El Brujo y la Santa - Alfa y Omega

El Brujo y la Santa

Cristina Sánchez Aguilar
Foto: EFE/Mariano Cieza Moreno

Santa Teresa de Jesús ha llegado a los Teatros del Canal de Madrid de la mano de Rafael Álvarez, el Brujo, cordobés afincado en la capital, enamorado confeso de los místicos y «seguidor de Jesús», como él mismo se define. Su recorrido por las grandes figuras del cristianismo comenzó con su espectáculo San Francisco, el juglar de Dios, continuó por El Evangelio según san Juan –que estudió durante cuatro años– y terminó con los dos grandes doctores de la Iglesia del siglo XVI. Analizó a san Juan de la Cruz en La luz oscura de la fe, y ahora se atreve con la que define como «una mujer insólita, determinada y a la que admiro profundamente». Ojo, la obra no es apta para puristas. Chascarrillos, bromas y risas se intercalan con la visión más profunda de la mística.

Varios de sus espectáculos están relacionados con el cristianismo. ¿Es usted un hombre creyente?
Soy buscante y experienciante, y por lo tanto creyente. Voy a Misa los domingos porque amo a Cristo y le busco con el corazón. Sin embargo, cuando se habla de la fe en el ámbito occidental la conectamos a una serie de valores y tradiciones muy ceñidos al catolicismo. Yo me baso más en la experiencia que en la propia creencia. Lo que me interesa por ejemplo de los místicos es su universalidad, más allá de cualquier confesión religiosa o tradición cultural.

Pero tiene una obra sobre el Evangelio según san Juan.
El Evangelio de Juan y la obra sobre san Francisco las hice porque retratan lo único que tiene interés en el mundo, que es la búsqueda esencial sobre el motivo de la existencia. La respuesta está en la literatura sagrada. La forma de hallar esa respuesta yo la encuentro en san Francisco y su mística meditativa: el intelecto calla y en el silencio del corazón habla Dios.

¿Y qué respuesta encontró?
Yo tuve una etapa en mi niñez y juventud en la que prevalecía el temor a lo sagrado, el ir por un camino seguro tanto en la moral como en la existencia. Luego tuve una época de aventura en la que me perdí en la tiniebla. Cuando volví a encontrar la luz, era distinta. Ya no era la de la fe por el temor, sino la luz del conocimiento y del amor.

¿Algo concreto le devolvió a la luz?
Yo era un chico de familia católica, educado en un internado. Cuando vine a Madrid empecé a ver cosas que no había visto, a leer libros a los que no tenía acceso, a conocer gente peligrosa. Empecé a experimentar, me metí en política, en el hachís, la marihuana, el amor libre, el comunismo, el ateísmo, Sartre, el existencialismo… y llegué a un callejón sin salida. Me encontré mal, busqué y me reencontré.

Encontró el Evangelio y la mística. ¿El siglo XXI necesita más Evangelio y más mística?
Yo he seguido a Jesús durante años en mi corazón, en los libros, en lo que dicen de él los ateos, los historiadores y los teólogos… Estudié el Evangelio durante años. Leí al cardenal Martini y a Umberto Eco. Traté de indagar a fondo, pero la gente no quiere indagar, quieren que les digan cuál es el camino para no tener problemas en la vida. Pero la vida del Espíritu es la vida de la aventura.

¿Por qué eligió a santa Teresa?
Es la gran mística por excelencia. Lo que hizo de ella una mujer tan imponente en el ejercicio de las libertades, de búsqueda espiritual, es que fue nieta de un judío que enseñó a su familia la Torá. En las tradiciones judías del XVI era el padre de familia el que enseñaba a los hijos la Ley. Cuando aprendes la fe de tu padre, de una forma tan íntima, es impresionante. Una descendiente suya, Teresa de Cepeda, vino a verme a la salida del espectáculo y me dio las gracias por mostrar esta faceta.

Mezcla el humor con conceptos profundos, como el sol por dentro. Una nomenclatura compleja para un espectáculo cómico.
Si no uso el humor no me entendería ni yo mismo. Pero la risa es una puerta abierta, porque los prejuicios se aflojan y la poesía cala con más facilidad. Yo veo las caras de los espectadores cuando digo «Yo soy Teresa de Jesús. Y yo Jesús de Teresa», y veo que entienden esa dualidad. Ahí está toda la teología. Y a la gente le gusta, porque las palabras bellas entran en el corazón de la gente sencilla.