Frente a la «densa nuble de tinieblas» que se cierne sobre los territorios palestinos, la Santa Sede lanza un dramático llamamiento a sostener la presencia cristiana

Cada Viernes Santo, los cristianos de todo el mundo están llamados a contribuir económicamente a sostener la presencia cristiana en Tierra Santa. Este año, sin embargo, el llamamiento del prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, el cardenal Leonardo Sandri, tiene un tono de dramatismo adicional: frente a la «densa nuble de tinieblas» que se cierne sobre la región es más necesario que nunca apoyar la presencia pastoral, social y caritativa de la Iglesia como elemento clave para promover la paz. Los cristianos constituyen una presencia minoritaria pero que en ningún caso debe subestimar nadie. La mirada cristiana, de hecho, es decisiva –lo ha sido desde la época colonial– en el devenir de estos territorios. Cosa distinta es cuál es la mirada cristiana que se ha impuesto ahora. El gran apoyo para las agresivas políticas nacionalistas del recién reelegido Benjamín Netanyahu proviene de Estados Unidos, donde la política hacia Oriente Medio de Donald Trump coincide con la de un importante sector del cristianismo evangélico. Esta visión se sustenta en una cuestionable lectura de las Escrituras que considera el regreso de los judíos a Palestina como un signo que profetiza la segunda venida del Mesías. La expulsión de la población árabe (musulmana o cristiana) se convierte así en un mal necesario ante designios de la Providencia mayores.

La verdadera profecía, sin embargo, consiste en dar testimonio del Reino de Dios incluso cuando el poder de las tinieblas parece indestructible: «Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos. […] Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo» (Is 11, 6-9). Por eso la Iglesia es projudía sin dejar de ser propalestina. O viceversa. Y de la mano de las personas y grupos en uno y otro lado dispuestas a arriesgar por la paz, apuesta por la solución de los dos estados para garantizar los derechos de unos y otros. Romper este consenso internacional, como pretenden hacer ahora Trump y Netanyahu, solo serviría para intensificar la violencia y la inestabilidad, y ni siquiera beneficiaría a los intereses de Israel, abocado a convertirse en un régimen de apartheid, en el que, por descontado, costaría percibir ningún signo profético mesiánico.

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