Editorial: La Iglesia y el sexo - Alfa y Omega

Cualquier discurso crítico y alternativo relacionado con la sexualidad es de inmediato caricaturizado y estigmatizado

Pocas cuestiones dividen hoy más en Occidente a cristianos y a no cristianos que el sexo. Con la llamada revolución sexual y la cultura que convencionalmente llamamos Mayo del 68, se ha propagado una visión individualista extremadamente corrosiva para el matrimonio y la familia. Este individualismo, funcional a la sociedad de consumo, ha invadido en realidad todos los ámbitos de la vida, pero, a diferencia de lo que sucede en otros campos, cualquier discurso crítico y alternativo relacionado con la sexualidad es de inmediato caricaturizado y estigmatizado, como presuponiendo que no hay posibilidad de modernidad sin liberarse de los frenos que la religión imponía a los impulsos sexuales. Una parte de la responsabilidad seguramente sea de los propios católicos, en primer lugar por haber asumido un puritanismo en los últimos siglos ajeno a las Escrituras y a la tradición de la Iglesia, cuando no farisaico. Ha faltado igualmente ese esfuerzo que demandaba al entonces cardenal Ratzinger el filósofo Jürgen Habermas de traducir el lenguaje religioso a otro accesible a la razón secular. Y en tercer lugar –decía el Papa en su entrevista de 2013 a La Civiltà Cattolica– , se ha insistido demasiado en estos temas de forma obsesiva y descontextualizada.

Existe un horizonte ideal que se plasma en normas morales que rigen en la propia comunidad católica. No son imposiciones arbitrarias; la Iglesia cree que responden a la verdad del ser humano y por ello las propone a todo el mundo, pero no del mismo modo que a sus fieles. Claro que incluso a estos cada vez resulta más claro que de nada sirve insistirles con temas como el preservativo o las relaciones prematrimoniales si antes no han interiorizado la exigencia de respetar a la otra persona (y a uno mismo) o por qué sexo y amor deben conformar un binomio inseparable. Hoy los expertos detectan sobre todo un gran déficit de madurez emocional en la juventud y adolescencia. Los padres se sienten perdidos. Y la escuela se ha centrado en la transmisión de conocimientos útiles, renunciando a formar personas equilibradas, empáticas y con capacidad de autoentrega, los presupuestos indispensables para una educación sexual sana, algo que mayoritariamente las familias –no solo las creyentes– perciben hoy como una necesidad urgente aunque sin saber bien cómo inculcársela a sus hijos.

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