Este sábado, 20 de junio, se celebra el Día Mundial del Refugiado, instaurado por la ONU para conmemorar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. Firmada por más de 140 países, vela por quienes se ven obligados a huir de su tierra por conflictos activos o al ser perseguidos por causas como la religión, las ideas políticas o la orientación sexual… El problema surge cuando, como en este tiempo de pandemia, se vuelve papel mojado.

Los habituales retrasos burocráticos se han intensificado por la paralización de la Administración, al tiempo que la precariedad y la incertidumbre no han hecho más que aumentar por la amenaza del coronavirus. Muchos incluso se encuentran en la disyuntiva de emprender nuevas rutas, llenas de peligros.

En palabras del Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de septiembre, los cristianos debemos ver en ellos al prójimo y «comprometernos a garantizar la cooperación internacional, la solidaridad global y el compromiso local, sin dejar fuera a nadie».

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