El broche de oro a la vida de Antonio César Fernández - Alfa y Omega

El broche de oro a la vida de Antonio César Fernández

«La gente está llorando, pero yo sonrío porque he conocido a un santo en vida», dice uno de los salesianos compañeros en la misión de Antonio César Fernández, asesinado por yihadistas en Burkina Faso, tras pasar 35 años de su vida en África Occidental

Rodrigo Moreno Quicios
Visita el barrio de Duékoue en 2011. Foto: Salesianos AFO

«La gente está llorando, pero yo sonrío porque he conocido a un santo en vida», dice uno de los salesianos compañeros en la misión de Antonio César Fernández, asesinado por yihadistas en Burkina Faso, tras pasar 35 años de su vida en África Occidental

Antonio César Fernández volvía de una reunión de los salesianos de África Occidental celebrada en Togo. Durante el evento, alguno de sus hermanos le había recomendado tomar un avión para volver a Burkina Faso, el país donde estaba destinado y que atraviesa una situación inestable desde hace algunas semanas. Sin embargo, el deseo de César (así lo llamaban sus amigos) de vivir como el resto de sus vecinos le llevó a desplazarse en coche como siempre había hecho. «Hemos viajado mucho juntos en transporte público por carretera y, sabiendo los peligros que corremos, nunca ha tenido miedo», recuerda el también salesiano Lucas Camino, viejo amigo del fallecido.

Serenidad en la muerte

Al llegar a Burkina Faso, César se encontró con que un comando de 20 yihadistas había tomado la aduana. Los milicianos sacaron al salesiano del vehículo y lo arrastraron al interior de la foresta. «Yo estoy seguro de que hasta el último minuto, con mucha amabilidad, les estuvo dando consejos a sus asesinos. Era un salesiano que aún creía en la bondad de aquellos que le iban a matar», apuesta Camino. Sin embargo, eso no le libró de que apretaran el gatillo tres veces contra él. Tenía 72 años y había pasado tres cuartas partes de ellos como misionero en África, la tierra que aquella tarde le vio morir.

La tranquilidad con la que los hermanos de Antonio César Fernández han asumido su muerte sorprende hasta al más escéptico. «Esta muerte, aunque nos parezca muy cruenta, es un broche de oro a lo que ha sido su vida», comenta Lucas Camino. A lo largo de los 15 años que trabajaron juntos fundando la primera presencia salesiana en Togo, Camino y Fernández pudieron compartir muchas confidencias y, como revela su amigo, «varias veces me dijo que el martirio sería una bonita forma de terminar su vocación porque significa dar la sangre por amor a Dios y a los demás».

La fe ha jugado un papel crucial en la forma en que los misioneros han encajado la muerte de Antonio César Fernández, pues consideran que «cuando un salesiano cae, la obra continúa con más ánimo». Así, Faustino García Peña, un hermano destinado en Túnez pero que trabajó junto a César en Togo durante años, afronta el futuro con esperanza. «Para sus hermanos de comunidad en Uagadugu será un palo muy fuerte, pero César los va a acompañar desde el cielo», sentencia. Además, considera que el misionero «quedará en la memoria de todos los que le hemos conocido, será una referencia en la historia de la provincia y en todos los que le hemos conocido porque nos ha dejado una marca».

Es algo que tiene especialmente presente Lucas Camino, quien aún recuerda cómo se despidió de Antonio César Fernández cuando el primero abandonó la misión para continuar su vocación salesiana en un colegio de La Orotava (Tenerife). «Él me dijo: “Yo voy a resistir aquí un poco más porque quiero morir en tierra africana… ¡Y cuánta razón tenía porque murió en mitad de la foresta!”», rememora emocionado.

No solo en Togo o Burkina Faso. Antonio César Fernández fue también misionero en Costa de Marfil. Foto: AFP/Salesianos de don Bosco

Un santo en vida

Todos los hermanos salesianos que conocieron a Antonio César Fernández coinciden en esta versión. «Para mí era un santo incluso antes de que lo mataran», considera Enrique Franco, misionero en Togo y amigo de César desde hace más de 30 años. «La gente está llorando, pero yo sonrío porque he conocido a un santo en vida», presume con orgullo.

Enrique Franco confiesa que, cuando tuvo noticia de la muerte de su amigo, su primer impulso fue rezarle. «No por él, sino a él directamente», matiza. Una reacción inconsciente pero que no le sorprendió. Al fin y al cabo, dice, había aprendido de César «a vivir hasta el extremo la honestidad, la coherencia, la entrega y el amor a los jóvenes».

«Yo no he visto una persona más honesta y coherente que este señor. Lo que él hablaba era lo que practicaba», añade Franco, quien tampoco niega haber discutido con César a lo largo de sus muchos años de amistad, «pero nunca salías quemado ni con la idea de haber perdido o ganado». Por ese motivo, Enrique Franco sentencia que «si alguien tenía que morir en África como mártir, era él. Ha sido el escogido porque es el que estaba mejor preparado».

Rodrigo Moreno Quicios


Padre espiritual de los salesianos de África Occidental

César Fernández fue, junto a Lucas Camino y otro sacerdote salesiano, el responsable de la primera presencia salesiana en Togo en 1982. «Estuvimos 15 años codo con codo en Lomé [la capital] fundando una misión que primero fue una parroquia enorme para el este de la ciudad», apunta Lucas Camino.

Aparte de esta iglesia con el nombre de María Auxiliadora, Fernández y sus hermanos fundaron un oratorio salesiano donde los niños podían jugar y un centro de aprendizaje profesional. A este se suma la formación que impartía en retiros, ejercicios espirituales y conferencias religiosas.

Una semilla que ha dado un fruto abundante, pues la provincia a la que dedicó su vida Antonio César Fernández cuenta ahora con más de un centenar de religiosos salesianos y sacerdotes. Como resultado, el misionero es considerado como el padre espiritual de los salesianos en África Occidental y a su funeral, según Faustino García Peña, «acudirán miles  de personas, cientos de religiosos, obispos y hasta delegaciones de Costa de Marfil y Burkina Faso».