Editorial: Homilías en la era de la imagen - Alfa y Omega

Las homilías de Jesús «eran directas, concretas», recuerda el Papa. ¿Es así la predicación en nuestras iglesias?

En el Día de los Inocentes de 2016 hizo estragos un supuesto motu proprio del Papa sobre las homilías titulado Verbum abbreviatum. La predicación –decía el texto– debe tener «forma litúrgica» y «prepararse de antemano», porque este «es un derecho de los fieles». Se proscriben las homilía largas. Pasados diez minutos, un concelebrante, el diácono o el sacristán se pondrán en pie para cortar al sacerdote con la fórmula «Laudetur Iesus Christus», a lo que el pueblo responderá: «In aeternum». Y concluía el supuesto decreto papal encomendándose a «la Santísima Virgen María, Madre del Verbo Abreviado y Consoladora de los Afligidos Oyentes de Homilías Aburridas».

Bromas aparte, para el Papa las malas homilías son –dijo literalmente en 2015– un «auténtico drama de nuestras iglesias». La cuestión no está principalmente en la mayor o menor capacidad oratoria del presbítero, sino en el concepto mismo de la predicación, que debe estar centrada «en la Palabra de Dios» proyectada sobre la realidad concreta del pueblo. En tus ojos está mi palabra, el libro que presenta la próxima semana en Madrid Antonio Spadaro, director de La Civiltà Cattolica, recoge las claves que da Francisco para la renovación de la homilética, en la línea con la exhortación de Pablo VI Evangelii nuntiandi, donde el Papa Montini –próximamente ya santo– pedía que la predicación fuera «sencilla, clara, directa y acomodada».

Surgen al mismo tiempo iniciativas eclesiales para ayudar a mejorar las homilías. En tiempos en los que el discurso ha perdido atractivo a favor de la imagen, es imprescindible cuidar al máximo las formas de expresión oral en las Misas y tener muy claro el mensaje que se quiere transmitir. Sería exagerado culpar a las malas homilías del descenso de la práctica religiosa. Tal como lo entiende el Papa, una buena homilía no se improvisa; es más bien fruto de una vida de cercanía al Señor en medio del pueblo. Pero en esa acción pastoral la predicación es un momento privilegiado para prender la llama en el corazón de los fieles con la palabra de Dios. Al estilo de Jesús, cuyas homilías –recuerda Francisco en conversación con Spadaro– «eran directas, concretas». Fáciles de entender, porque «no hablaba de conceptos abstractos». ¿Es así la predicación en nuestras iglesias?

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