El año de Beethoven - Alfa y Omega

El 2020, que va acercándose a su fin, ha sido el año de Beethoven. Ya hubo ocasión de recordarlo en Alfa y Omega y ahora procede volver sobre él porque el otoño es un tiempo propicio a la interioridad. Los días son más cortos, llueve, va haciendo frío – aunque tengo la impresión de que cada vez menos- y, encima, la pandemia nos lleva a estar más tiempo a resguardo de los contagios y los encuentros innecesarios.

El otro día compré en La Quinta de Mahler una pequeña joya de Fórcola Ediciones, cuyo catálogo es como un joyero deslumbrante: La gran música alemana. De Bach a Beethoven de Wilhelm Dilthey. Por supuesto, me fui directo a Bach no sin antes gritar en silencio: «¡Viva Mozart!». Sin embargo, me cautivó la reivindicación que Dilthey hace de Fidelio: «Hay en el texto, aquí y allá, algunos momentos que, por sí mismos, contienen una suprema vivencia. Por ejemplo, la oposición a la tiranía a favor de un impulso por realizar los nuevos ideales políticos, que recuerda el Don Carlos de Schiller; o el clamor de los sentimientos de las almas nobles y su compasión por los oprimidos en Natán el Sabio de Lessing».

Es cierto: desde Fidelio podemos divisar la grandeza y la tragedia de la modernidad y su aspiración a la libertad y la emancipación. Las aspiraciones del siglo XIX terminaron en el horror del siglo XX. Podrían haber conducido a otro sitio, pero el intento de construir un mundo sin Dios –Nietzsche, Marx, Freud…– terminó haciendo buenas las palabras proféticas de san Juan Pablo II el Grande: «El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre».

El Himno a la Alegría, que se basa en la Oda a la Alegría de Schiller es hoy el himno oficial de Europa y la UNESCO lo ha declarado patrimonio de la humanidad. Este año 2020, un año aciago que recordaremos por la pandemia, nos brinda la oportunidad de recuperar ese espíritu humanista al que Beethoven dio una forma musical imperecedera. Si prestamos atención, también ahí, escucharemos resonar la voz del Dios de nuestros padres, que dejó su huella en cada rostro humano.