Más que a competir, los alumnos deben aprender a convivir. Y más que para segregar, la escuela debe servir para integrar

Juan Pablo II y Benedicto XVI eran dos Papas, por su biografía, muy vinculados a la universidad. En absoluto significa eso que dejaran de prestar atención a la escuela, pero es evidente que con Francisco, que fue profesor en un colegio, se ha producido un salto cualitativo. No es solo la Iglesia, sino la sociedad entera, la que suele encumbrar al catedrático universitario mientras desprecia el trabajo de los maestros de escuela, que son quienes aportan no solo las bases del aprendizaje posterior, sino –más importante aún– un ambiente de seguridad y de cariño en el que se forja la personalidad del niño. Aunque sin pretender –pide el Papa– construir una burbuja para aislarle de la realidad. Con razón insiste Francisco en que el cambio social pasa por la escuela, actor clave para la construcción de un mundo más fraterno, que dé voz a los pobres y no simplemente les convierta en objeto de la beneficencia. Más que a competir, los alumnos deben aprender a convivir. Y más que para segregar por clases sociales, la escuela –especialmente en las etapas de Infantil y Primaria– debe servir para integrar y nivelar.

Esta es la visión del Papa para la escuela en general y para la escuela católica en particular. Sin rechazar, por supuesto, la atención a los hijos de las familias más acomodadas, Francisco apela a la tradición católica que ha privilegiado a los más humildes, al modo de san Juan Bautista de La Salle, san José de Calasanz o san Juan Bosco, por poner solo unos ejemplos de fundadores que pusieron los cimientos de la escuela popular, cuya estela continuó Lorenzo Milani, rehabilitado sin ambages el martes por el Papa durante su visita a Barbiana.

Pero además de un modelo de escuela, Francisco presentó ante las tumbas de Milani y Mazzolari un modelo de Iglesia como «madre primorosa de todos, sobre todo de los más pobres y frágiles». Es lo que lleva haciendo desde su elección a la silla de Pedro, a veces entre incomprensiones de quienes no entienden que el pastor debe salir a buscar a las ovejas perdidas, que hoy por otra parte –ha dicho Bergoglio– son mayoría. Mutatis mutandis, esa debe ser también la misión de la escuela católica.

Alfa y Omega