, «que en las Navidades, cuando había que escribirle cartas al Niño Dios, siempre le pedía libros». Y pasa de seguido al catálogo de recomendaciones, sustrato de sus primeras papillas: Salgari, Victor Hugo, Dumas…

Con Vargas Llosa siempre me ha quedado una conversación pendiente. Coincidimos en la exposición taurina de las Ventas el pasado año. Recordemos que, por entonces, andaba en boca de todos su último libro La civilización del espectáculo (Alfaguara), un ensayo lúcido sobre la pérdida de rumbo de una sociedad que ha desorientado su viaje espiritual y se ha convertido en productora exclusiva de sus propios goces. El Nobel me preguntó si había leído el capítulo que dedicaba a la religión, y le dije, maldiciendo mi mala suerte, que aún no, pero lo emplacé para una próxima feria en la que pudiéramos debatir sobre el asunto con canapés de por medio. Días más tarde, leí que aquel chaval que escribía cartas al Niño Dios pidiéndole libros cree que la religión es un opio útil. Así lo dejó escrito en su libro. Asimila el hecho religioso a una moral a la que se debe extirpar toda estribación metafísica.

Sorprende que el capítulo se denomine así: El opio del pueblo, y que empiece su reflexión afirmando que el combate de Al-Quaeda sea ante todo una ofensiva religiosa, afirmación desafortunada y delirante. Es como si consideráramos agrupación religiosa a la banda terrorista Boko Haram, que mantiene mudas de pánico a 130 niñas, ya que ha expresado su convicción de que «Dios está detrás de sus decisiones».

Bien lo ha dicho esta misma semana el Papa en la explanada de las mezquitas de Jerusalén: «Que nadie instrumentalice el nombre de Dios para la violencia». Vargas Llosa aparta la razón para acercarse al hecho religioso, con lo que es de suponer que no ha leído al Papa emérito. El famoso discurso de Ratisbona supuso un nuevo itinerario para la fe musulmana. Desde entonces, 278 intelectuales que profesan el Islam escribieron una Carta abierta sobre la racionalidad de la fe. A pesar de que La tía Julia y el escribidor sea un obrón, a su autor le queda trecho por entender el hecho de la fe.

Javier Alonso Sandoica